No fue inmediato. Después de esa noche con Paulo, nada se acomodó de golpe.
Después de la cena de esa noche, nunca no me imaginaba lo que podría pasar después. Nos dirigimos a nuestra habitación y yo fui al baño con la intención de lavarme los dientes para dormir, me sentía cansada, dolida, con culpa. Luego de lavarme los dientes me encontré con una escena horrible. Paulo estaba sentado a los pies de la cama con los ojos llorosos, tenía el celular en la mano. Mi celular. Y no hizo falta que dijera nada para que yo entendiera todo.
No me gritó, no me acusó, y eso fue lo peor.
—Decime que no —me pidió, con la voz quebrada, como si todavía existiera una versión de la realidad donde yo no lo estaba perdiendo todo—. Decime que no te voy a perder.
Ahí me di cuenta de que el daño ya estaba hecho. No por culpa de Enzo. Por mí. Por no haber sido clara. Por haber creído que podía sostener dos mundos sin que ninguno se me cayera encima.
Lloramos juntos esa noche. De verdad. Sin reproches, sin dramatismo. Él con la cara hundida en mi cuello, yo pidiéndole perdón una y otra vez hasta quedarme sin voz. Cuando nos dormimos abrazados, no fue por costumbre ni por amor romántico, fue por miedo. A despertarnos solos.
La decisión de irme a Roma vino después, como algo más práctico que romántico. Irme era la única forma que encontré de dejar Buenos Aires atrás... y con ella todo lo que no había sabido resolver.
La casa a la que nos mudamos no tenía nada que ver conmigo.
Grande, silenciosa, impecable. De esas que parecen una revista: ventanales enormes, pisos fríos, muebles claros que nadie se animaba a mover. Desde el living se veía un jardín perfecto, tan ordenado que parecía falso. Yo caminaba descalza por ahí y sentía que estaba invadiendo algo que no me pertenecía del todo.
Los padres de Paulo fueron amables desde el primer momento.
Su mamá me abrazó apenas me vio, me dijo que era más linda en persona. Su papá fue más medido, correcto, atento. Me miraban con curiosidad, con cuidado, como si yo fuera algo frágil que no sabían bien cómo tocar. En las comidas hablaban rápido, con algunas palabras en Italiano por la costumbre, y yo sonreía más de lo que hablaba, tratando de no sentirme afuera.
Paulo, en cambio, parecía más tranquilo ahí. En su espacio, con su gente. Yo lo miraba y pensaba que quizás eso también era una señal: él pertenecía, yo estaba aprendiendo.
Con mis padres fue otra historia.
—¿Tan rápido? —me dijo mi mamá—. ¿Y tu carrera? ¿Y tu vida?
Mi papá directamente se enojó. Me dijo que estaba dejando todo por un hombre, que no era la primera vez que me veía hacer algo impulsivo. Yo le contesté que no estaba dejando nada, que estaba eligiendo. No sé si me creyó. Yo tampoco estaba tan segura.
Mis amigas me llamaban seguido. Algunas me apoyaban, otras me advertían.
—Tené cuidado, Lara —me decían—. No te borres por nadie.
Yo no sentía que me estuviera borrando... pero sí que estaba cambiando de forma para entrar en un lugar que no era del todo mío.
Los meses pasaron entre castings, pasarelas, viajes cortos y partidos. Paulo estaba cada vez más concentrado en el fútbol. Yo también trabajaba, pero había algo que se había roto y no terminaba de acomodarse. Él confiaba en mí, sí, pero no como antes. Y yo lo sabía.
Cuando llegaron los amistosos y no viajé a Argentina, no fue una orden explícita. Fue un acuerdo silencioso. Yo entendía sus miedos. Entendía que necesitara tiempo. Aun así, algunas noches me acostaba sola en esa cama enorme, mirando el techo, preguntándome si había hecho lo correcto o simplemente había huido bien lejos.
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Tarado - Enzo Fernandez
Fiksi PenggemarLara no puede dejar de pensar en el tarado "-¡Eres un tarado Enzo!- - Soy un tarado pero déjame mostrarte lo que puedo hacer -"
