Los días con Paulo en Córdoba estuvieron increíbles.
No por lo que hicimos, sino por cómo se sintieron.
No salimos demasiado. Nos quedamos en su casa, viendo películas tirados en el sillón, compartiendo comida, riéndonos de escenas malas y comentando cualquier cosa. A veces ni siquiera mirábamos la pantalla. Bastaba con estar ahí, cerca, tranquilos, sin horarios ni planes.
El último día fue así. Simple. Perfecto en su simpleza.
Estábamos en el living, con una película de fondo, The Notebook para ser exactos, que la pusimos solo por petición mía, era una de mis películas favoritas.
Aunque ninguno de los dos estaba siguiendo del todo la película. Yo tenía las piernas sobre las suyas y él jugaba distraído con mis dedos.
—No quiero que te vayas —dijo de repente, sin mirarme.
—Yo tampoco quiero irme —respondí—. Pero ya sabés cómo es.
Asintió, como si no hiciera falta decir más.
Esa noche dormimos abrazados. Sin apuro. Sin promesas. Solo así.
A la mañana siguiente, el viaje de vuelta fue silencioso, pero no incómodo. Nos despedimos con un beso largo, pero no significaba un adiós definitivo.
Volví a Río Cuarto para armar el bolso. Apenas entré a la casa de mi abuela, me di cuenta de que el tiempo había pasado demasiado rápido. Tiré la ropa sobre la cama, guardé lo justo, cerré el cierre sin pensar demasiado.
Buenos Aires me esperaba.
Iba a pasar Año Nuevo con mis amigas. Ya estaba todo hablado, todo planeado. Pero no fue hasta que me senté en el asiento del jet privado, con una copa de agua en la mano y el motor encendido, que me cayó la ficha de verdad.
Buenos Aires.
Y con ese pensamiento, como si lo hubiera invocado sin querer, apareció su nombre en mi cabeza.
Enzo.
Saqué el celular casi por reflejo. Vi la conversación abierta, los mensajes que había dejado sin responder. Dudé un segundo. Solo uno y por un gran impulso escribí en el chat.
You.
Tarado, te tengo un regalo de Navidad atrasado.
Lo envié.
Sin pensarlo. Sin medir. Sin imaginar realmente lo que eso podía provocar.
Apagué la pantalla y apoyé la cabeza contra el vidrio. No sabía qué estaba haciendo.
Solo sabía que algo se estaba moviendo...
y que ya no había marcha atrás.
Enzoooooo.
¿Regalo de Navidad?
Ahora sí me dejaste intrigado princesa
Leí el mensaje con una sonrisa ladeada. Era tan él. Directo. Canchero. Como si no hubieran pasado días sin hablar.
You.
Tarado
Feliz Navidad atrasada
Llego hoy
Esta vez tardó un poco más.
Enzoooooo.
¿Dónde estás?
¿Con quién venís?
Solté una risa suave y miré por la ventanilla del jet. El cielo estaba despejado, infinito, y Buenos Aires ya no parecía tan lejos.
You.
Con amigas
No te emociones tanto
Enzoooooo.
Pff. Ya me conocés.
Avisame cuando aterrices.
Bloqueé el celular sin responderle eso último. No porque no quisiera... sino porque prefería dejarlo ahí, flotando.
El jet aterrizó en Buenos Aires cuando el sol empezaba a bajar. Todo fue rápido, discreto, como siempre. Me esperaba un auto para ir directo al departamento de una de mis amigas, el auto tenía los vidrios polarizados para evitar dramas. En menos de lo que pensé, ya estaba entrando al departamento donde me quedaría con mis amigas.
ESTÁS LEYENDO
Tarado - Enzo Fernandez
Fiksi PenggemarLara no puede dejar de pensar en el tarado "-¡Eres un tarado Enzo!- - Soy un tarado pero déjame mostrarte lo que puedo hacer -"
