Desperté como nunca lo imaginé: compartiendo cama con los cuerpos desnudos de Kian y Gema.
No me acordé cómo fue que llegamos a esa intimidad; lo único que recordaba era que la imagen de Sarahí entaconada y vestida de blanco, me dejó sumamente traumado. Intenté distraerme con la televisión, pero no funcionó. Nada funcionaba. Así que tuve que hacer algo para poder seguir adelante sin sentirme como me sentía cuando recién la conocí. Me tuve que emborrachar y de lo único que me acuerdo fue que Gema y Kian llegaron hasta la noche, igual o peor de ebrios que yo. Gema se me abalanzó en cuanto me vio y yo gustoso, acepté de su caricias y sus besos. Quizá tener sexo con ella me ayudaría a olvidarla...pero no, ni eso me funcionó.
En un intento desesperado de borrar a Sara de mi mente, besé a Kian y él, aunque al principio pareció disgustado, se dejó llevar por la lujuria del momento y los dos terminamos besándonos hasta quedar completamente desnudos. Gema gozaba de la escena y nos invitó al cuarto en el que dormía. Ahí fue donde empezamos con el trío más feroz de todos, pues yo estaba cabreado de no lograr sacarme a Sarahí.
Y ahora, me encontraba en la misma habitación, intentando recordar algo, pero lo último que me acordaba era de que Kian me desnudó, yo desnudé a Gema y entre los dos desnudamos a Kian. A partir de ahí, todo era borroso y detestaba no poder recordar nada más. Solo deseaba que no hubiera mencionado a Sarahí en pleno orgasmo o algo así.
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Opté por salir de compras como a eso de las 10 a.m. El Bautizo de Sarahí era a las 12, así que tenía tiempo para comprar algo formal pero a la vez, nada llamativo. Opté por una camisa de manga larga color blanca, abotonada hasta el último botón. Un pantalón negro y compré unos zapatos de bajo precio que eran lo bastante elegantes para ser usados solamente en aquella ocasión. Iba a comprar un moño que adornara mi cuello, pero se me hizo demasiado llamativo.
Mi aspecto era una palabra: demacrado. Me veía fatal y lo quise mejorar bañándome, pero sabía que esa habitación no era mía, así que opté por solo remojarme la cara. No, nada mejoró, me veía igual de ojeroso y mis ojos seguían igual de llorosos y rojos. Me veía hasta pálido.
En un inútil intento de mejorar mi aspecto, peiné mi cabello, que desde hacía unos meses que no me lo cortaba, en una ola hacia un lado. Unos mechones cayeron sobre mis ojos y decidí dejarlos ahí para que me ocultara un poco el ojo. No me rasuré, me dejé la barba de candado que no era lo suficiente prominente para llamar la atención, pero los vellos eran visibles. Titubeé de si quitarme la perforación de la nariz, pues ese pequeño arete, representaba al nuevo Isaí. Decidí dejármelo para no fingir ser una buena persona.
Una vez verifiqué que Kian seguía durmiendo con Gema, salí cuidadosamente y me encanminé hacia la iglesia que tan buenos recuerdos me traían, pero me tenía totalmente aterrado.
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Llegué y vaya que batallé si debería acercarme o debería regresarme. Aún no entraba por las grandes puertas que estaban totalmente abiertas y en cada orilla, había una persona con una sonrisa totalmente amable, quizá hipócrita. Mis manos me sudaban y con cada paso que daba hacia enfrente, más difícil se hacía respirar.
-Bienvenido- saludó un señor que no deparó ni un segundo en mi perforación.
-Muchas gracias -me aclaré la garganta y le dediqué la mejor sonrisa que pude a pesar de mi terror creciente.
Entré y sentía que me quemaba. Hacía tanto que no asistía a una iglesia y ahora que me encontraba rodeado de gente amable, compartiéndose mutuamente versículos, me sentía fuera del lugar y un pecador en su máximo esplendor. Iba a regresarme pero mi corazón se detuvo al visualizar a la familia entera de Sarahí sentados en la hilera hasta adelante a mano derecha. Estaba tan cerca del escenario, que solo eran solo unos centímetros de separación. Solo reconocía a su madre y a su padre. Había un chico sentado con ellos y deseé con todo mi corazón que no fuera nada más de Sara que pariente.
Me senté en una hilera que estaba a mano izquierda, hasta atrás, casi pegada a la entrada, totalmente opuesto a la familia de Sara, para evitar a toda costa reencontrarme con alguien. La única que estaba sentada en la misma hilera fue una señora con un bebé en brazos. No la reconocí y eso me relajó. Me senté en la última silla que estaba pegada a la inmaculada pared blanca. Ni mi camisa estaba tan blanca como la pared.
