El hombre sonrió con sorna al escuchar la voz de Andrew, me apretó más contra su pecho mientras sonreía con aire arrogante. Me costaba ligeramente procesar qué era lo que pasaba con exactitud; quise empujar su pecho, pero volvió a pegarme contra él.
—¿Careces de entendimiento? —Dijo que lo soltaras. —Caminó a paso firme hacia el hombre y tomó mi brazo, tirando de mí hacia él con tanta fuerza que incluso dolió. Ahora me hallaba con el cuerpo estrechado al pecho amplio de Andrew. Levanté mi vista hacia arriba y este, sin mirarme, mantenía los ojos fijos sin mostrar intimidación ante la mirada cruda de los ojos oscuros. El rostro tan apacible que me había mostrado había sido sustituido por una mueca de desagrado; sin embargo, esa mueca no me la dirigía a mí.
—¿Qué sucede, Andrew? Pareces disgustado con la idea de que alguien más toque al nene. —¿Celoso? —El de ojos oscuros deja ver su mueca extasiada ante la efectividad de su burla.
—¡Oh! Alejandro, por favor. ¿Por qué iría yo a tener celos de ti? Esta belleza de aquí me pertenece de pies a cabeza. —Tomó mi rostro con sus manos, alzando mi mirada a la suya; sus labios se acercaron a los míos lentamente, al punto que sentía cómo su respiración se mezclaba con la mía. Aparté ligeramente el rostro, pero volvió a acercarme. Juntó nuestros labios y, por inercia, cerré los ojos con fuerza. Mordió mi labio y lancé un quejido de dolor al sentir sus labios apretarse en la suave carne de mi ahora hinchada y rojiza boca.
—Ya...—otro corto beso me interrumpió. Me encogí en su pecho sonrojado, completamente apenado de sus acciones sobre mí y mi sumiso comportamiento inconsciente. El de ojos oscuros se giró para irse y, al dar tres pasos, se volteó a verme. —Nos vemos, nene. Me guiñó un ojo y se perdió a la vuelta del pasillo mientras yo seguía intentando procesar la capacidad de acontecimientos tan poco normales.
—¿Quién demonios se cree que es? —El tono en su voz era ronco y tenso. Gesto que me causó aún más confusión. Una vez volvimos a entrar a la maldita oficina; carraspeé antes de llamar su atención.
—Andre. —Mi voz tiembla, y me maldigo internamente por mi desquiciado nerviosismo.
—¿Sí? —¿Qué sucede? —Evidentemente, su mirada fija en el ordenador no se aparta de ahí. Y me molesta su poco interés en el asunto.
—¿Te has molestado?
De todas formas, ¿A mí qué más me daba?
—No. ¿Debería? —¿Lo dices por eso de los celos que mencionó Alejandro? —me miró arqueando una ceja y una sonrisa burlona.
—No, no, yo solo creí que —¿Creíste qué, Max? Frunciendo el ceño, apreté los labios.
—Olvídalo. —Arrugué la nariz con disgusto, desviando la mirada. El sonido del cuero de la silla de Andrew llama mi atención, y observo cómo camina hasta plantarse firmemente frente a mí. —¿Q-qué? —dije encogiéndome nervioso mientras el cuerpo se me tensaba por la invasión a mi espacio personal. Entonces me condujo a su antojo. Estaba de espaldas sobre el sofá mientras ese —-he de admitir— sexy hombre estaba entre mis piernas sobre mí; sus fuertes brazos estaban a cada lado de mi cabeza, sujetando mis propias manos que intentaban zafarse ansiosas.
—El trabajo me tiene estresado. —Humedeció sus labios. —Me apetece jugar un poco
—dijo riendo pícaramente mientras se aflojaba la corbata.
—¿No acabas de comenzar? —dije forzando una sonrisa, tratando de evitar su mirada. Aquella mirada que me ponía los vellos de punta. Sacó su corbata y ató mis manos por sobre mi cabeza.
Se está volviendo costumbre esto de someter.
—Qué linda vista. —Sonrió de lado haciéndome sonrojar.
—Espera. —Me tembló la voz. Detuve sus movimientos apoyando mis manos atadas contra su pecho. —Estamos... En tu oficina...
—Recuerda que debes complacer mis deseos. No llegaré muy lejos, solo no pongas resistencia y no habrá problemas. —Susurró lo último en mi oído, causando que un escalofrío recorriera mi espina dorsal. Desabotonó mi chaqueta y acto seguido sacó la camisa de mis pantalones. Gemí en seco al sentir un roce cálido en mi entrepierna, despertándome. Colocó sus manos bajo mi camisa, y solo cerré fuertemente mis ojos. Noté que rio ante mi gesto. Sus manos acariciaron mi abdomen causándome cosquillas, luego subió lentamente hasta llegar a mi pecho. Me estremecí al sentir sus dedos rozar mis pezones.
—¡Ah! —solté un basto gemido mordiendo mi labio inferior; sus dedos acariciaban y pellizcaban esa zona que desconocía podía hacerme estremecer tanto.
—Quiero oír tus gemidos, príncipe. —Susurró eróticamente en mi oreja, mordiendo el lóbulo de esta. Su mano izquierda seguía acariciando mi pezón izquierdo, mientras que su mano derecha descendía hasta mi abdomen, luego hasta la hebilla del cinturón, la cual aflojó un poco. Su pulgar de la mano derecha comenzó a acariciar mi miembro levemente erecto, haciendo que este reaccionara a sus estímulos.
—Oye, oye... —Su boca me calló antes de que pudiera resistirme. No sabía qué hacer, cómo escapar, cómo hallar una forma de resistirme; solo contaba con los jadeos y sonoros gemidos que dejé de callar, como él indicó. Su pulgar comenzó a acariciar mi miembro ya erecto y húmedo que indicaba que sus caricias eran efectivas. Su pulgar hizo algo más de presión sobre mi erección. Apartó la mano y la llevó a mi pezón.
—¿Sabes? Quizás sí me molesta que toquen tu lindo cuerpo, príncipe.— Sus caderas embisten contra mí. Rozándose con descaro, haciéndome suspirar insatisfecho con el contacto. La forma en que se movía, haciendo alusión a lo que podría hacerme sin la estorbosa ropa, el morbo y temor porque de pronto la puerta se abriera, causaban a mi cuerpo afiebrarse y acelerarse. Gemí ronco cuando se apretó, presionando mi miembro, respirando en mi cuello, haciéndome retorcerme y culminar de forma ruidosa en un descarado orgasmo. Cierro los ojos y aprieto los labios con fuerza, recuperando el aliento.
—Requiero de tus atenciones aquí. —Le miré y posteriormente dirigí mis ojos hacia la evidente zona necesitada de atención, sin evitar sonrojarme. Se sentó en el sofá en el que estábamos, abriendo sus piernas y bajando la bragueta de su pantalón, liberando su miembro sin ninguna vergüenza.
—¿No pretenderás que yo...?—Ni siquiera me atreví a terminar la frase.
—¿No vas a complacerme? — rio maliciosamente ante mi gesto resignado. Tiró fuertemente de mi brazo haciéndome caer entre sus piernas, y ante mis ojos estaba su miembro siendo sostenido por sus largos dedos. Tomé con ambas manos su sexo y comencé a masturbarlo mientras mi rostro se volvía más y más rojo. Vi cómo se relamió los labios y acto seguido cerró los ojos, soltando un jadeo. Con mi lengua comencé a delinear desde la punta de su miembro, bajando por este hasta subir de nuevo, pasé mi lengua rodeando la enorme base de este y lo metí a mi boca, intentando hacer todas esas cosas que alguna vez quisiera que me hicieran a mí. No dejaba de ser un hombre, después de todo. Era torpemente inexperto. Tomarlo completamente con mi boca me era imposible, por lo que más que nada intentaba complacerle usando mis manos y escasamente mi lengua.
—Un poco más—gimió, ronco. Tomó mi cabello y comenzó a embestir sin cuidado mi boca. Los reflejos se hicieron presentes, llamando a mis lágrimas a caer; no podía respirar. Sus movimientos eran intensos, impidiéndome el oxígeno, follando mi boca con poderío hasta correrse, cosa que causó que me apartase con una mueca y mancharme la cara con su semilla.
—Mejorable, pero no malo —dijo mientras jadeaba para recuperar aire, al igual que yo. Ese aire arrogante me irritaba.
—Ah, bastardo —me quejé, limpiando mi rostro con la manga de mi camisa.
—Un bastardo que hace que te corras sin siquiera... — tapé su boca, furioso; sabía a qué se refería, no necesitaba que siguiera recordándomelo. Lastimaba el escaso orgullo de hombre que conservaba. Sobre todo debía agradecer que fue solo eso y no me tomó con el riesgo de que alguien entrara y nos encontrara en el acto. Me estremeció pensar que alguien podía encontrarnos mientras ese hermoso y peligroso sujeto me quitaba mi orgullo de hombre... o al menos (como lo mencioné) el poco orgullo que conservaba.
No, Max, contrólate. Ya no estás en la edad de las hormonas. No puedes pensar con la polla cuando la integridad de tu hombría está en juego...
¿REALMENTE SOY TAN FÁCIL?
ESTÁS LEYENDO
$ubasta
Romansa-Siempre me he considerado el objetivo de mira de las desgracias. Honestamente, hasta cierto punto llegué a tomarlas como algo normal en mi vida. Cuando creí que no podía ponerse peor, todo dio un salto, tornándose brusco y confuso. -Te presentaré a...
