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Enzo.

Me desperté un rato después, tirado de costado, hundido en la cama como si me hubieran apagado de golpe. El cuerpo pesado, la cabeza medio nublada, no sé cuánto tiempo pasó, pero lo primero que hice fue estirar el brazo buscando a Lara.

No estaba.

Abrí los ojos del todo y miré alrededor, todavía lento. La otra mitad de la cama estaba fría a pesar del calor que había en la ciudad, me incorporé un poco, apoyándome en el codo, pensando que capaz estaba en el baño. Miré para ese lado, la luz de estaba apagada y un silencio absoluto

Ahí me cayó la ficha, Lara se había ido. Me levanté de golpe y revisé igual, más por negación que por otra cosa, el baño estaba vacío, la cartera de ella no estaba y el vestido tampoco. Solo quedaba ese olor mezclado entre perfume y motel barato que te queda pegado cuando sabés que algo terminó mal.

Volví a la cama y recién ahí vi el papel, doblado prolijo, al lado de mi celular.

No hacía falta leerlo para saber de quién era.

Lo agarré y lo abrí despacio.

"Gracias por todo. De verdad."

Nada más.

Me quedé mirando esas cuatro palabras como un boludo, esperando que apareciera algo más abajo, alguna explicación, algo que me puteara, lo que sea. Pero no. Eso era todo lo que me dejaba.

Me pasé una mano por la cara y largué una risa corta, sin gracia.

Gracias por todo.

Ni un adiós.

Ni una despedida.

Me senté en el borde de la cama con el papel todavía en la mano, sintiendo esa presión en el pecho que no te deja respirar bien. No era sorpresa, yo tenía muy claro que se iba a ir así, lo habíamos dicho, esta era la última vez, sin promesas y menos sin un futuro.

Pero igual duele.

Duele porque lo que sentí fue real, porque no fue solo calentura, porque en ese rato fue mía y yo fui suyo, aunque los dos supiéramos que no alcanzaba para cambiar nada.

Me dejé caer para atrás mirando el techo manchado, pensando en lo irónico que era todo. Yo pidiéndole una última vez para cerrar y quedándome más abierto que antes.

Agarré el celular por reflejo. Ningún mensaje. Nada.

Claro que no.

Ella ya estaba en otra cosa. En otro plan. En otra vida que no me incluía.

Me levanté y empecé a vestirme despacio, sin apuro, como si irme de ahí fuera aceptar lo evidente. Cada prenda me pesaba más que la anterior. Cuando me puse las zapatillas miré el papel una vez más y estuve a nada de romperlo.

No lo hice.

Lo doblé de nuevo y lo guardé en el bolsillo de la campera, como si fuera una herida que todavía no quería cerrar.

Antes de salir, miré la cama por última vez.

Ahí había pasado lo justo y necesario para arruinarme el día, la semana, capaz algo más.

Cerré la puerta del motel y el ruido seco me terminó de acomodar la realidad.

Ella se había ido sin despedirse bien.

Y yo me había quedado exactamente donde siempre.

Solo.

Caminé un par de cuadras buscando el auto que lo había dejado estacionado afuera del café, con el papel todavía en el bolsillo y la cabeza hecha un quilombo. El sol pegaba fuerte, la gente pasaba apurada, risas, bocinas, vida normal. Nadie sabía que yo acababa de quedarme vacío.

Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora