Capítulo 29

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Camila está cruzada de piernas encima de mi escritorio, mirando unos papeles. Cuando me ve sonríe y se pone en pies.

—Nandito amor, por fin regresas, te estaba esperando —dice y me abraza por el cuello, pero yo le quito los brazos.

—Primero, yo no soy tu amor, y segundo, tú no tienes nada que hacer aquí —me siento en la silla giratoria que está detrás de mi escritorio.

—Vine para celebrar, la muerte de tu noviecita —se ríe y la miro inmediatamente.

—Se llama Abigail, y no está muerta —ella frunce el ceño.

—¿Qué? Si yo me aseguré que tuviera un accidente —dice despreocupada y yo abro los ojos como platos.

—¿Tú provocaste ese accidente? —le pregunto sorprendido.

Camila no era así, no era capaz ni de matar una mosca.

—Por qué te sorprende, si sabes que por ti yo haría lo que fuera —la miro mal.

—¡¿Cómo pudiste hacer eso, Camila?! Pusiste en riesgo la vida de mi hija y de mi mujer. Eso nunca te lo voy a perdonar. Óyeme bien, aunque Abigail estuviera muerta, jamás estaría contigo, ya entiéndelo por favor —le respondo exaltado y me pongo de pie para ir a la habitación de Aby.

—Te vas a arrepentir Fernando, te lo juro que te vas a arrepentir de haberme rechazado. Cuida muy bien a tu noviecita y a tu hija, cuídalas bien —cierra la puerta de un portazo.

Casi me machuca los dedos.

Me quedo pensando en las palabras de Camila y parece que sí es capaz de hacerle algo a Aby o a mi hija, si Camila le llega hacer algo a mi familia no me lo perdonaría.

Abigail Johnson

Hace poquito me trajeron a Victoria para alimentarla y eso hice. Ahora estoy jugando con ella.

La miro detalladamente y me doy cuenta que se parece mucho a mí. Es muy pequeñita e indefensa, tiene los ojos azules, la piel blanca y labios rosa como los míos; es cachetona como Lucas y yo, tiene unas pequitas cerca de la nariz, también de Lucas. Amo que mi hija se parezca a mí.

—Hola, mi cielo, no sabes cuanto te amo hija. Te voy a cuidar y a consentir mucho —digo mirándola y agarrando su pequeña manito.

Beso su frente y en eso entra Fernando.

—¿Donde esta la niña más linda del mundo? —pregunta Fernando con voz infantil acercándose a nosotras.

—Aquí estoy, papá —respondo yo de la misma forma alzando a Victoria y los dos reímos —Fernando, ¿cuando podré irme de aquí? —pregunto.

Mi hija se acomoda en mis brazos, tiene sueño. Fernando besa su frente y nariz, ella sonríe y se queda dormida.

—Que linda —dice y me mira para responder mi pregunta —. Si no estoy mal, mañana mismo te dan de alta —suspiro, en eso entra una enfermera.

—¿Ya comió ésta preciosura? —pregunta y yo asiento sonriendo —ya me la tengo que llevar —dice.

—¿Tan pronto? ¿No me puedo quedar con ella esta noche? —pregunto triste.

No me quiero separar de ella.

—No, lo siento, ya mañana podrá llevársela —dice con pesar.

Le entrego a Victoria, pero antes, le doy un beso en la frente a mi pequeña, luego se la lleva.

—Aby, tengo que decirte algo —dice Fernando sentándose a mi lado nervioso.

—¿Qué pasa Fernando? No me asustes —me siento mejor en la cama.

—Camila volvió a buscarme —suelta y siento que mi sangre hierve.

—¿Qué quería esa zorra? —pregunto con el ceño fruncido.

—Celebrar tu muerte —lo miro confundida.

—¿Qué? —pregunto sin entender nada.

—Camila fue la que provocó el accidente, no sé que hizo, pero lo provocó —me quedo en una pieza y ahí es que encaja todo.

—Por eso los frenos no respondían. Ella los cortó, no entiendo como pudiste tener algo con ella —digo indignada por las cosas que puede llegar hacer esa mujer por un hombre.

—Camila no era así, te lo juro, ella cambió cuando la dejé —la defiende.

—¿Sólo dijo eso? —ignoro lo que acabó de decir.

—No, también que me iba a arrepentir de haberla rechazado y que las cuidara muy bien, a ti y a mi hija —contesta y mi corazón se acelera.

—No podemos dejar a Victoria sola —digo preocupada.

Comienzo a alterarme, necesito cuidar a mi hija. Él se pone en pies y me abraza.

—Tranquila, no voy a dejar que nada les pase, te lo prometo —me tranquilizo un poco.

—Ay Fernando, no sé que sería de mi vida sin ti, nunca me voy a separar de ti —lo beso.

—No vas a poder aunque quieras. En unas semanas nos casamos —responde alegre.

—Ya me quiero casar e irme para mi casa —Fernando toma mis manos.

—¿Te parece si contrato a una muchacha para que te ayude con Victoria? —pregunto.

—Está bien —respondo.

—Bueno, me voy a poner en esas, trata de descansar ¿si? —asiento.

Besa mi frente y sale del cuarto. Le hago caso y me acomodo en la camilla. Me pongo a pensar en las palabras de Camila y me quedo dormida.

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