Capítulo 11.

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El hotel Blackbird se encontraba en el pleno centro de la ciudad, a la vista de todos los transeúntes que circulaban por la calle. Era un edificio antiguo, de princios del siglo XX, con una fachada oscura que contrastaba con las construcciones de alrededor. A pesar de ésto, estaba en un estado que no tenía nada que envidiar a los hoteles de hoy en día: con la pintura impoluta, los marcos de las ventanas brillantes y las puertas de cristal sin un solo rasguño. A la entrada se encontraba un hombre de mediana edad barrigón, con el uniforme de portero que le sentaba un poco ajustado.

Daniel, Alice y yo acabábamos de girar la esquina de la calle en la que se encontraba dicho hotel. Habíamos dejado aparcado el coche en un parking cercano, ya que por aquella zona era más fácil desplazarse a pie. Alice estaba atemorizada. No sabía qué hacía allí, al fin y al cabo esto no tenía nada que ver con ella. «Son tus amigos, estúpida. Estás aquí por ellos, para apoyarlos y ayudarlos en lo que necesiten (aunque eso pueda costarme la vida)» pensaba. En realidad no tenía ningún motivo por el que estar allí, pero había algo que le daba más miedo que morir a manos de Ezra, y era ver morir a sus amigos. Por eso en aquel momento juró que haría todo lo que pudiera para evitar que les hiciesen daño. Por eso ella era mi mejor amiga, siempre se preocupaba por nosotros, a veces incluso más que por ella misma.

En el caso de Daniel, estaba allí por dos motivos. Uno: era el único que sabía algo de las sombras, además de ser una de ellas, claro. Dos: ya estaba muerto, por lo que no tenía mucho que perder; si no cuentas a su novia y a su mejor amiga, claro.

Y yo, ¿por qué estaba yo allí? Bien. Ezra quería quedarse con mi vida, por lo que o me quedaba quieta de brazos cruzados viendo como destrozaba mi casa y mi vida hasta que él consiguiera lo que quería o actuaba. Y me decidí por actuar.

Íbamos caminando por una calle llena de gente con bolsas de diversas tiendas y con cafés de Starbucks en la mano, hasta que Daniel paró en seco al llegar a nuestro destino. El portero salió a recibirnos en seguida.

—¡Hola! ¿Quieren que les lleve el equipaje? — dijo mientras miraba detrás de nosotros con la esperanza de encontrar alguna maleta que llevar y así ganarse una propina.

—No, venimos a ver a un amigo — dijo Daniel sonriente. Y así la expresión del hombre cambió en un gesto de hostilidad. Abrió la puerta y nos despidió con un movimiento de cabeza mientras entrábamos.

El vestíbulo del hotel era aún más bonito e impresionante que el anterior. Detrás de un reluciente mostrador se encontraba un hombre anciano atendiendo a unos clientes. La sala estaba llena de jarrones preciosos con flores dentro, además de muchos sillones de exquisito tapizado y alfombras escogidas por un gusto impecable. Residentes del hotel salían y entraban en los ascensores que llevaban a las habitaciones y en el aire sonaba la canción de The Beatles que daba nombre a este hotel. El anciano que se encontraba detrás del mostrador se acercó a nosotros con gesto amigable. Lucía un desgastado, aunque impoluto, traje de color gris oscuro, con una camisa color salmón y una pajarita a cuadros que le daba un aspecto muy cómico.

—¿Desean algo, señoritos? — preguntó con una sonrisa.

—Sí, verá, venimos a visitar a un amigo — dijo Daniel mostrándonos una vez más su faceta de mentiroso —. Su nombre es Ezra, Ezra Duchannes.

—Por supuesto, por supuesto — dijo el otro mientras que volvía a mostrador. Me fijé en que llevaba el registro de clientes en un gran libro, en lugar de con un ordenador. Pasó unas cuantas páginas hasta que dio con lo que buscaba —. Habitación veintisiete, planta tres. ¿Algo más?

—No, muchas gracias — contestó Alice siguiéndole el juego a Daniel.

—Pues si eso es todo, adiós y muy buenas — y diciendo esto el anciano se largó por un pasillo lateral.

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