8: He cambiado de opinión

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El salón comunitario de la casa de piedra era cómodo y al mismo tiempo
elegante. Estaba decorado con plantas de grandes hojas, muebles de color
marrón y un buen número de cojines azul claro. Pero la atmósfera familiar no sirvió para mejorar el humor de Alexia.

Ocho horas después de su reunión con Brus, estaba sentada en el gran sofá del salón, desahogando su frustración con sus hermanas pequeñas.

Rita, que trabajaba de enfermera en el Hospital General de Boston y estaba a punto de cumplir veinticinco años, la escuchaba con simpatía.

Por otro lado, Mariana, de veintitrés años, parecía preocupada. Estaba
sentada al lado de la ventana, contemplando la puesta de sol. Alexia admiraba la mano que tenía su hermana para los negocios, y aquella noche necesitaba toda su atención.

-¿Es que no te importa lo que está ocurriendo? -preguntó Alexia, incapaz de contener su irritación.

Mariana se dio la vuelta de inmediato y la miró fijamente con la facciones de su rostro aniñado algo descompuestas. A pesar de su pequeño tamaño, exudaba fuerza.

-Eso no es justo. Tú sabes lo importante que era para mí la promoción del día de San Valentín. Estoy tan preocupada como tú por la empresa que fundaron nuestros abuelos.

Por supuesto que era así. Alexia se sintió culpable al instante. Mariana llevaba la heladería Montero, un local retro situado en Hanover Street en el que se respiraba el encanto y la emoción de tiempos pasados.

Pero Alexia no podía evitar preguntarse si no estaría ocurriendo algo más en la vida de Mariana.

Últimamente, su hermana había estado marchándose casi a hurtadillas, como si fuera a encontrarse con alguien en secreto.
Alexia sacudió la cabeza con incredulidad. Todo aquel asunto del montaje que le había propuesto Brus la estaba volviendo loca, llegando incluso a imaginarse un amante secreto para Mariana.

-Me siento como si estuviera atrapada entre una roca y una pared de piedra -dijo Alexia, encauzando la conversación hacia su rival-. La reputación de Montero hace aguas y yo acabo de enfrentarme abiertamente con el asesor que se supone que tiene que sacarnos de este lío.

-Lo siento, Alexia -intervino Mariana apartándose de la ventana-. Sé que esto no es fácil para ti.

Rita, que estaba sentada en uno de los sillones, dobló las piernas. Seguía con el uniforme puesto, aunque se había quitado los zuecos blancos de enfermera.

-Tiene que haber una solución.

-Sí, pero, ¿cuál? -preguntó Alexia pasándose la mano por su cabellera rizada con impaciencia—. Estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para restaurar la reputación de Montero, pero no puedo soportar la idea de rendirme ante ese macho arrogante. No me cree capaz de seducir a la prensa por mí misma. Piensa que necesito que él me entrene.

-Entonces, demuéstrale que está equivocado -sugirió Mariana-. Demuéstrale que puedes manejar a la prensa.

-Es una idea estupenda -aseguró Rita al instante-. Después de todo, Alexia, tú tienes tu propio encanto. Tu imagen no tiene nada de malo.

-Así es -continuó Mariana dirigiéndole una cálida sonrisa-. Eres una mujer
guapa, triunfadora y poderosa. ¿Qué puede enseñarte ningún asesor que tú ya no sepas?

-Nada -respondió Alexia, sintiendo cómo crecía su confianza en sí misma.
Pero ella sí podía enseñarle muchas cosas a Brus Dolton.

Tras diez agotadoras horas de oficina, Brus abrió la puerta de su casa y al entrar arrojó las llaves mientras soltaba una palabrota.

El día había ido de mal en peor, y toda la culpa era de Alexia.

¿Cómo era posible que lo hubiera rechazado? Su plan era perfecto, pero ella era demasiado orgullosa para admitirlo, para agradecérselo como se merecía.
No sólo se estaba ofreciendo a reparar el daño de Montero, sino también a crearle a ella una imagen más glamourosa.

¿Qué mujer en su sano juicio rechazaría algo así?
¿Acaso no sabía con quién estaba tratando?

Brus era un experto. Incluso su propia casa era una obra de arte.
Echó un vistazo a su alrededor, orgulloso de las reformas que había hecho en su hogar: El frío mármol del vestíbulo había sido sustituido por un suelo de madera, y a través de un arco se accedía a una zona en la que es exhibía una colección de antigüedades cuidadosamente elegidas, Brus sintió la imperiosa necesidad de darse una ducha caliente y tomarse una cerveza fría, así que se dirigió a la cocina de diseño, agarró una botella y comenzó a quitarse la ropa.

Cuando subió las escaleras hacia el dormitorio principal ya había dejado un reguero de ropa tirada por el camino.
Situado al lado de la cama, vestido únicamente con un par de calzoncillos bóxer, abrió la cerveza y le dio un sorbo.

Entonces sonó el maldito teléfono.

-Diga -contestó con brusquedad, todavía molesto por la reacción de Alexia.

-Soy yo -respondió al otro lado una voz femenina.

-¿Quién es «yo»? -preguntó Brus, aunque sabía de sobra que se trataba de la mismísima princesa de hielo.

-Soy Alexia. He cambiado de opinión.

-¿Significa eso que harás el montaje conmigo?

-Sí -respondió ella con firmeza-. Pero no permitiré que cambies mi imagen.

Brus guardó silencio durante unos segundos. Ella seguiría sus consejos
tanto si le gustaban como si no. Pero no iba a discutir ese punto en aquel
instante. Por el momento, la dejaría creer que había ganado.

-Muy bien, pero no podrás echarte atrás si las cosas se ponen algo feas.

Así que más vale que estés completamente segura de que quieres comprometerte con este proyecto.

-Yo intento luchar contra el problema de Montero -respondió Alexia-. Aunque eso signifique tener que fingir una relación contigo.

-Muy bien. Voy para allá, entonces.

-¿Para qué? -preguntó ella con suspicacia.

-Para ultimar los detalles. Estaré allí dentro de aproximadamente una
hora.

Brus colgó el teléfono antes de que Alexia pudiera protestar. Luego se quitó los calzoncillos y se metió en la ducha con la esperanza de que ella no invadiera su mente.
Lo único que le faltaba sería volver a fantasear con Alexia Montenegro.
¿Por qué se sentiría tan atraído por ella? Era todo lo estirada y excesivamente profesional que podía ser una mujer. En su interior no había ni un gramo de calor.
Y por aquel entonces, Brus necesitaba alguien cariñoso. Quería una mujer
que fuera capaz de hacer cualquier cosa por él, incluso dejar una brillante carrera profesional.

Sabía que aquel era un pensamiento muy egoísta, pero le importaba una mierda. Las noticias sobre su madre habían cambiado su modo de ver las cosas, y no podía evitar suspirar por lo que le había sido negado.
Tras darse una buena ducha, Brus se puso unos pantalones negros y un
jersey gris y se dispuso a ir a ver a Alexia.

Mi Deseable Rival (+ 18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora