Pensó en dormirse en el trayecto pero se enamoró del paisaje y disfrutó del viaje. Llegó a un paraje desértico donde parecía que el sol hacía tiempo se había esfumado. La neblina tapaba todo.
Los árboles no tenían hojas solo ramas peladas, pero aún así a su manera era hermoso. Adela era la única que quedaba en el autobús. Y este se paró para dejar subir a un hombre alto, atractivo con algunas canas surcando su pelo castaño. Cuando se acercó a ella vio que sus ojos eran azules, no pudo evitar compararle con Francisco. No supo porque.
-¿Adela?- Preguntó el desconocido y ella reconoció la voz, Raúl Griñanes.
-¿Raúl?- Preguntó ella a su vez.
-El mismo, ahora vamos, ya has llegado a la hija de dios. Te explicaré todo por el camino te lo prometo.- Pidió él.
Adela obedeció y se levantó de su asiento, sentía las piernas de gelatina. No esperaba sentirse tan agotada.
Raúl la guió hasta un coche de marca mercedes algo antiguo clase B. Los asientos eran de cuero blanco, mientras ella se ponía cómoda él guardó sus dos maletas en el maletero.
-Bienvenida a este desértico pueblo. Aquí muchos jóvenes no hay, solo tenemos cuatro casas, un edificio pequeñito que hace de ayuntamiento, un salón donde los mayores juegan al domino o las cartas. Un bar pequeño que en verano da comidas a los turistas. Y por último mi casa y consultorio médico.- Explicó orgulloso Raúl.
-¿Y cómo es que mi padre vino a parar a este lugar? Yo esperaba otra cosa. Y no es que no me guste.- Se apresuro a aclarar Adela, no quería ofender a Raúl.
-Yo no puedo responder esa pregunta Adela. Pero quizá fue que pensó que este era el mejor lugar para esconderse, el mejor sitio para sanar heridas.- Contestó él.
El resto del camino lo pasaron en silencio, aunque no había mucha distancia de donde se había bajado del autobús al pueblo.
Quince o veinte minutos más o menos de trayecto. Adela se maravilló con el paisaje tan diferente de lo que ella estaba acostumbrada. Le encantaron las calles del pueblo, casas antiguas de piedra y suelos empedrados.
A la plaza casi no se la podía llamar plaza de lo pequeña que era, una fuente estaba situada justo en el medio. En frente había una pequeña casita de dos plantas con una torre en un lado, en el balcón un par de banderas. Supuso que ese sería el ayuntamiento. Dos tiendas silenciosas y vacías a los lados. Una botica y una panadería.
-Aquí no hay supermercados, para comprar solo hay lo que ves.- Informó Raúl.
-¿Y dónde está el hospital?- Preguntó Adela buscándolo con la mirada.
-Aquí no hay hospital, por eso me mudé a este pueblo, para que sus habitantes tuvieran a alguien que los atendiera. El hospital más cercano esta a tres horas de camino.- Volvió a explicar él.
-Papá me dijo que lo atendían en el hospital.- Murmuró confusa ella.
-Te lo diría para no preocuparte. Quizá no esperaba que quisieras venir. Pero para tranquilizarte te diré que hago viajes casi a diario al hospital y me traigo medicación suficiente para tratar a todos aquí. Aunque lo único que no me dan es la inyección que debía inyectarle a Javier.-
-¿Entonces?- Preguntó ella más confusa aún.
-Trabajé durante muchos años en ese hospital y sé donde guardan todo. También sé cuando puedo coger todo lo que necesito sin que me pillen. Desde que les diagnostiqué el cáncer a Javier y a otro señor les robo todo lo que puedo para tratar estos dos casos. Ninguno de los dos hombres quiso mudarse a la ciudad. Y yo como doctor juré salvar vidas, no me importa lo que tenga que hacer.-
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PECADO TERRENAL
RomansaElla quiso huir de su padre, del compromiso que quería imponerle. Entonces tomó la decisión más fácil. Él es un hombre con unas fuertes convicciones morales. Ninguno conoce el amor, ni el deseo. Dios decide que se conozcan. Saltarán chispas. Tendrán...
