Adela se mareó y tuvo que entrar para sentarse junto al fuego, Santiago la siguió preocupado.
-¿Estás bien? ¿Quieres que te revise? Aún no tengo título de doctor pero te puedo ayudar.-
-No, solo ha sido un mareo, iré a acostarme un rato. Ya esta mañana me sentía mal.- Contestó ella levantándose del taburete.
Él la ayudó a subir las escaleras, Ruth los miraba desde lo alto de la escalera con el ceño fruncido. Al ver la palidez en el rostro de ella no dijo nada. Pero le preocupó que enfermara y se convirtiera en un estorbo.
Adela se acostó encima de la colcha y se durmió casi en seguida. Santiago la tapó con una manta y se sentó a vigilar su sueño.
Dos horas más tarde se despertó con energía renovada y se sorprendió de ver a su nuevo amigo en la habitación.
No le habló simplemente se levantó y bajó para preparar el almuerzo. Decidió que intentaría tomarse las cosas con calma.
Preparó algo sencillo y rápido, Santiago almorzó con ella y se ofreció a recoger él. Ella lo agradeció, se sentó a ganchillar junto al fuego. Quería hacerle un chaleco gris a Raúl. Pero también quería agradecerle a Santiago lo amable que se estaba portando con ella. Así que cogió el ovillo rojo para empezar a tejerle una bufanda y un gorro.
Él aprovechando el ambiente tranquilo y cálido que se había formado entre ellos se sentó a preparar sus exámenes. Después de una hora en silencio Santiago sorprendió a Adela con una confesión.
-¿Sabes? Yo no quería estudiar medicina, pero era lo que deseaba mi tía.-
-¿Y a qué te querías dedicar?- Preguntó ella con curiosidad.
-Me gusta pintar. Quería ser pintor.- Contestó él con voz de nostalgia.
Adela llevada por la confianza que se estaba formando entre los dos habló de su pasado.
-Cuando mi padrastro me quiso vender a un viejo verde y asqueroso yo a mi manera me rebelé.-
Santiago abrió mucho los ojos y presintió que ahí había una gran historia que contar y él quería escucharla. Y Adela quería contarla a alguien que no la juzgara, además necesitaba desahogarse. Pensó que no sería mala idea hacerlo con él. Por eso cuando la animó ella empezó a relatar su vida.
-Mi padrastro quería casarme por la fuerza, pero yo me negué. Entonces antes de que fuera demasiado tarde busque por internet conventos que aceptaran novicias. Cuando encontré uno rellené la solicitud y la envié. Dos semanas más tarde me contestaron diciendo que me aceptaban. Con alegría bajé a enfrentarme a Germán, le dije que no me casaría obligada. Me inventé que mi verdadero camino estaba en servir a Dios. Estaba furioso pero sorprendentemente me dejó ir. Pasé un año y pico de mi vida encerrada en ese convento, hasta que apareció él. Francisco.- Adela hizo un parón en la historia por culpa del nudo que se le había formado en la garganta al nombrar a su primer amor. Cada vez menos pero todavía le dolía recordarlo. Le dolía pensar que él no había querido luchar por esa relación.
Santiago esperó pacientemente que ella comenzara su historia de nuevo, cuando lo hizo, su voz de dolor y de pena le llegó al corazón.
-No sé cómo, no sé porque. Pero algo nos estalló a los dos en la cara. Puede que fuera amor o puede que fuera algo desconocido. Empezamos a vernos a escondidas. Y cometimos el peor pecado de todos. El pecado terrenal. Hasta que un obispo nos descubrió, entonces yo renuncié a mi vida religiosa y le di a él la oportunidad de seguirme. De empezar una nueva vida conmigo. No me siguió, no contestó mis llamadas... él simplemente siguió el llamado de Dios y a mí me ignoró.- Terminó ella con un sollozo que le quemó por querer reprimirlo.
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PECADO TERRENAL
RomantikElla quiso huir de su padre, del compromiso que quería imponerle. Entonces tomó la decisión más fácil. Él es un hombre con unas fuertes convicciones morales. Ninguno conoce el amor, ni el deseo. Dios decide que se conozcan. Saltarán chispas. Tendrán...
