CAPITULO 26º: BIENVENIDA PEQUEÑA:

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Adela recogió el plato de Raúl cuando él terminó de comer, lo fregó e hizo ademán de irse a sentar a su lado, pero recordó que lo que tenía que decirle y se arrepintió.

Se asomó a la ventana para no mirarle a la cara, sabía que estaba siendo cobarde, pero no podía mirarle. Agarró la cortina blanca como si le fuera la vida en ello.

-Tengo que decirte una cosa Raúl.- Empezó a hablar ella, sintiendo como el nudo en su garganta crecía.

Él pensó que por fin se dignaba a contárselo, se sintió feliz de que ella hubiese decidido confiar en él.

Pero cuando Adela empezó a hablar sintió como si le desgarraran las entrañas con un cuchillo.

-Antes que nada quiero que sepas que te quiero. Has sido mi apoyo y mi bastón. Me has cuidado y querido incluso has aceptado un hijo que no es tuyo. Y yo quiero corresponderte y darte todo lo que puedo. Aún quiero pero te he fallado. Hoy ha venido él, está aquí en el pueblo. Y ha venido después de irte tú. Y me ha besado... y...- Ella no pudo continuar, el llanto no la dejaba.

-¿Me estás tratando de decir que te has acostado con él? ¿Eso tratas de decirme?- Preguntó él sintiendo como todo su mundo se derrumbaba.

-Yo no quería, pero él...- Comentó en un susurro haciendo que Raúl malinterpretara sus palabras.

"Juro que lo matare. Lo juro por mi madre." Pensó él furioso.

Adela sintió que las piernas se convertían en gelatina y cayó al suelo muerta de vergüenza. El dolor se intensificó por todo su cuerpo.

Raúl se acercó y se sentó en el suelo con ella, la cogió en brazos consolándola, sobándole la espalda.

-Cariño tienes que tener claros tus sentimientos, tienes que saber lo que quieres hacer. Y actuar en consecuencia. Yo me niego rotundamente a formar parte de un triangulo amoroso. No voy a pasar por la misma experiencia de nuevo. Además necesito pensar, necesito alejarme de ti aunque solo sea un día o dos. ¿Me entiendes? Hoy no dormiré aquí necesito estar solo. Pero prométeme que si te sientes mal me llamarás.- Pidió él deseando marcharse.

Adela suspiró, tenía los ojos cerrados, aún seguía sin querer mirarle. La vergüenza y el dolor se negaban a alejarse. Así que contestó sin mirarle:

-Te lo prometo. Pero no tengo nada que pensar Raúl, sé que te quiero y quiero estar contigo. Pero él no me deja. Necesito alejarme de él, de su influencia. Regresaré a mi casa cuando mi padre regrese. Si me sigues queriendo volveré cuando nos casemos. Cuando sea tu mujer a los ojos de Dios él no se acercará.-

Ella quería creer en sus propias palabras, necesita creer que eso sería verdad. Porque si no sabía que sería de su vida.

Raúl besó sus parpados cerrados y se levantó para dejarla allí sola, allí tirada sobre el suelo de la cocina. Sabía que quizá debía quedarse a animarla, quedarse para saber que estaba bien.

Pero tenía mucha rabia, mucha tristeza y mucho dolor. No pensaba que las cosas cogerían ese rumbo. Pensaba que Adela sería mucho más fuerte. Y como ya había dicho no estaba dispuesto a repetir experiencia. Y menos con la hija de su amigo.

Condujo a toda velocidad por el pueblo, si lo veían solo pensarían que tenía una emergencia médica. Llegó a la casa que era propiedad de la iglesia y no se lo pensó, derribó la puerta de una patada.

El muy cobarde estaba sentado delante de una botella de vino vacía, tenía la cabeza sobre las manos y parecía dormido.

Raúl dio otra patada, esta vez a la silla tirando a Francisco al suelo. Este abrió los ojos asustado por el golpe. Luego cuando vio que era lo que le había tirado sonrió burlonamente y se puso de pie tambaleándose.

PECADO TERRENALDonde viven las historias. Descúbrelo ahora