Capitulo 4: Despertando

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Pasé varios días en el hospital sin que ocurriera nada distinto. Al menos, nada que para entonces siguiera pareciéndome extraño.

Los días se repetían. Las enfermeras tomaban mis signos vitales, me llevaban comida y revisaban las vendas. Mis padres llegaban por la tarde y se marchaban cuando comenzaba a oscurecer.

Había cambiado una rutina por otra y empezaba a sentir la habitación como una celda.

Algunas veces la habitación volvía a transformarse en aquel lugar destruido que había visto durante la visita del Cazador. Los plafones colgaban, la sustancia oscura cubría las paredes y las sombras cruzaban el cuarto.

Para entonces, ya no gritaba ni me asustaba cada vez que ocurría. No sabía si empezaba a tolerarlo o si algo dentro de mí ya lo había aceptado como normal.

Una semana antes de que me dieran de alta, una enfermera llegó para hacer la revisión de rutina. En cuanto sus dedos tocaron mi mano, un dolor me atravesó la cabeza. Después sentí un tirón violento, como si algo dentro de mí hubiera sido arrancado y lanzado hacia ella. Un instante después sentí que caía al suelo.

Cuando el dolor de cabeza comenzó a disminuir, sentí el pecho más pesado y me costó ponerme de pie. No reparé de inmediato en que el dolor de mis brazos y piernas había desaparecido. Por un instante pensé que había sanado.

Apoyé una mano en la cama y noté que mis dedos eran más largos y morenos. Mis uñas estaban más cuidadas y mis brazos apenas tenían vello.

Me incorporé con dificultad. Todo parecía ligeramente más bajo de lo habitual, como si hubiera crecido unos centímetros.

Sentí que me costaba respirar. Al volver la vista hacia la cama, vi a alguien acostado allí.

Retrocedí por miedo y caí sentado en el suelo.

—Esto es un sueño... Esto es un sueño —repetí.

La voz que salió de mi boca era femenina.

Bajé la vista hacia mis manos y me toqué el rostro. La piel se sentía más suave. Cuando levanté nuevamente la mirada, reconocí mi cuerpo acostado en la cama, inconsciente.

Intenté encontrar una explicación, pero ninguna tenía sentido. Mi respiración se volvió rápida y superficial. Sentí náuseas al tocar aquel rostro que no reconocía como mío.

—¿Cómo pasó esto? Por favor, que se revierta. Que se revierta —dije al borde del llanto.

Me acerqué nuevamente a mi cuerpo y, al tocar mi mano, sentí otro tirón. El suelo desapareció bajo mis pies y tuve la misma sensación que al despertar de un sueño en el que caes: un vacío repentino en el estómago.

Parpadeé varias veces. El dolor regresó de golpe a mis brazos y piernas. Nunca me había alegrado tanto de sentirlo.

Al girar, vi a la enfermera todavía de rodillas en el suelo. Meneaba la cabeza y se llevaba una mano a la frente.

—¿Qué me pasó? —preguntó con voz adormilada.

Cuando volvió a orientarse, miró a su alrededor y después me miró a mí. Debió notar mi miedo porque, aunque seguía desconcertada, intentó calmarme.

—Tranquilo, estoy bien —dijo intentando sonar tranquila—. Debí marearme, eso es todo. No he dormido demasiado.

La enfermera se levantó y salió de la habitación sin completar la revisión.

Me quedé confundido. Intentaba comprender qué había pasado y cómo había ocurrido.

«Vaya forma tan desastrosa de comenzar».

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