-¿Y bien? ¡Deberíamos fijar ya la boda! –chilló Inés Lenoir, con su cara porcina retorcida en una mueca de excitación.
Elizabeth la miraba con asco desde el cómodo sofá de piel blanco en el que se hallaba sentada junto a Amelié, Martha y su madre. Frente a ellas, Michel, Inés y Phillipe Lenoir se encontraban en un sofá de color mostaza.
-¿Usted cree? –Victoria levantó la delicada tacita de porcelana azul con intrincados dibujos de color turquesa, y le dio un delicado sorbito-. No estoy yo tan segura, y parece que su hijo tampoco lo está, me equivoco, ¿señorito Phillipe?
Elizabeth notó como Martha y Amelié se tensaban junto a ella. Martha porque seguía empecinada en que Phillipe era el hombre de su vida, Amelié porque sabía que si su hermano conseguía desposar a Elizabeth, ella no la ayudaría.
Phillipe se inclinó hacia delante, con las manos enlazadas y una sonrisa de suficiencia en la cara.
-Oh, Lady Victoria, yo creo que sí que deberíamos fijar la fecha.
Elizabeth casi podía oír lo que pensaba: "si no me caso con Martha, me casaré con Elizabeth el mismo día. Un plan estupendo". Casi notó como su madre se erizaba de ira. Antes de que pudiera decirle nada, sin embargo, Phillipe volvió a hablar.
-Et où est la petite servante de mademoiselle Martha ?
Martha lo miró en silencio. Elizabeth vio que se ponía roja y comenzaba a tartamudear.
-Te pregunta que dónde está Prudence –susurró Elizabeth, dándole un codazo.
-Ah. Ella se encuentra indispuesta. Le he dado el día libre.
Phillipe se echó hacia atrás de nuevo, todavía con una sonrisita estúpida en la cara.
-Ya veo.
Elizabeth suspiró y se retiró el dorado cabello de la cara con cuidado. Aquel hombre la repugnaba. Era un cretino más que pretendía aprovecharse de su familia.
Ojalá pudiera convertirlo en sapo.
-¿Entonces? –Preguntó Michel, ajeno al veneno que Victoria y Elizabeth parecían rezumar de cada uno de sus poros-. ¿Fijamos la fecha?
Victoria abrió la boca, para protestar, seguramente, pero cuando vio que Inés casi había acabado ella sola con todas las pastitas de té que había servido, volvió a cerrarla, meneó la cabeza, y dijo con aspereza:
-Sí, acabemos cuanto antes con esto.
-Yo había pensado que el mes que viene estaría bien –dijo Inés con la boca llena.
-¿El mes que viene? –Elizabeth la miró, asustada-. Sólo quedan cuatro días para eso.
-Oh, bueno –Inés rio, poniéndose otra pasta en la boca-, no tiene por qué ser a principios. Podríamos dejarlo para mitad de Junio.
-Madre –susurró Amelié, percibiendo el malestar de Elizabeth-, quizá es un poco pronto todavía.
-¿Qué sabrás tú, Amelié? –Ladró Phillipe-. Si no estás embarazada aún es porque a ningún hombre le interesa un esperpento como tú.
Amelié cerró la boca, humillada, mientras su padre le reía la gracia.
-Phillipe –dijo Elizabeth despacio. Advirtió la mirada de su madre, pero no se calló-, ¿nunca le han dicho que es usted harto insufrible? –Los padres de Phillipe la miraron asombrados, pero a él solo se le ensanchó la sonrisa-. Si usted va a conseguir esposa es porque sus padres tienen dinero. De otro modo, ninguna mujer querría saber nada de un estúpido patán como usted.
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Las lágrimas de la bruja. #PNovel #BubbleGum2017 #Wattys2018
FantastikGanadora de los premios Writers for writers 2017 en la categoría de Maravillas sin descubrir. Prudence Anderson hubiera preferido no tener que mudarse a ese pequeño pueblo dejado de la mano de Dios. A pesar de que llega ahí tratando de huir de un pa...
