CAPÍTULO 7

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Deambulaba por la mansión mientras Andrew preparaba unas "cosas" antes de ir al acuario.
Iba distraído mirando los cuadros pintados a mano y enmarcados en finos marcos de madera.

—-¡Ah!-Choque con alguien, un cuerpo masculino. —-Lo siento mucho, no prestaba atención.—El chico en el suelo lanzó una carcajada; era el chico rubio de la mañana.

—-No te preocupes, no pasa nada. —Le tendí una mano para ayudarle a levantarse y este me la estrechó y se puso de pie, ensanchó su sonrisa y yo le devolví una parecida.

—-¿Qué haces merodeando por la mansión? Creí que saldrías con el amo —comentó divertido; por lo visto no tenía intenciones de irse.

—-Este lugar da miedo, así que estoy buscando la entrada secreta a la sala de brujas o algo así —digo con completa naturalidad.
Ambos nos miramos en silencio antes de soltar una risilla cómplice.

—¿Con qué quieres ver un lugar mágico? —respondió divertido.
—-Sígueme-Caminó a paso apresurado mientras me tiraba del brazo. Llegamos a unas puertas enormes de madera; las bisagras se notaban algo oxidadas, como si aquella puerta no se abriera hacía mucho tiempo.

—-¿Adónde... lleva? —dije, algo sorprendido por la enormidad de esas puertas.

—-Un lugar mágico —respondió. Soltó mi muñeca y con ambas manos empujó las puertas hacia su frente, causando un estruendoso chirrido proveniente de esas oxidadas bisagras, dejando entrar una brisa realmente reconfortante.

—-Sal, yo cerraré; cuando quieras entrar, solo empuja y cierra al instante o se ensuciará aquí. —Me sonrió, empujó mi cuerpo paralizado por la hermosa vista y cerró las puertas a mis espaldas.

—-Esto es hermoso. —Árboles, enormes árboles, de copas moradas; no eran hojas, eran pétalos. A veces parece que has visto mujeres, bebés o paisajes hermosos; todo quedaría pequeño ante esta hermosa vista.

Un pequeño círculo en el centro de la mansión; al centro de ese hermoso jardín había una fuente mohosa, en ella había unos pececitos que aún habitaban en ella, tres bancas de madera alrededor de la fuente a cierta distancia. El suelo estaba tapado por una alfombra de pétalos morados, al igual que el cielo, que era cubierto por una lluvia de estos mismos. Nada era más hermoso que ver cómo el viento revolvía los pétalos del suelo, haciéndolos jugar entre sí o elevarse, haciéndolos caer al suelo nuevamente, o uno que otro que espantaba a los pececillos que nadaban en el agua de aquella fuente mohosa.
Me senté en una de las bancas, admirando aún embobado esa hermosa imagen, deseando volver a tener mi cámara en las manos y guardar estas hermosas imágenes de aquel mágico lugar. Antes de que sacaran mis cosas del cuarto de apartamento, había una pequeña cámara profesional con la cual salía a tomar fotografías: ancianos sentados en los bancos de la plaza, niños jugando, hermosas tardes de otoño o días tapados en la nieve blanca de invierno. Sin duda me encantaba sacar fotografías, y un dinerillo extra salía de ellas también.

—Realmente es mágico —me repetí en aquella soledad. Debo volver, Andrew estará buscándome. Me acerqué a las puertas y las empujé como indicó el Rubió, entre rápido y cerré las puertas. Objetivo cumplido: ningún pétalo entró.

—¿Qué haces? —Una voz ronca me hizo girar de un sobresalto, con los ojos casi saliendo de sus órbitas.
Tenía las manos sobre la puerta cuando aquella conocida voz me sorprendió.

—-N-nada, solo paseaba mientras hacías lo que quiera que estuvieses ha-haciendo —dije mientras lograba dibujar una sonrisa sobre mis labios nerviosos. Se acercó a mí y sacó algo de mi cabello.

—-¿Un pétalo? —dijo. Le vi analizando el pétalo color morado ante mi vista. Mierda, olvidé, limpiarme... Alcé la vista nerviosa hacia él y este me sonrió malicioso.

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