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A la mañana siguiente me desperté con unas ojeras horribles, no había podido pegar un ojo en toda la noche por la llamada que tuve con Enzo. Debo admitir que el tarado me dejó completamente confundida, no entendía qué había pasado entre nosotros para que todo se hubiera dado vuelta de esa manera.

Yo solía odiarlo y aun así ahí estábamos, celándonos como idiotas al vernos con nuestras respectivas parejas, o él pidiéndome que le dijera en la cara que no me había gustado lo que hicimos, como si eso fuera posible. Me había metido en un quilombo enorme, de esos que no tienen una salida clara ni correcta.

Cuando por fin me desperté, después de dormir apenas un par de horas, Paulo ya estaba cambiado y de pie en la habitación, con esa cara de alguien que tiene algo importante que hacer.

—Buenos días, amor —dijo acercándose para darme un beso.

—Buen día —respondí, sonriendo aunque por dentro estaba hecha un lío.

Se sentó en la cama conmigo y empezó a acariciarme el brazo.

—Hermosa, hoy tengo que ir a ver unos contratos con la selección. Calculo que voy a demorar unas cuatro horas, queda bastante lejos el recinto.

No pude evitar pensar que era justo lo que necesitaba. Un rato sola para ordenar la cabeza y digerir todo lo que había hablado con Enzo.

—Perfecto, amor, no te preocupes —le dije—. Yo tenía pensado ir al spa del hotel.

Antes de que se fuera, terminamos desayunando juntos en la habitación. Nada muy elaborado, café, jugo y algo dulce que había pedido Paulo al room service. Yo trataba de prestar atención a lo que me decía, pero la cabeza se me iba sola, como si una parte mía estuviera en otro lado.

—¿Estás bien? —me preguntó en un momento, mirándome fijo.

—Sí, obvio —mentí rápido—. Dormí medio mal nomás.

No insistió, por suerte, solo terminó su café, se levantó y empezó a buscar las llaves y el celular.

—Entonces vuelvo en unas horas —dijo—. Después vemos qué hacemos.

—Dale, avisame cuando estés llegando.

Antes de irse, Paulo se quedó parado en la puerta como dudando un segundo, y después volvió sobre sus pasos.

—Che... pensá una cosa —dijo, apoyándose en el marco—. Lo de Roma.

Lo miré sin entender del todo.

—¿Qué cosa?

—Que si te irías conmigo —dijo tranquilo—. Digo, allá estoy yo, es Europa... la mayoría de tus campañas son ahí, no tendrías que estar viajando todo el tiempo de Nueva York para acá y para allá. Podríamos estar juntos de verdad.

No supe qué contestar en el momento. Me quedé mirándolo, procesando todo. Roma, Europa, menos aviones, menos distancia, menos quilombo.

—Pensalo —repitió—. No es para ahora, pero pensalo.

Asentí despacio.

—Lo voy a pensar.

Me dio un beso corto, como si no quisiera presionarme más, y recién ahí se fue.

Cuando cerró la puerta, me quedé sola otra vez, pero con esa idea dando vueltas en la cabeza. Roma no sonaba tan mal, alejarme de Nueva York, de mi vieja, de todo ese peso constante... y, sobre todo, poner un poco de distancia con Enzo.

Capaz era justo lo que necesitaba.

Capaz irme con Paulo era una buena idea, aunque todavía no lleváramos tanto tiempo juntos.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora