Capítulo 32 Final

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—¡Ánimo! —dijo con un grito de alegría Nathan.
Respire hondo inhalando por la nariz y exhalando por la boca.

—Tú puedes, Max... ¡Vamos! —me di ánimos a mí mismo y abrí las amplias puertas.

El pasillo antes de entrar al de corridos de asientos adornados se divisaba a lo lejos.

—Mary Clark, ¿aceptas a Andrew Wittaker para ser el hombre que te acompañe en la vida, en la salud y en la enfermedad, en la paz y en la tormenta, por el resto de lo que les depare la vida, hasta que la muerte sea la separadora de esta unión? —se escuchó a lo lejos. Mi corazón se estrujó y me volví un manojo de nervios mientras caminaba tenso y temblando como una hoja al mismo tiempo.

—Acepto ser... —escuchó débilmente, pero con ánimo y felicidad.

—Andrew Wittaker, ¿aceptas a Mary Clark para ser la mujer que te acompañe en la vida, en la salud y en la enfermedad, en la paz y en la tormenta, por el resto de lo que les depare la vida, hasta que la muerte sea la separadora de esta unión? —No se oía nada, no había respuesta. Apresuré el paso; aquel pasillo parecía ser eterno. Dios, nunca terminaba.

—Yo... —Y en ese preciso momento, justo antes de aquella respuesta que pudo marcar vidas, el pasillo terminó y un grito de desesperación se oyó.

—¡Tú!... ¡No puedes! —grité a todo pulmón mientras todos se giraban a verme con los ojos abiertos.

—M-Max —oyó débilmente. Comencé a caminar hacia el altar mientras todos me miraban recriminando mis acciones.

— Andrew Whitaker... Soy tu guardaespaldas, ¿recuerdas? Mi deber es protegerte y... —Como un chico cualquiera que te ama... —Frunciendo los labios, alcé mis ojos llorosos mientras sonreía.
— Yo... —También quiero que me ames. —La castaña estaba paralizada y sus ojos se entristecieron.

—Él también te ama —dijo ella; su voz era serena y unas pequeñas gotitas recorrían sus sonrosadas y maquilladas mejillas. —¿Verdad? —Él solo agachó la cabeza y asintió cabizbajo.

—Yo... —Me había quedado sin palabras. Todos me miraban con desconfianza, sin comprender nada de lo que sucedía.
Excepto por un par de ojos verdes que sonreían ampliamente mientras admiraban aquella escena de ... ¿Valentía?

La chica comenzó a caminar a paso relajado hacia mí, que me hallaba un par de pasos del altar.
Me sonrió con ternura y tomó mi mano mientras caminaba, jalándola hacia el altar.

Me puso frente a Andrew, quien sonreía confundido. La chica sonrió alzando sus ojos, dejando ver sus perfectos ojos color chocolate, brillantes y húmedos.

—Andrew , sé que nunca podré tener tu corazón; aun así, quiero que seas el hombre más feliz del mundo con alguien a quien ames, mucho, mucho. — Una de sus manos tomó la mía y con la libre tomó la mano de Andrew. —Y sé que a quien amas mucho es a él. —Unió mi mano y la de Andrew y pude sentir esa calidez subiendo por mi mano, recorriendo mi brazo y llegando a mi corazón.
Andrew entrelazó sus dedos con los míos y la mano de Mary nos liberó.

—Más te vale que lo cuides —dijo sonriendo, juguetona, mientras depositaba un beso en mi mejilla y luego hizo lo mismo con Andrew.

—Mary, espera... —dijo Andrew mientras corría a abrazarla y susurrar un sincero gracias. La chica desapareció, se fue y yo estaba allí parado, sin saber qué hacer, sin saber qué vendría a continuación.

—Max, yo... —No lo dejé terminar y me abalancé a él, rodeé su espalda con mis brazos y me eché a llorar. No era un llanto de tristeza, sino de felicidad.
Sus brazos me rodearon y sentí esa corriente de calor recorrer mi cuerpo otra vez.

—Max — susurró y, tomando mi rostro entre sus manos, unió nuestros labios en un beso cargado de amor. —Te extrañé tanto —susurró en mi oído; sus palabras me hicieron sonreír enternecido.

—¡Wahh! ¡Cuidado! —dije exaltado cuando me cargó como princesa, tomándome por sorpresa.

