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El cuerpo todavía me dolía de la forma en que solo duele cuando fue demasiado. Demasiado intenso. Demasiado real. Demasiado él.

Habíamos terminado exhaustos, casi violentamente necesitados el uno del otro, como si todo lo que no dijimos en meses se hubiera canalizado en la piel. Después, en un silencio extraño, nos quedamos abrazados.

Quince minutos.
Tal vez menos.

Me quedé dormida con su brazo pesado sobre mi cintura, respirando contra mi cuello, como si no hubiera un mundo afuera esperando cobrar factura.

Pero el mundo estaba.

Y vibraba.

El celular estaba boca abajo sobre la mesa de noche. La pantalla iluminándose una y otra vez. Cuando lo tomé, el estómago se me cerró.

Paulo.

Veinte mensajes.

Treinta llamadas perdidas.

"¿Dónde estás?"
"¿Por qué no contestás?"
"Lara."
"Amor, decime que estás bien."
"Me estoy volviendo loco."

Tragué saliva.

No me arrepiento.

Eso fue lo primero que pensé.

Y fue exactamente por eso que supe que algo estaba mal.

Me incorporé despacio para no despertarlo, pero él ya estaba mirándome.

—¿Te vas a ir así? —murmuró, con esa voz ronca que siempre me desarma.

Lo miré unos segundos sin saber qué versión de mí responder.

—Tengo que hablar con Paulo.

No fue una confesión. Fue un hecho.

Enzo apoyó la cabeza contra la almohada, observándome como si intentara descifrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar conmigo.

—¿Le vas a decir que estás acá?

No respondí.

Y eso fue respuesta suficiente.

Me levanté buscando mi ropa por el suelo. Cada prenda era un recuerdo de lo que había hecho. De lo que había elegido. De lo que no podía deshacer.

Mientras me vestía, sentía su mirada en mi espalda.

—¿Discutieron por Londres? —preguntó.

Asentí, abrochándome el pantalón.

—No le gustó.

—Claro que no le gustó —dijo con una media sonrisa amarga—. Nunca le gusta nada que no pueda controlar.

Giré hacia él.

—No es así.

—¿No? —se incorporó, apoyando los codos en las rodillas—. Lara... te llamó treinta veces.

La cifra sonó peor en su boca.

No supe qué contestar.

Porque en el fondo, lo que me asustaba no eran las llamadas.

Era que una parte de mí entendía por qué las había hecho.

Miré el celular otra vez.

Había un último mensaje que no había leído.

"Decime que no estás con él."

El aire se me quedó a mitad de camino.

Enzo se levantó finalmente y caminó hasta quedar frente a mí. No me tocó. No hizo falta.

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⏰ Última actualización: Jun 20 ⏰

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Tarado - Enzo FernandezHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora