Perdí el sentido en aquel maldito hoyo sin fin. No sé cuánto tiempo habré estado cayendo, lo cierto es que pensé que había muerto. Pero la caída en aquel pozo, que yo había creído era el final, fue en realidad un nuevo principio...
LA PROFECÍA DEL R...
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CAPÍTULO 74
Al escuchar el trueno ensordecedor, miré hacia las nubes negras que se movían lentamente en el cielo. El viento furioso me volaba la capa plateada. Me ajusté la capucha para protegerme de la lluvia incesante y helada.
—Es hora— gritó Juliana desde atrás en medio del viento.
Me volví hacia ella y asentí. Todos estaban acurrucados bajo los paraguas, envueltos en sus impermeables. Inclusive Nora había hecho a un lado su miedo a volar en avión para estar allí ese día. Miré otra vez al sendero que llevaba hasta la colina de Tara. La lluvia oscurecía el verde paisaje irlandés.
—Voy a extrañarlos— dije con la voz quebrada. La lluvia ocultaba mis lágrimas.
Abracé a Nora y a Mercuccio. Estreché fuertemente la mano de Luigi. Besé la cabecita del pequeño Augusto Miguel en los brazos de Juliana. Ella puso al bebé en los brazos de Nora y me echó los brazos al cuello, llorando.
—Gracias por todo— le dije—. Siempre los llevaré en mi corazón.
Estuvimos abrazados un largo rato bajo la lluvia.
Allemandi se acercó y me estrechó la mano.
—Cuando lo conocí, no confiaba en que usted fuera la persona correcta, pero el viejo Strabons no se equivocó. Usted cumplió el sueño del viejo y fue más allá— me dijo.
—Él dio su vida para que yo pudiera estar aquí hoy— dije—. Ojalá pudiera compartir este momento con nosotros.
—Estoy seguro de que nos está mirando desde alguna parte— me confortó él.
Una figura envuelta en un impermeable amarillo apareció corriendo por el sendero desde la calle. Resbaló en el barro y se sostuvo de la baranda de madera que bordeaba el sendero para no caer.
—¿Quién es?— preguntó Luigi, entrecerrando los ojos en medio de la lluvia torrencial.
Cuando la figura se acercó un poco más, pude distinguir su rostro.
—Es Bruno— dije sonriendo.
Fui hasta él y lo abracé con fuerza.
—Me alegra que hayas venido— le dije.
—No sabía si correspondía que yo estuviera aquí hoy, pero no podía dejarlo ir sin verlo una última vez— dijo él.
—Sabes bien que tienes todo el derecho de compartir este momento con todos nosotros, Bruno.
—Espero que puedan perdonarme algún día...
—Bruno— le dije, apoyando una mano en su hombro—, ya te lo he dicho mil veces, ya fuiste perdonado por nosotros, solo falta que te perdones a ti mismo. Para nosotros eres un amigo, un buen amigo. Tú me salvaste la vida.
—Lo que no habría sido necesario si no la hubiera puesto en peligro por mi culpa en primer lugar— objetó él.