Mujer prohibida

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Zoro Roronoa no solía vestirse de esmóquin. Es más, los odiaba. Pero cuando su jefe organizaba una cena de gala, no había más opción que enfundarse en uno.

La limusina que iba a recogerlo estaba al llegar, y él aún peleaba con su pajarita. Todos sus compañeros iban a ir elegantísimos y él... bueno, él al menos se había peinado.

La gomina no casaba del todo con el pelo verde y encrespado del joven, pero peor es nada, así que gastó un bote entero intentando domar su cabello, que solía llevar en punta.

Había que intentar rozar la perfección, pues aquella noche conocería por fin a su misterioso jefe, que le daba órdenes desde la sombra, a través de otros altos cargos de la "empresa". Zoro solía llamarla así, pero en realidad no tenía nada que ver con lo que se trataba en realidad. Hablando claro, el peliverde formaba parte de una red de tráfico de armas y alguna que otra sustancia no muy legal. Por supuesto, no podía contar esto a nadie, así que simplemente decía que trabajaba como un condenado para una persona muy exigente.

Y no mentía. Sólo no contaba toda la verdad.

Cocodrilo era el apodo que tenía el hombre que le indicaba qué hacer. No todo el mundo tenía el honor de conocerlo en persona, sin embargo, todos en la ciudad sabían de quién se trataba con sólo mencionar su nombre. Aquella noche, Zoro iba a pasar de ser del segundo grupo a la élite del primero. Cocodrilo lo había invitado a su cena de gala anual, ya que últimamente, Zoro había subido varios escalafones realizando trabajos importantes. El jefe se había dado cuenta y había decidido recompensarlo. La cena de aquella noche no se realizaba por pura diversión, era una especie de prueba para mejorar, o empeorar, la relación con Cocodrilo.

El chófer de la limusina pitó, avisando a Zoro de que era hora de marcharse. El joven optó por dejarse el cuello libre de accesorios y se desabrochó dos botones del cuello, que posteriormente perfumó. Mejor adaptar a su estilo el traje que parecer un imbécil con la pajarita torcida.

A las ocho menos diez, Zoro tomó asiento en su limusina personal y se sirvió una copa de champagne, evitando pensar demasiado en la fiesta. Confiaba en él, lo haría bien. De momento, iba a tiempo para llegar ni muy tarde ni muy temprano, justo en el momento para ser visto pero no llamar demasiado la atención.
Pero sus planes se vieron truncados por una racha de mala suerte, combinada con la ineptitud de su chófer. La limusina pinchó la rueda delantera derecha de camino al gran casino en el que se celebraba el evento. Zoro esperó en el interior del coche, copa en mano, a que el hombre al volante solucionara la situación.

Cansado de esperar, el muchacho sacó la cabeza por la ventanilla y preguntó qué demonios estaba pasando. El conductor contestó que no tenía ni idea de qué hacer y Zoro, furioso, se remangó la chaqueta y decidió arreglar las cosas por sí mismo. El resultado: un joven de chaqueta tirado en la carretera cambiando una rueda.

Consiguió cambiarla, pero acabó con el traje sucio y despeinado. Llegó diez minutos tarde de lo previsto, y acaparó todas las miradas de los invitados al entrar en la sala. Su apariencia no le ayudaba en absoluto...

...o sí.

Agobiado y muerto de calor, Zoro se sirvió otra copa de la barra libre. Quizás el alcohol ayudara a disminuir el bochorno que sentía. Los nervios volvían a controlarlo por completo.

Recorrió el salón, lujosamente decorado, buscando algún espejo en el que arreglarse. Como pensaba, su aspecto era terrible. El galán que pretendía ser aquella noche no estaba por ningún lado.

De pronto, unos ojos azules se reflejaron en el espejo mientras nuestro protagonista se atusaba el cabello. Zoro dejó su tarea para observarlos atentamente. Eran unos ojos tan profundos, con tantas cosas que decir, sencillamente, increíbles. Una mirada digna de una fiera con apetito voraz buscando a su presa.

Kenshi-san [Zorobin]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora