CAPITULO 3º: APRENDER A DESPEDIRSE:

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Adela disfrutó del paseo, se deleitó con la brisa refrescando su rostro. Dejó que la sensación de libertad inundara de gozo su alma. Pensó si sería posible que su padre la dejara tener una vida normal si salía del convento. También pensó en Javier. Luego recordó a su madre, lo infeliz que parecía siempre. Ella no quería ser así.

Una hora después ya estaba en el pueblo, compró para hacer un caldo de gallina y algunos guisos.

Otra hora después estaba de regreso, se quitó la toga de la cabeza y dejó que el viento la despeinara. Para ella eso era un autentico deleite acostumbrada ya como estaba a los muros opresores. Había olvidado lo que se sentía siendo libre. Una idea se formó en su mente, solo tenía que tener valor para realizarla. Pensó en Francisco, tal vez a él le gustaría formar parte de su plan.

Francisco estaba inquieto, quería que Adela llegara ya. No sabía porque pero necesitaba tenerla cerca. Su vida sería una tortura cuando ella volviera al convento. No sabía cómo haría para poder estar con ella como quería estar. A pesar del frío la estaba esperando en lo alto de la escalera.

La divisó a lo lejos y pensó que no había visto mujer más hermosa que aquella. No quiso que lo viera allí, así que ya más tranquilo fue a la parte trasera de la casa para cortar más leña.

Adela llegó y dejó al caballo atado en la barandilla, él se quedó allí todo contento mascando la hierba que había sobrevivido a la escarcha de la noche.

Ella llevó las bolsas a la vivienda pero antes de entrar oyó el sonido de un hacha y supo que Francisco estaba detrás. Se apuró en guardar las cosas. Dejó la gallina en el fuego con la verdura y fue a guardar el animal.

Cuando llegó y lo vio se quedó boquiabierta, era la primera vez que veía a Francisco vestido con algo que no fuera su túnica negra. Llevaba unos desgastados vaqueros y un grueso jersey de lana rojo. Se fijó en lo bien que le quedaban, le marcaban el culo y las fuertes piernas. Se mordió el labio y decidió ignorarle, fue hasta el establo para encerrar el caballo, se sentó en una pequeña banqueta y se dispuso a cepillar al animal. Terminó y le dio unas cuantas zanahorias para agasajarle.

Él llegó junto a ella y la abrazó, necesitaba sentirla, necesitaba su contacto. Le dio le vuelta y posó sus labios en los suyos. Sus respiraciones se aceleraron y se sintieron más espesas. Le quitó el hábito molesto con tanta tela encima de su maravilloso cuerpo. Besó sus pezones tensos por el frío, amasó su trasero sintiendo como ella se estremecía.

-Fran alguien puede venir y nos puede descubrir.- Protestó Adela tiritando por el frío.

-No me importa, solo quiero sentirte. Te estás convirtiendo en mi adicción.- Dijo él abrazándola para darle calor.

Se besaron como si no hubiera mañana, el establo se llenó de los gemidos de los dos. Se revolcaron por el heno como desesperados. Descubriendo nuevos sentimientos y nuevas formas de quererse.

Adela gritó mientras llegaba al orgasmo, arañó su espalda aferrándose todo lo que podía a él.

Ella volvió a ponerse su hábito y sus zapatos y corrió hasta la casa. Cuando entró miró el caldo que aún no estaba preparado y se acostó en la alfombra junto al fuego.

Francisco entró cargado de leña, la colocó en su sitio, cerró la puerta con llave por si venía alguien no pudiera entrar. Sus visitas no solían ser muy educadas. Nunca llamaban al timbre.

Si tenían la puerta cerrada no podrían descubrirlos. Pensaba aprovechar bien esos días junto a Adela.

Se acercó a ella y le volvió a quitar la ropa. La agarró del pelo y la besó con ansias. Adela se aferró a él con miedo de lo que empezaba a sentir. Si sus sentimientos se hacían más profundos sufriría estaba completamente segura. Ellos no eran una pareja normal.

PECADO TERRENALDonde viven las historias. Descúbrelo ahora