Capitulo 19

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—Madre... —Padre —musité entre murmullos con voz quebradiza, admirando el brillo que aquellas rosas rojas destellaban, mientras mis ojos se asemejaban a un mar azulado y cristalino.

—Hola, suegro y suegra —salió de mi espalda Andrew, divertido, con claras intenciones de mejorar el ambiente melancólico que se había formado en aquel desolado lugar.

—Idiota —besó su mejilla con ternura, mientras admiraba cómo en sus labios se esbozaba una sonrisa regalona.

—Este es el hombre que amo —dije girando sobre mis talones para quedar frente a Andrew, quien mantenía una sonrisa de orgullo y amor hacia mí. Me gané de puntillas y, rodeando su cuello con mis brazos, le besé dulce e inocentemente aquellos sabrosos labios.

—Yo cuidaré bien de él — comentó con voz divertida. —Lo amo y no pienso dejarlo escapar . —Besó mi mejilla.

—Tonto —dije mientras soltaba una risita débil.

—Vamos a otro lugar. Siento curiosidad por si se mantiene como cuando era niño. Mientras caminábamos con Andrew a mis espaldas y yo con las flores de lavanda en mano, comencé a narrar.
—Cuando venía a ver a mis abuelos, siempre me llamó la atención una tumba en especial, ¿sabes? Era hermosa, de colores morados y siempre estaba rebosante en flores de lavanda; aun así, nunca logré ver a alguien colocando flores en ella... A un niño una vez, pero al acercarme, salió corriendo. Solté una risita boba al recordarlo.

—Ya veo... ¿Y cuál es? Luego de caminar unos minutos entre nichos y tumbas, unas hermosas y bien cuidadas y otras que se caían a pedazos y tapadas en malas yerbas, llegamos al destino.

Mientras yo caminaba los aproximadamente cinco pasos que faltaban, Andrew se quedó congelado tras de mí.

—¿Esto? — Escuché un susurro que por poco no pude haber oído; entonces pregunté.

¿Qué sucede?... Perdón, no oí. Al girar mi cuerpo, cuando ya había posicionado las lavandas, noté al desmoronado Andrew ante mí.
—¿Q-Q-qué sucede!? —pregunté alarmado cuando logré ver aquellos ojos azules inundados en lágrimas. —¡A-Andrew!? —volvía a repetir el llamado de su nombre al no recibir respuesta.

—M-Mi-madre. . — Sus ojos brillaban en soledad, tristeza, alegría y emoción. Unos sentimientos casi indescifrables.

—¿T-tu madre? —dije en voz baja. Claro, todo encajaba, por eso tenía la impresión de haber visto o escuchado antes el nombre Celline, la madre de Andrew. La esposa de Patrick Wittaker, el nombre de la famosa empresa en la que encare de frente a aquella basura de hombre y padre. —Aclárame algo. . —dije en tono sereno pero nervioso.

—D-díme —le escuchó, inseguro de sus propias palabras.

—A aquel niño... ¿El que se fue corriendo? — Andrew no levantó la vista; por el contrario, solo se agachó más.

—Me fui porque detesto que me vean llorar, odio que vean mi lado débil y vulnerable, odio que las personas finjan comprender mi dolor —dijo en un tono frío y dolido. Ciertamente, lo comprendía a la perfección, yo también pensaba eso, pero antes, hace mucho tiempo.

—Vale —me tapé los ojos con ambas manos, tomando coraje para lo que haría a continuación.


—P-puedes llorar todo lo que quieras. Yo solo escucharé y... Y no veré —sentí como sus manos cálidas rodeaban mis muñecas, apartando aquellas de mi rostro, dejando mi persona desconcertada, mi corazón latiendo a casi mil por minuto al ver su rostro.

—Si eres tú, eso no es importante —pensé que mi corazón se saldría de mi pecho al ver tal aspecto que este mantenía. Se veía vulnerable, frágil; sus ojos brillaban debido al color cristal de las lágrimas y al azul de estos que resaltaba con la claridad de la despejada luna. Había oscurecido de un momento a otro; ninguno de los dos lo habíamos notado. Solo permanecimos en aquella posición. Mis ojos clavados en su mirada azulina cristalizada, con mi corazón latiendo con fuerza, y él, él sosteniendo ambas de mis muñecas sin soltarlas, apresándome para que nunca me aleje de él. Pensando que de un momento a otro yo también sería preso de aquellas lágrimas escurridizas.

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