Dos pequeños diablos

128 7 1
                                        

Al abrir la puerta pude observar una mujer bajita pero muy guapa, arreglada, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Hola! Tu debes de ser la canguro de esta noche -lo dijo como si cambiar de canguro fuera frecuente-. Pasa, pasa, te explico cómo funciona.

La seguí hasta la cocina y vi la cena. Tenían pollo rebozado con patatas fritas. Pero el pollo rebozado era como el del Kentucky. Olía de maravilla. Al ver mi cara, la madre de los niños sonrió.

-Yo soy Londra. Los niños se llaman Alba y Javi. Si no has cenado, que supongo que no, puedes servirte un plato con ellos. Dales la cena y a las nueve a la cama. Puedes ver la televisión mientras nos esperas. No llegaremos más tarde de las dos, lo prometo. O al menos me vendré yo para que te puedas ir. Aunque si vives muy lejos y no tienes como volver puedes quedarte en la habitación de invitados.

-No hará falta, muchas gracias. 

Londra era infinitamente amable. Y se veía que no decía las cosas por obligación, sino que realmente me había ofrecido quedarme a dormir en su casa.

-De postre ellos tienen yogur y tú puedes tomar el helado que hay en el congelador. Ponles una ración de verdura antes del pollo, está en la olla. 

De repente un señor que se veía más mayor, o al menos más envejecido, que Londra apareció en la cocina con cara de pocos amigos.

-Los niños son unos cabrones, por suerte han salido a mí. Si no te impones a ellos desde el principio te van a tocar los huevos toda la noche. Intenta que no griten mucho al menos, por los vecinos más que nada.

-No hay problema, señor. 

Besó a su mujer y se la llevó de la mano. Marcharon sin despedirse de los niños. A pesar de que Londra quería hacerlo su marido insistió en que llegaban tarde.

Después de que se fueran yo seguía sin haber conocido a los niños. Como nadie fue hasta el salón, y a pesar de que estaba acojonada por lo que había dicho el padre, fui en busca de ellos mirando habitación por habitación.

Al llegar a una habitación toda rosa, que parecía la fiesta del té de una princesita vi a una niña rubia, de unos siete u ocho años jugando con sus muñecas.

-Tú debes ser la canguro nueva. Cena por tu cuenta, nosotros sabemos cuidarnos solitos -me dijo con un tono bastante impertinente.

-¿A ver, dónde está tu hermano? -le pregunté sin una pizca de amabilidad. 

Paró de hacer lo que estaba haciendo y giró la cabeza lentamente hasta mirarme a los ojos con descaro.

-¿Me ves con cara de saberlo o de que me importe? -me contestó con un tono tan repelente como su cara de asco.

-¿Me ves con cara de que voy a ir a buscarlo? Mueve el culo y ves a por él. Se cena en cinco minutos en la cocina -la avisé.

-¿O qué? -me retó con una sonrisa de superioridad.

-No me tientes porque puedes acabar muy, pero que muy mal.

-Prueba.

Cerré la puerta de su cuarto. Por desgracia para ella la llave estaba por fuera. Ya me había fijado antes de abrir. No sabía cuánto llevaba sin ir al baño, pero en algún momento tendría que ir.

-¿Encerrarme en mi cuarto es tu mejor idea? ¡Tengo todo lo que quiero aquí dentro! No necesito nada más -en realidad sí, pensé para mis adentros, necesitas comida e ir al baño.

Me fui a seguir abriendo puertas, aunque esta vez abrir la correcta no me llevó tanto tiempo. La habitación de Javi estaba en frente de la de su hermana. Él estaba jugando a la PlayStation y era más pequeño que ella.

Se llamaba UsuiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora