Capitulo 17

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-Eres tan diferente -dijo Liliz mientras caminaban por el pueblo ya en los límites que los separaba con la zona rural, llena de vegetación y animales silvestres. -No eres como tu amigo, el historiador. Tienes un magnetismo espacial, como si fueras superior. ¿Qué hacías en tu mundo?

-Soy, o mejor dicho era consejero de la alcaldía de la fundación. Como ya te dije, la fundación abarca todo el universo. Son miles y miles de planetas que están dirigidas desde Términus. La obligación de los consejeros y del alcalde, es guiar a toda la gran cantidad de planetas para que vivan en prosperidad y no caigan en la barbarie. Fue la misión que nos fue encomendada hace muchos siglos atrás por el fundador de la fundación. Hay también una segunda fundación la cual ayuda a la primera a guiar los pasos del universo. Pero eso ya no importa. -dijo esto último acordándose de Gaia y del proyecto Galaxia.

-Eres entonces una persona importante, mucho más importante que mi padre.

-No, ya no soy consejero, soy una persona normal como tú. Es mucha responsabilidad tener ese cargo. Además que no eres libre de viajar como ahora hago.

-Eres más feliz siendo libre, te entiendo. Pero de todas maneras tienes ese magnetismo que no lo puedes perder ni renunciando a tu cargo.

-Puede ser. -Fue lo único que atinó a decir en su incómoda situación.

Siguieron caminando por las últimas calles hasta que finalmente se adentraron en muy bien cuidados jardines que rodeaban la ciudad. En su camino iban encontrándose cada vez menos personas, hasta que una vez en el jardín, se sintieron totalmente alejados de la actividad de la ciudad. Se sentaron a descansar luego de una larga caminata, y poco a poco se fueron relajando hasta que finalmente el mismo magnetismo que había seducido a todas esas mujeres en los diversos planetas que habían tenido que aterrizar, ese magnetismo que era muy criticado por Bliss, hizo el mismo efecto en la hija del alcalde. Trevize, no pudiendo ceder ante los encantos de Liliz, se dejó llevar por sus sentidos y por la situación y complació tanto como pudo con los deseos de la joven muchacha. Luego de haber disfrutado de una intensa relación sexual, estuvieron un largo rato recostados en la grama perfectamente cortada. Cuando el aburrimiento de ver el mismo lugar mucho tiempo los levantó, ella lo guió de regreso hacia la ciudad. Trevize, siguiendo tras de sus pasos pudo percatarse que debido al frenesí de la relación, ella se había herido en su hombro con la grama donde habían estado. La herida era leve, pero había salido un poco de sangre la cual estaba seca en ese momento. Le limpió con sus dedos para evitar de esta manera cualquier tipo de marca de lo que habían hecho. Eso hizo que vuelva a sangrar un poco, pero finalmente volvió a cerrarse su herida sin dejar rastros visibles si no se acercaban a muy corta distancia. Ella era la hija del alcalde, y no sabía lo que en esa cultura se pensaba de lo que recién acababan de hacer. Lo mejor era no arriesgarse. Siguieron caminando por las calles de la ciudad, conversando sobre las vivencias que había tenido una persona tan viajera. En ese momento Trevize se acordó de lo que le había contado Pelorat sobre un mundo únicamente de robots, y le pareció absurdo. No se imaginó acostarse en la grama con una máquina. Además los robots no sangran, se dijo desechando de inmediato la idea.

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