Sombra del pasado

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– Esto es una pesadilla. Por qué ella, por qué...– tiró de la silla a un lado, provocando un fuerte ruido. – ¡POR QUÉ!

Sandra intentó calmar a Lucas, pero no sabía cómo. Todo parecía ir bien, se creía que habría mejoría, y ocurre esto. 

–Lucas. Por favor, cálmate.

Le acarició el cabello, en un intento fallido de consolarle, pero tanto su alma como la de Lucas estaban partidas. Los dos no esperaron este giro en los eventos, y no sabían cómo mostrarse fuertes ante ello.

Carmen entró en coma.

–Carmen. No, no no.– susurraba Lucas con el rostro tapado.- No, ella no.

Se hallaban fuera del cuarto de Carmen porque ahora la estaban supervisando los doctores. Lucas la noche anterior se fue a su departamento a tomarse una ducha y comer un poco y sin poder evitar sentirse muy cansado cayó en un profundo sueño. Pero le despertó la quinta llamada de Sandra, la cual entre sollozos y voz rota le comunicó la noticia de que Carmen esta mañana entró en coma. En ese instante Lucas se partió en dos. Coma. Ese estado abismal en el que nadie sabe qué ocurrirá después. Puedes despertarte unas horas después, o quedarte dormido días, semanas, meses, años...o para siempre. Incluso morir en tus sueños. Lucas se quedó de piedra, pasmado. No podía creerlo. Era mentira, no podía ser. Corrió al hospital con la vaga ilusión de que fuese mentira, que en realidad ella simplemente seguía dormida. Pero la realidad le abofeteó; ella estaba en coma.

– Si yo hubiera permanecido aquí...

–Lucas...esto no es tu culpa.

– Todo lo que ocurrió con ella es mi culpa. Mía. – respondió Lucas con voz muerta. Sandra se alarmó, Lucas debía serenarse. En este estado solo empeoraba la situación.

–Lucas. Mírame.

Tras varios intentos logró que él elevara la mirada. Ella suspiró. Él estaba partido, consumido, roto. Sus bellos ojos marinos se hallaban bañados en lágrimas rojizas por el esfuerzo de controlarse, su nariz con el toque rosa por el lloro. Estaba mal, muy mal. Sandra quería llorar, le dolía toda la situación pero comprendió que debía ser la fuerte: por Lucas, por Carmen y por ella misma. Le abrazó y sin ninguna palabra dicha le consoló. No se necesitan palabras, el silencio les fue suficiente. Ella iba a ser su pilar ahora, ella iba a darle fuerzas, para que puede estar para Carmen. Después de permanecer abrazados por quince minutos y haber notado que Lucas se había calmado, le sugirió que se fueran a dar un paseo mientras los doctores terminaran de supervisar a Carmen. Él aceptó y salieron del hospital.

El día estaba hermoso, contrastando con el ánimo de los dos. A una esquina del hospital se encontraba un hermoso parque lleno de flores y bancos para que la gente del hospital pudiera darse un respiro natural, lejos de medicamentos que con su olor deprimían tanto a los pacientes como al personal. Ese parque era como una luz de esperanza para los enfermos, para que no vieran solo la fría blancura de los uniformes de los doctores, sino que disfrutaran de los vivos colores de la naturaleza y la vida, que tuviesen esperanza. En ese ambiente tan tranquilo y acogedor tanto Lucas como Sandra mejoraron su estado de ánimo y se llenaron de buenos pensamientos. Lucas sin parar de andar habló a Sandra.

– Sabes una cosa Sandra. Me di cuenta de algo.- Sandra aguardó a que continuara.– Si Carmen no...murió en su apartamento cuando tomó ese bote de pastillas, ni tampoco cayó cuando sufrió el paro cardiaco, es porque algo dentro de ella quiere seguir luchando, por más que ella quiera lo contrario. Y yo no dejaré que su parte pesimista venza. Yo estaré allí para estirar la cuerda junto con la Carmen luchadora, la que no dejará que ella se muera. Ella sobrevivió al maltrato de sus padres, a la muerte de su hermana, de su... de nuestro hijo. Aguantó bullying en la escuela y después en la universidad. Todo esto estando sola, solo teniéndose a sí misma. Ella es una luchadora, aunque Carmen piense lo contrario. Y yo he vuelto a su vida para recordárselo. No dejaré que ella se quede en coma para siempre. La perdí una vez, no pienso perderla de nuevo.

Sandra sonrió y le apretó el brazo. – El verdadero Lucas acaba de volver. Ya se te extrañaba.


___



Él les observó apoyado en las sombras de un árbol, procurando de que no le vieran. Paseando por el parque y estando seguro de que no volverían en un buen tiempo al hospital, entró en el edificio. Tras preguntar a la primera persona que se le cruzó dónde se hallaba la recepción, se dirigió a ella y preguntó por la habitación de Carmen.

– Necesito que se identifique primero. ¿Cuál es su relación con la paciente?

La recepcionista era una mujer en sus treinta y pocos años.  Algo rellena, pero con un rostro hermoso, que resplandecería si no fuera por el semblante tan serio que llevaba. Su trabajo no le traía gozo alguno a la vida al parecer. Qué triste

–Soy...un buen amigo de ella.

–¿Su nombre?- inquirió la mujer algo impaciente.


Él se lo dio y ella lo registró. La chica tras un momento dubitativo, le dio la información de la habitación y observó a hombre marcharse hacia el asesor. La recepcionista no pudo evitar pensar en lo guapo que era, pero rápidamente volvió al modo profesional y sacó al enigmático hombre de la cabeza.

El hombre estando en el piso correcto, buscó la habitación y justo en el momento que se acercaba, un grupo de doctores con unas notas en las manos salían de la habitación, todos con el rostro serio. Él esperó a que ellos terminaran por alejarse y cuando estuvo seguro de que nadie lo mirara, entró.

"Oh Dios..."

Carmen estaba pálida. Si no fuera por los signos vitales, estaría seguro de que ella estaba muerta. Observó el cuarto. Nada inusual, típica habitación con paredes blancas y sábanas del mismo color, que en vez de animar a los pacientes, les sumía en profunda depresión. Al menos él se sentiría de esa forma. Tocó la tela de la sábana, nada de calidez ni suavidad, era como tocar una piedra limada. Qué tristeza, normal que todo enfermo se muera por salir del hospital. Y ese olor a los medicamentos y los utensilios no mejoraban la situación. Se acercó lentamente a ella y le tocó el rostro. Estaba algo fría. Pero igual de hermosa. Dios, la había extrañado. En todos estos años, nada cambió.

–Hola Carmen. Mucho tiempo sin vernos. No sé si me oyes; si lo haces, creo que me pudiste reconocer por mi voz. Y si no... Soy Juan.

Mi última carta Donde viven las historias. Descúbrelo ahora