—Ya no aguantó más —susurró en mi oído, haciendo que mis mejillas cobraran rubor.

—No podemos desperdiciar la fiesta, así que... —¡Todos a la mansión Wittaker! —gritó Mike mientras todos gritaban muy animados "¡Sí!" y comenzaban a salir de la iglesia.

—Ese es mi hermano —dijo Alexander, acercándose a Andrew y dándole un beso en la sien.

—Tengan esto —dijo Mike, lanzándome unas llaves, las llaves del departamento de Alexander.

—¿Qué esperas? —preguntó, pícaro, el pelirrojo, y Andrew solo rió.

***

—¡Cuidado! —dije cuando Andrew casi cae por culpa de su desesperación.

Me tomó de los muslos, cerrando la puerta tras de sí, mientras me besaba con lujuria y deseo, mientras yo rodeaba su cintura con mis piernas.

—Max —susurró seductor en mi oído, mordiendo el lóbulo de mi oreja, haciéndome jadear.

Cuando llegamos a mi habitación a tropezones, me recostó sobre la cama y comenzó a desnudarse mientras yo hacía lo mismo.

Me dejé caer de espaldas sobre la cama mientras Andrew se posicionaba entre mis piernas desnudas, preparado para atacar mis labios, deseoso.
Besó mis labios mientras succionaba estos entre los suyos; su lengua se abrió paso mientras ambas, envueltas en la lujuria, nos dejaban sin aire.
Comenzó a descender mientras besaba mi clavícula y seguía descendiendo en un camino de besos ardientes hasta mi abdomen. Su lengua se paseó juguetona, provocando que arqueara la espalda y que un jadeo se escapara de mis labios.

Sus manos acariciaban mis muslos internos mientras besaba mis labios con lujuria.

—Ahh... —gemía mientras sentía como uno de sus dedos comenzaba a estimular mi interior, otro gemido agudo y otro dedo y otro más dilatando aquel lugar. — Andrew... Ya... No más —pedí jadeando con la respiración agitada.

Tomó su miembro erecto e introdujo la punta con cuidado, empujando en mi interior.

—Max... —Gimió ronco cuando su miembro tocó fondo en mi interior.

— Andrew... —Andrew—gemía yo mientras buscaba con desesperación su boca. Tras hallarla, calló mis gemidos con un húmedo beso apasionado, acelerando las embestidas.

Una tras otra, cada una más fuerte, profunda y placentera que la anterior. Sentía su carnosidad intimando con mi interior, rogando ambos más placer, más cercanía.

—Voy a... —dije en un gimoteo cuando sentí mi límite ya en el cuello.
Sus mejillas encendidas, su cabello revuelto, sus gemidos roncos, esa hermosa imagen sobre mí era todo lo que necesitaba.
Segundos después me corrí arqueando la espalda. Mis paredes se contraían y, en una descarga de placer, él también se corrió en mi interior.

Su cuerpo cayó como peso muerto a mi lado con una sonrisa radiante.

—Te amo —dijo, besando mi frente. Se levantó en busca de su pantalón y sacó algo del bolsillo que no logré distinguir bien.
Se recostó a mi lado nuevamente mientras atraía mi cuerpo al suyo.

—¿Max? —dijo para tomar más profundamente mi atención.

—¿Sí? — pregunté, dirigiendo mis ojos a sus profundos ojos azules.

—Cásate conmigo —susurró mientras cogía mi mano y ponía una argolla fina de oro en mi dedo. Entrelazó sus dedos con los míos y él tenía una argolla similar.
Lo miré con los ojos húmedos y con una sonrisa que jamás se me borraría del rostro.

—¡Te amo!... Sí, claro que sí —repetía yo mientras le llenaba la cara de besos.

—Te amo —repitió mientras yo me acurrucaba más en su pecho.

—Yo te amo más —respondí yo, sintiendo sus brazos rodear mi cuerpo con firmeza.

En el mundo hay millones y millones de opciones, buenas y malas, tan posibles como imposibles. Pero para que todo sea como quieres que sea, para ser feliz, para ser amado o amada, solo hace falta una cosa, esa cosa que todos tenemos, pero que tememos sacar fuera. Esa cosa tan crucial es la valentía.

≈•Fin•≈

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