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-¡Isaaaaaí!- Gritó mi papá impacientemente.

Con un gruñido, le puse pausa a mi videojuego y apagué el televisor. Era hora de ir a la iglesia tan aburrida como siempre. Íbamos a ir a una nueva iglesia que se suponía, iba a ser la mejor...pero iba a ser igual que todas: aburrida. No tenía ni una pizca de ganas de ir a la iglesia...más bien, de salir.

-¡¡Isaí!! Si no estás aquí en un minuto, te castigaré toda la casa- Vociferó mi padre.

¿Exagerado dónde?

-¡Ya voy!- Grité en forma de respuesta.

De las peores ganas, agarré una camiseta tipo polo vieja que sabía que era de mi padre, pues olía a mil demonios y estaba para usarse de mantel y me la puse. Agarré unos pantalones holgados que eran míos y estaban sin lavar como desde hacía años y para finalizar mi improvisado look, me puse unos zapatos ortopédicos que no necesitaba más. Antes de salir del cuarto de televisión, agarré del suelo mi gorra de uno de mis videojuegos favoritos, Minecraft y me bañé en desodorante para intentar quitar el mal olor. No sirvió de mucho. 

-¡Por fin!- Clamó mi padre- Vámonos.

Salió de la casa y mi abuela lo seguió pisándole los talones. Yo me quedé pensando en alguna buena excusa para poder quedarme y seguir jugando Lego Batman...cuando mi padre me volvió a gritar mucho más fuerte que antes. 

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-Ahora sí hermanos, que tengan un buen fin de semana- Se acabó la aburrida predicación y yo salí disparado para salirme de aquel atrio que parecía más bien, una tortura china.

No saludé a nadie y nadie me saludó a mí, como era de suponerse. Había mucho más personas que en la antigua iglesia a la que asistíamos y de hecho, era treinta veces más grande que la otra. 

¡¡Una maquina de sodas!! Corrí hacia ella, metí mis manos a los pantalones para poder sacar una moneda...nada. No había ni siquiera pelusa. Detestaba ser pobre...pero algún día lo dejaría de ser y podría comprarme sodas...más bien, toda la maquina. También, ayudaría a mi mamá y mi hermano con sus costosos tratamientos contra la leucemia. Detestaba verlos así de heridos, frágiles y sin poder hacer nada.

 Decepcionado, me di media vuelta y comencé a caminar viendo el suelo. Ahora tocaba buscar a mi padre y obligarlo a irnos a casa para que yo siguiera con mi videojuego. Levanté la vista para buscarlo y lo primero que vi fue a una chica con lentes de botella acercarse a mí. Tenía TODA la pinta de ser una monja...ni siquiera las monjas se vestían de aquella forma. Su falda rosa era tan larga que tenía la misma medida que el cabello de rapunzel. Una camisa blanca fajada en su falda y quien sabe que tenía de calzado, pues su falda ocultaba todo de su ombligo para abajo.

-Hola- Saludó en cuanto estuvo a escasos centímetros de mí. 

Hacía tanto que una chica no me saludaba en persona. Tenía amigas...pero virtuales.

-Ho...hola- Tartamudeé. Estaba nervioso por no saber como poder hablarle a una mujer que no tuviera pinta de ser amante de los videojuegos.

-¿Cómo te llamas?- Sonrió y enseñó sus aparatos dentales. En menos de un segundo, despegué la vista de sus dientes para que no se sintiera observada o juzgada por mí.

Vaya, era fácil poder juzgar a aquella chica...pero vamos, yo era el último que podía juzgarla. Era gordo, llevaba una camisa-vestido que apestaba, pantalones que eran una bomba olorosa con un toque de desodorante en un intento fallido de matar el mal olor. Ah y por si fuera poco, unos horrendos zapatos ortopédicos que por cierto, me mataban los pies.

-Isaí- Contesté y vi como ella se estremeció al escuchar mi nombre. ¿No le gustó mi nombre?- ¿Tú?

-Sarahí- Contestó orgullosa ante su lindo nombre.

De virgen A eróticoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora