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ENZO.

A la mañana siguiente me levanté con un sabor amargo en la boca, ojalá hubiera sido resaca pero no era nada más que culpa.

Me froté los ojos sentándome en la cama tratando de asimilar lo que había sucedido... aún que nada tenía sentido, parecía un sueño todo.

La habitación era un completo desastre, las sábanas estaban tiradas en el piso, apenas nos cubrían. La ropa desparramada por todos lados y Lara durmiendo profundamente a mi lado, como si nada, como si no hubiera estado horas antes gritando mi nombre por toda la casa.

Porque aunque aparentemente ella me odiaba, me había dejado metérselo en cada rincón de la casa. Me quedé mirándola unos segundos  recordando todo lo de anoche.

Dormía boca arriba, las manos apoyadas sobre el estómago, el pelo completamente desordenado y marcas en todo el cuello, demasiadas...

Y ahí fue cuando me cayó la ficha. Sabía que, aunque estuviera en pedo, lo había hecho a propósito, no fue un descuido, no fue el alcohol, fui yo.

No sabía bien por qué... hasta que me resonaron sus palabras en la cabeza.

—Paulo viene en dos días—.

Y algo en mí se había activado, algo estúpido, mi lado posesivo.

Había querido marcar territorio, demostrar que ella podía ser mía cuando a mí se me de la gana. Que esos días había estado conmigo. Que Paulo era un boludo que llegaba tarde.

Qué bronca me daba pensar en él, en que, probablemente, en unas semanas ella iba a ser de él. Y todavía más bronca me daba pensar en mí. En lo impulsivo que había sido y que en ningún momento había pensado en Valentina.

Con Vale lo nuestro estaba muerto desde hacía rato, ambos lo sabíamos. Pero aun así me había prometido no hacer nada hasta terminarlo como correspondía.

Promesa rota.

En unos días iba a tener que hacerlo sí o sí, ponerle un punto final. No quería armar un quilombo innecesario y mucho menos meter a Lara en algo que no le correspondía para nada. Bastante tenía ya con su propia vida y con la que se le iba a armar con Paulo.

Sentí que Lara se movía a mi lado.

Me recosté otra vez, girando apenas para observarla, qué linda que era la piba, incluso recién despierta.

Se frotó los ojos, estiró un brazo buscando el celular a tientas, todavía medio dormida.

Y yo, mirándola, supe algo que no me gustó nada:
esto no había sido solo sexo... aunque yo quisiera creer que sí.

Se movió un poco más y esta vez abrió los ojos, no de golpe, lento, como si su ligero cuerpo le pesara bastante.

—¿Qué hora es...? —murmuró, con la voz dormida.

—Tarde —le dije—. Quedate tranquila.

Le dije eso ya que quería tenerla un poco más conmigo, antes de volver a la realidad donde ella no era mía ni yo de ella.

Entrecerró los ojos, tratando de enfocar. Cuando me vio, no sonrió enseguida, sus pensamientos eran difíciles de descifrar, se quedó mirándome unos segundos, como recalculando. Después bajó la vista, vio el desastre alrededor y soltó una risa corta.

—Uh... —dijo—. Un buen comienzo de año, ¿no?

—Algo así.

Se incorporó despacio, sosteniendo la sábana contra su cuerpo, yo procedí a hacer lo mismo, más por reflejo que por pudor. Hubo un silencio raro, sin embargo no fue incómodo, no del todo.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora