Decidí...

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Decidí afrontar mi embarazo sola.

En un momento de desesperación pensé en abortar, pero al final llegué a la conclusión de que el bebé no tenía la culpa. Los hijos no tienen por qué pagar los errores de sus padres (yo lo sabía en carne propia) así que decidí quedármelo. No quería que Juan participara en ello para luego exigir algún derecho sobre él (aunque tampoco es que haya intentado hacerlo). Supongo que habrá oído con el tiempo los rumores sobre mi embarazo, pero si en tanto tiempo no mostró ningún interés en contactar conmigo, es que su hijo le importaba ocho cuartos. Sabía que no iba a ser facil, siendo madre soltera y con la carrera sin acabar, sin apoyo económico alguno ni mucho menos moral, pero iba a afrontarlo. Todo por mi bebé. El dolor que sentí al ver a mi hermanita muerta nada más al nacer marcó mi vida y al pensar que mi bebé podría tener la misma suerte me rompía el alma. No. Yo cometí el error pero no iba a escaquearme de mi responsabilidad. Amaré al bebé y daré todo lo que tengo por él. Así mi vida cobra más sentido.

Logré alquilar un pequeño apartamento (que comparada con la de Lucas seguía siendo una porquería) para no depender más de mis padres. Me fui de mi casa sin despedirme de ellos, creo que ellos no creyeron del todo que me iba para siempre lejos de ellos. Mi padre solo me observó abandonar el espacio y mi madre tuvo un débil gesto de darme un beso en la mejilla para desearme buena suerte. Apestaba a alcohol y tuve un vago pensamiento sobre cuánto más resistiría; más decidí sacarlo de mi mente. Luché años por su salvación, y uno debe aceptar cuando se llega al punto sin salida. Mi madre lamentablemente se hallaba en este. Así que para no verla destruirse a sí misma, era mejor ni verla. Intento salvar mi vida y la de mi bebé, pero ya no me quedaban más fuerzas para salvar a mi madre. Con un gran dolor en el pecho abandoné ese agujero de tristeza y perdición y me encaminé hacia mi nuevo futuro.

Abandoné la universidad (esperaba poder retomarla mejorada la situación) y antes de que se me notara la panza, me puse a trabajar como cajera en un supermercado. No tenía muchos ahorros y si iba a cuidar de un hijo, necesitaba bastante plata. Sabía que de nada servía buscar un trabajo más eficaz que una cajera porque con mi embarazo no duraría mucho. Ahora cogen a un personal femenino que no tiene como plan de futuro cercano ser madre. Y yo era totalmente lo opuesto. Además que se necesitan estudios, y yo eso no lo tenía acabado aún.

Sabía que no debía estar deprimida, ya que eso afectaría al bebé, pero a veces simplemente no podía evitarlo. Recordaba los momentos que estuve con mi difunta hermanita, lo vivido con Lucas, en cómo acabaron las cosas. Esos recuerdos simplemente no me dejaban alguna posibilidad de no llorar, de no reflexionar sobre lo desastroso que fue mi vida. Eso de que las mujeres embarazadas se vuelven muy sensibles es totalmente cierto, porque yo era el lloro en vida. Cada dos por tres alguna lágrima se me escapaba. Pero con el tiempo el pequeño (o la pequeña) crecía en mí y la esperanza volvió a sembrarse en mí. Tenía la plena seguridad de que gracias a mi bebé podría salir adelante, lograría ponerme de pie de nuevo, porque él sería mi razón para luchar.

Un día estando de compras para mi niño (¡Sí! Ya sabía que era un niño ya que estaba en mi sexto mes de embarazo) me pasó algo que marcó mi vida para siempre. Intentando cruzar la calle por el paso de peatones, sin darme tiempo a notarlo, venía un coche a una velocidad sobrepasando lo normal. Sentí un fuerte golpe en mis piernas y en el siguiente instante me vi volar. Después de eso perdí la conciencia.

Me desperté en un hospital toda dolorida. Cada rincón de mi cuerpo gritaba del calor y apenas podía moverme. Pero ni siquiera eso pudo cegarme ante un hecho que me impactó al instante:

No tenía mi barriga.

¿Dónde estaba mi bebé? ¿Por qué mi vientre estaba plano? ¿Qué ocurrió?

Mi última carta Donde viven las historias. Descúbrelo ahora