≈•Andrew•≈
Sus actos de niñería, su inocencia y su sinceridad. Había algo más perfecto que este chico; lo amaba tanto que siento que no podría desatar el cariño que le tengo nunca.
—Te amo —dije en un hilillo de voz. Una vez que mis lágrimas se calmaron, tomé su dulce rostro entre mis manos, acercándolo hacia mí. Su respiración chocaba contra la mía, y sus mejillas sonrosadas estaban cada vez más cerca de mi rostro.
Uní nuestros labios en un beso apasionado y desesperado. Ante la tumba de mi difunta madre, mostrando lo que ella por años ansiaba para mí: una persona dulce y sincera, sin importar fuese hombre o mujer, pero que simplemente me amase tanto como yo a él y nunca me lastimara.
Sus labios quedaron entreabiertos y, sin aviso, adentré mi lengua en su dulce y suave boca. Ambas lenguas jugaban danzando lujuriosas.
—¿Nos vamos? —dije, respirando algo agitado por lo intenso del beso. Él asintió con la cabeza afirmando mi pregunta, y tras echar una última ojeada a la tumba de mi madre, nos fuimos camino al automóvil. Tomados de la mano e interrumpiendo el paso por algunos besos fugaces que salían de la nada.
Mientras íbamos en el vehículo, notaba por el rabillo del ojo que mantenía la mirada fija en mí, que cada vez su mirada me detallaba mejor y con más intensidad.
Corté camino por una carretera rural que estaba de paso junto a la de asfalto; esta cruzaba por un bosque oscuro y era evidente que todos preferían la carretera al camino rural.
Detuve el automóvil estacionándolo entre unos árboles. Max me miró extrañado, sin comprender mis acciones; lo miré con lujuria y le guiñé un ojo sonriendo con picardía.
—Q-que... —Antes de que terminara la frase, di un beso sobre sus labios, admirando cómo sus mejillas se enrojecían al instante.
—No creo poder esperar hasta la mansión —dije una vez que me separé de sus labios.
Di suaves golpes en mis muslos con la palma de mis manos, haciendo señas para que se sentase sobre estos.
Solté mi cinturón de seguridad y él hizo lo mismo; corrí el asiento hacia atrás, haciendo más espacio entre el volante y yo.
—Bien... —¿Qué esperas? —dije. Max sonrió y se levantó del asiento del copiloto, y se posicionó de piernas abiertas sobre mi cuerpo. Ambos quedamos frente a frente y los centímetros entre nuestras intimidades eran mínimos.
Acarició su espalda por debajo de la playera y sudadera, escuchando aquella sinfonía de suspiros.
Saqué su sudadera y comencé a lamer y besar sus labios. Mi lengua descendió de sus labios a su cuello, mordiendo y lamiendo la clavícula, dejando chupetones y marcas de mordidas que más tarde serían claramente visibles.
Saqué mi ropa de la cintura para arriba e hice lo mismo con él. Ambos a dorsos desnudos, sintiendo la calidad de nuestros cuerpos. Llevé mi boca a sus pezones rosados, lamiendo y atrapándolos entre mis labios, escuchando sus jadeos y gemidos mientras succionaba uno de sus pezones con mi boca y el otro era preso de los jugueteos con mi mano. Sus manos se enredaban en mi cabello; gemía al contacto de mi lengua por su cuerpo, estremeciéndose, incitando mi cordura a hacerlo mío.
—Alza un poco tus caderas —le dije al oído antes de morder el lóbulo de su oreja. Alzó las caderas, bajé sus pantalones tan rápido como pude hasta dejarlos prendidos en una sola de sus piernas, dejándole a mi merced y sin una prenda de ropa sobre su cuerpo.
Con tres dedos en mi boca, los cuales lamí, observando cómo sus ojos y rostro sonrojado me observaban, detallando cada uno de mis movimientos.
Bajé mi mano a su entrada descubierta, trazando círculos en esta, arrancándole varios gemidos placenteros.
—A-Andrew —gimió agudo cuando colé el primer dedo en su entrada, con un ritmo fijo metiendo y sacando un dedo de su interior con la música de sus gemidos, su cuerpo temblando y buscando más contacto con mi cuerpo que se hallaba caliente al admirar a MI Max de esa manera.
—M-Más... —pidió con voz agitada. Colé un segundo y, al instante, un tercer dedo; un chillido de dolor se escapó de sus dedos por la brutalidad de mis acciones. Retiré mis dedos de su entrada húmeda y ahora dilato y saco de mis pantalones mi miembro erecto que ansiaba poseer al chiquillo jadeante y excitado frente a mí.
Alzó sus caderas una vez más y tomó mi miembro, dejando mi presencia sorprendida por sus acciones, siendo el coraje que debe haber reunido para no estallar en vergüenza. Tras posicionar la punta de mi miembro en su entrada, comenzó a bajar sus caderas lentamente, soltando uno que otro suspiro, al igual que yo por la tortuosa lentitud.
—¿Puedes moverte? —pregunté cuando le observé más acostumbrado a la posición de mi miembro. Asintió con la cabeza, afirmando mi pregunta.
Sus caderas formaron un vaivén subiendo y bajando sobre mi miembro, arrancando uno que otro gemido o jadeo que era opacado por sonoros gemidos de parte de Max. Sus uñas se enterraron en mi espalda, extasiando más el momento en el que tomé sus caderas para acelerar el ritmo de las embestidas.
Cada una más profunda, violenta y placentera que la anterior.
—¡Ahh...! —Por la reacción de su cuerpo, asumo que debí tocar ese punto dulce en su interior, acelerando las embestidas, tocando aquel lugar en su interior. Aprieto su miembro en mi mano en un vaivén, masturbándolo
—Ya... —N-no pued... —Antes de terminar la frase le besé, adentrando mi lengua a su boca, entrelazando ambas sin importar la falta de aire. Tras separarnos y seguir embistiendo su agotado cuerpo, subí más el ritmo, de mi mano y de las penetraciones. Tras un chillido agudo de placer, se corrió en mi mano, y tras seguir rozando con brutalidad las paredes de su interior, sentía este contraerse, incitando mi cuerpo a llegar a su límite.
Max seguía gimiendo al placer y yo estaba por llegar al clímax, y tras su último llamado de placer en mi nombre, me corrí en su interior, besando con pasión sus rojizos labios, lamiendo el hilo de saliva que caía por la comisura de sus labios.
Cubrí ambos cuerpos bajando el espaldar del asiento para luego ser presos del sueño y el cansancio.
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$ubasta
Romance-Siempre me he considerado el objetivo de mira de las desgracias. Honestamente, hasta cierto punto llegué a tomarlas como algo normal en mi vida. Cuando creí que no podía ponerse peor, todo dio un salto, tornándose brusco y confuso. -Te presentaré a...