El pastor se subió al escenario y comenzó a dar la bienvenida con mucha cordialidad. Empezó a dar anuncios de grupos de oración, grupos de damas, caballeros, niños y jóvenes. Después peticiones de oración. Yo no estaba prestando atención. Volteaba discretamente a todos lados buscando a Sara, que no estaba por ningún lado y eso me desilusionaba de gran manera. Esperaba que caminara por el pasillo que estaba en medio de las hileras. Anhelaba verla caminando por ahí, sin voltear a ningún lado que no fuera en frente, así yo podía disfrutarla a escondidas.
-Es hora de saludarse.
El pastor mencionó y yo casi me voy para atrás. Saqué mi celular y comencé a fingir interés en él. La señora que estaba a sillas alejada de mí, se levantó y comenzó a saludar a la gente que estaba sentada en la hilera frente a la nuestra. Yo seguía con mi vista clavada en mi celular para evitar ser saludado y saludar.
-¿Isaí? -preguntó una voz que no reconocía para nada pero que aún así me paralizó que él si me reconoció a mí.
Levanté la vista e identifiqué a Alex, uno de los chicos más populares de aquella iglesia. Me estaba sonriendo con incredulidad.
-No inventes, ¡eres tú! -se sorprendió y movió unas sillas para pasarse a mi hilera y darme un amistoso abrazo.
Al principio me quedé piedra sin saber bien cómo reaccionar; pero conforme pasaba el tiempo, supe que tenía que hacer lo mismo para no hacerlo sentir tan mal.
-Sí, soy yo -le dije sonriendo.
-¡Qué milagro! Creí que jamás te volvería a ver.
No entendí por qué él se comportaba de aquella forma tan melosa conmigo. La vez que había ido a la reunión de jóvenes con Sarahí, él ni siquiera me volteó a ver. De hecho, siempre creí que me criticaba como sabía que lo hacía con Sarahí.
-Pues aquí estoy.
-Me alegro demasiado de volver a verte. Hey, has cambiado un montón -examinó mi nuevo aspecto -serías irreconocible de no ser por esos ojazos azules que tanto te caracterizan.
-Tú también estás muy cambiado...
-Yo soy un misionero -respondió con orgullo -desde que te fuiste muchas cosas han cambiado, ¿lo sabías?
-No. ¿Cómo cuáles? -Pregunté esperando que me contara algo de Sarahí.
-Pues yo y otros cuantos somos misioneros. La mayoría de "Guardianes de Dios" -ya se me había olvidado que ese nombre era el del grupo de jóvenes -ya servimos. Otros son maestros, otros están estudiando para ser pastores, otros son ujieres, otros dan discipulados. En fin, todo en esta iglesia va muy bien.
-¿Y Sara? -pregunté sin autocontrol al enfadarme de que no me contaba algo que me importara.
La ansiedad comenzó a crecer en mi interior. Alex me miró y sonrió con ternura.
-Ella apenas se bautizará hoy y se quiere meter al coro de la iglesia -me puso al día. Sara cantando...qué bendición - qué raro, pensé que ustedes dos eran muy amigos...quizá algo más.
-Yo también -suspiré y le sonreí con un poco de dolor.
Alex se limitó a posar una mano sobre mi hombro y me sonrió con compasión. El pastor ordenó sentarnos en nuestros asientos así que Alex me dio la espalda y se sentó en su silla. Yo también me senté y me quedé mirando la nuca de Alex un buen rato. Me sorprendió cómo me trató con tanta familiaridad, que me hizo sentir abrazado, bienvendio. Sonreí. Después de todo no fue tan mala idea volver...
O eso creí hasta que el pastor, con una canción de fondo que los de la alabanza empezaron a tocar, le dio la bienvenida a la única persona que se le ocurrió bautizarse con el frío del invierno aproximándose. Mi corazón latió frenéticamente y Alex junto con media iglesia, giró su cabeza hacia atrás, en dirección a la entrada. Aprovechó que su cabeza estaba girada y me guiñó un ojo que le di un significado de "ahí viene" y cuando giré mi cabeza hacia la entrada, un poco más discreto que todos, mi cuerpo dejó de funcionar al ver quien estaba ahí.
Sarahí.
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De virgen A erótico
Teen FictionÉl era lindo, callado, cariñoso y único en su especie. Él, era la imagen perfecta de la ternura, inocencia e incredulidad. Él, no le hacía daño ni siquiera al polvo que volaba entre los aires. Su único amigo era el televisor y sus mejores amigos, lo...
