MI ANGEL

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Hace más o menos media hora que habíamos regresado. Habíamos llevado a Renato a dar un paseo por la ciudad, y el parecía encantado. Hace dos meses que había cumplido dos añitos, y cada día se ponía mas hermoso.

-¿Dónde esta Rosalie? -pregunte después de un rato, mientras sostenía al bebe en mis brazos.

-salió a cazar... no debe tardar en... -la frase de Edward se interrumpió, para que acto seguido la puerta de la casa se abriera dejándonos ver a Rosalie desalineada, llevando a un hombre en sus brazos, ambos bañados en sangre.

Las peores ideas se pasaron por nuestras cabezas. Carlisle corrió hacia ella, y yo pretendía hacer lo mismo, de no ser que prefería alejar al niño de aquella locura. Lo lleve a su alcoba y lo puse en su cuna.

El veía interesado hacia la puerta, pero yo me apresuré a cerrarla. Después de un rato de reflexionar supe, que aquel hombre debía de ser Emmett. La simple idea me lleno de alegría.

Empecé a tararear esperando que Renato se durmiera pronto. Y deseando ya poder verlo frente a frente. Solo entonces me di cuenta de que había extrañado demasiado a mi hermano.

*Emmett*

Estaba muerto. Debía estarlo estaba seguro.

¡Maldita sea!

Con el pasar del tiempo el dolor se hacia mas insoportable. Y claro que debía estar muerto.

Era perfectamente consiente del ataque de aquel oso, el dolor de las heridas producidas. En verdad había sido un imbécil, cuando vi sus intenciones de atacarme debí salir corriendo. En lugar de eso me salió mi parte valiente y me quede a enfrentarlo.

Estúpido. Demasiado estúpido.

Pero aun así había sido lo suficientemente bondadoso en vida, como para merecer este regalo. Cada vez que abría los ojos me encontraba con ángeles. El mismo ángel que vi durante mi ataque. Mi ángel. Y otros ángeles que se pasaban a nuestro alrededor.

Y entre ellos estaba Dios, muy diferente a como lo describían. Su mirada era amable y sus cabellos rubios.

Todos ellos tenían hermosos rostros y miradas bondadosas. Pero mi favorita en definitiva era el precioso ser que se quedaba a mi lado, apretando mi mano, mirándome con dulzura y compasión.

Definitivamente estaba muerto y esto era el paraíso.

A pesar del dolor me sentía feliz. Por el simple hecho de su compañía. Podría pasarme la eternidad sufriendo solo para tenerla a mi lado. El tiempo siguió transcurriendo, y poco a poco el dolor se iba. Pero no importaba, yo solo la veía a ella.

-acabara pronto... hiciste bien -dijo la cálida voz, del que yo creía era Dios.

-¿estas seguro? -pregunto mi ángel con una pequeña sonrisa. Dios asintió. La sonrisa de mi ángel se hiso mayor y eso me hiso sonreír a mi también.

Recién entonces escucho a mi corazón latir con fuerza, demasiada fuerza. Y detenerse con una sola exhalación, ya no latía, no más.

Sentí cada centímetro de mi cuerpo, y la fuerza suficiente como para ponerme de pie. Arquee la espalda con la intención de moverme solo un poco, pero de repente estaba sentado. Me confundí.

Vi a mí alrededor y parecía una habitación. Una casa de personas con dinero, eso estaba claro con solo sentir la suavidad de sus mantas. Y sus ropas que lucían caras a simple vista.

Me había equivocado esto no era cielo.

Sentí un rose en mi mano izquierda y al girar vi a mi ángel. Una hermosa mujer de cabellos ondulados y rubios. De facciones perfectas y ojos dorados como el caramelo

Isabella CullenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora