ENZO.
El boliche estaba explotado, como siempre. Música fuerte, luces que te mareaban, gente por todos lados, caras conocidas, celulares levantados grabando cualquier cosa. Yo estaba ahí, pero no estaba ahí del todo.
La había visto apenas entrar.
Vestido negro, pelo suelto, segura de sí misma como si el lugar fuera suyo. Lara siempre tenía esa forma de ocupar el espacio sin proponérselo. No la saludé. No porque no quisiera... sino porque no sabía cómo hacerlo después de todo.
No sabía si era coincidencia o el destino, tantos boliches en Buenos Aires y tenemos que parar justo en el mismo. Los pibes de selección que se encontraban en Buenos Aires querían hacer una junta para "seguir celebrando como campeones", es por eso que terminamos en el boliche que según Licha era el mejor de la ciudad.
Me quedé con los pibes, vaso en mano, escuchando a medias lo que decía Julián, riéndome cuando correspondía. Pero mis ojos se iban solos, una y otra vez, hacia donde estaba ella con sus amigas.
Y después pasó.
La vi desaparecer rumbo al baño.
Con Lisandro.
No fue inmediato. Primero pensé que era coincidencia, que cada uno iba por su lado. Pero pasaron los minutos. Uno. Dos. Tres. Demasiados para ser casualidad.
Sentí ese pinchazo en el pecho que me conocía demasiado bien.
—Che, ¿todo bien? —me preguntó Paredes, dándome un codazo—. Estás raro.
—Sí, sí —respondí rápido—. Todo bien.
Mentira.
Me apoyé en la barra, apreté la mandíbula sin darme cuenta. No tenía ningún derecho a sentir nada. Ninguno. No éramos nada. Nunca lo habíamos sido. Y aun así...
Cuando los vi salir del baño juntos, se me heló algo por dentro.
No estaban riéndose fuerte ni haciendo escándalo. Y tal vez por eso fue peor. Ella se acomodaba el pelo, Lisandro decía algo cerca de su oído. Los dos con esa cara... esa que no necesitaba explicación. No era culpa. Era complicidad.
Me ardieron las manos.
No de bronca. De celos.
Lisandro apoyó una mano en la espalda de ella por un segundo. Un gesto mínimo. Suficiente. Lara levantó la vista y sonrió, esa sonrisa que yo conocía demasiado bien. La misma que me sacaba de quicio.
Me obligué a mirar para otro lado. No iba a hacer un papelón. No iba a reclamar nada que no me pertenecía. Pero tampoco pude evitar sentir que algo se me escapaba de las manos, algo que nunca había sabido bien cómo agarrar.
Tomé un trago largo, amargo. Y me quedé ahí, con la música sonando, rodeado de gente, sintiéndome absurdamente solo.
No sabía qué me molestaba más: verla con otro...
o darme cuenta de que me importaba demasiado.
No sé cuánto tiempo pasó desde que los vi salir del baño hasta que decidí moverme. El boliche seguía igual de ruidoso, igual de lleno, pero para mí algo había cambiado. Como si de golpe el volumen estuviera demasiado alto para lo que tenía en la cabeza.
Lisandro volvió con los pibes. Lara se perdió entre sus amigas.
Yo fingí normalidad. Reí, levanté el vaso, asentí cuando alguien me hablaba. Pero estaba atento. Siempre atento.
Cuando vi que empezaban a irse hacia la salida VIP, sentí ese impulso estúpido de seguirlos. No para armar lío. No para decir nada que no correspondía. Solo... para verla una vez más de cerca. Para confirmar que estaba bien. O para lastimarme un poco más, quién sabe.
Me adelanté y me apoyé contra una pared cerca de la salida, celular en mano, haciendo como que respondía mensajes, cosa que debí haber hecho ya que tenía demasiados mensajes de Valentina, desde que volví del mundial la vi solos dos veces, y las dos veces fueron muy incómodas, tanto así que decidí irme de la casa que teníamos juntos y volver a mi departamento que me había comprando antes del mundial por si todo se iba a la mierda, cosa que si fue así.
El ruido del boliche quedaba atrás, amortiguado, y el aire fresco que entraba desde afuera me pegó en la cara, despejándome apenas.
Y ahí pasó.
La vi venir.
Caminaba tranquila, con ese andar seguro que tenía incluso cuando estaba un poco pasada de copas. El abrigo colgado del brazo, el pelo todavía desordenado, la cara iluminada por las luces de emergencia del pasillo. Cuando levantó la vista y me vio, frenó apenas. Un segundo. Nada más.
—¿Ya te vas? —le pregunté.
Mi voz salió más neutra de lo que sentía. Demasiado controlada.
—Sí... —respondió—. Se nos hizo tarde.
Asentí despacio.
Hubo un silencio corto. Raro. Denso. No incómodo, pero tampoco fácil. Ese silencio que no existía antes entre nosotros. Ese que aparece cuando hay cosas que no se dicen y pesan igual.
—Bueno —dije al final—. Que descanses.
—Vos también.
Intentó sonreír. No era su sonrisa de siempre. Era más suave. Más cuidada.
—Portate bien —agregó, medio en broma, medio no.
Ladeé la cabeza apenas. Por un segundo pensé en decir algo más. Cualquier cosa. Una ironía, una frase picante, algo que rompiera ese momento raro. Pero no.
—Siempre —respondí.
Nada más.
No hubo reproches. No hubo celos explícitos. No hubo chicanas, ni miradas largas, ni palabras fuera de lugar. Y eso fue lo que más me descolocó.
La vi irse. Cruzar la puerta. Perderse en la noche.
Me quedé ahí unos segundos más, quieto, con el celular apagado en la mano, entendiendo tarde algo que no me había querido admitir antes:
que no me molestaba lo que hubiera pasado...
me molestaba no haber sido yo.
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Tarado - Enzo Fernandez
Fiksi PenggemarLara no puede dejar de pensar en el tarado "-¡Eres un tarado Enzo!- - Soy un tarado pero déjame mostrarte lo que puedo hacer -"
