Capítulo 23

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En una semana más, Andrew y yo cumpliremos un año de noviazgo. Es increíble la pasadera del tiempo; solo una semana para nuestro aniversario de un año. Estoy tan jodida y asquerosamente emocionada. Soy comparable a una colegiala enamorada que no sabe qué regalarle a su novio.

Ahora que lo medito mejor, ¿qué le regalaría?

Hoy era uno de esos malditos días de lluvia en los que con suerte veías la calle a escasos centímetros de ti o tus pies.

Se preguntarán qué carajo hago en medio de una horrible lluvia con un paraguas que apenas me alcanza a proteger de la maldita lluvia.

El viento soplaba de aquí para allá, moviendo el paraguas para todos lados. A pesar de ser apenas las cuatro de la tarde, estaba oscuro por las horribles nubes negras en el cielo y la violenta lluvia que caía a cántaros, buscando un maldito regalo de tienda en tienda para Andrew.

Había recorrido casi toda la ciudad en busca de algo perfecto: librerías, tiendas de ropa, joyerías, etc., etc. Nada lograba complacer mi gusto; debía ser algo perfecto.

—¡Qué frío! —Murmuré para mí mismo mientras admiraba mi ropa completamente empapada, mojado de cabeza a pies gracias a un maldito taxi que terminó por empapar lo poco seco de ropa que me quedaba, cuando al parecer pasó con ira, pisando a fondo, empapándome con el agua sucia que se acumulaba al costado de la calle.

—Mi celular vibró brevemente en mi bolsillo, avisando un mensaje que seguramente sería de Sean. Luego de un par de meses, aún seguíamos en contacto, además de vernos constantemente en la grabación de la película, que por cierto llevó más tiempo de lo esperado. No me detuve a ver el mensaje y seguí mi marcha de tienda en tienda como hacía unos momentos.

De pronto, un automóvil se detuvo al costado de la calle, justo a mi lado; una de las puertas traseras frente a mí se abrió y un hombre de ojos azules y cabello oscuro puso sus fríos ojos sobre mí para claramente hablarme.

—¡Eh, muchacho, entra! —me dijo la voz ronca, esa horrible voz que conocía.

—No, gracias —me negué y seguí caminando, tratando de ignorar el carro que me seguía a una velocidad prudente a mí caminar.

—Pescarás un resfriado; además debemos hablar. —Me giré hacia el hombre y este me dedicó una sonrisa que hizo que todo mi cuerpo flaqueara.

—Okay, como sea. —Me metí al automóvil, sentándome junto a Patrick Wittaker, el horrible padre de Andrew. —¿Qué quiere hablar? —dije poniéndole fin a ese silencio incómodo.

—No seas impaciente, chico, espera a que lleguemos a casa. —Fruncí el ceño levemente; no estaba convencido de ir a su casa, y mucho menos me convencía la idea de estar a solas.

Aunque el silencio entre ambos fuese incómodo, realmente me aliviaba, pero eso no quería decir que me hallara asustado y nervioso porque fuese tal el interés repentino en mantener una conversación seria conmigo, si hace algunos meses me estaba amenazando de muerte.

Estaba tan absorto en mis pensamientos, tan lejos de la tierra, en quién sabe dónde, que ni siquiera noté en qué momento ya me hallaba sentado en un sofá tapizado de blanco dentro de (la que supongo yo) es su casa, la casa de Patrick Wittaker.

—Hey, ¿estás bien? La ya baja de la luna me trajo de vuelta a mis sentidos.

—¿Bien, qué es lo que quiere? —pregunté en un tono desinteresado. Patrick sonrió con malicia, arqueando una ceja. Dejó su cuerpo caer hacia atrás, relajándose sobre el sofá, para comenzar a hablar.

—Bien, seré directo. Como muchas veces te lo he dicho ya, te lo volveré a recalcar —hizo una pausa para tomar la copa de vino que había sobre la mesa, bebiendo un sorbo de esta. Cuando separó la copa de sus labios, pasó su lengua por ellos, humedeciendo estos y haciendo desaparecer los pequeños rastros rojizos de vino que habían quedado atrapados en sus labios. —Andrew es un chico muy trabajador, es humilde, aunque pareciera que su estatus lo es todo, es sensible, aunque tenga una coraza que le hace parecer fuerte, pero sobre todo, es mi hijo —sonrió nuevamente; su sonrisa cada vez me inquietaba más.

—¿Cuál es...? Antes de poder articular aquella oración, me interrumpió.

—Hace bastantes años, cuando su madre seguía con vida, hicimos un trato con la familia Clark. Cuando Andrew cumpliese los veinticinco y la chica los veintitrés, ambos contraerían matrimonio, pero ¿qué crees que pasó? — arqueó una ceja; mis músculos se tensaron. —Apareciste tú, desgraciadamente. Andrew evidentemente se niega a casarse con la hija de los Clark, pero no te la dejaré fácil; es tu última oportunidad de dejar a mi hijo en paz. —Parecía más relajado y malévolo de lo normal. Mis manos estaban hechas un puño a cada lado de mi cuerpo, apretando con la fuerza hasta poner mis nudillos en blanco. Me sentía mareado, asqueado por el hombre que Andrew tiene como padre, entonces, tras todos esos pensamientos y emociones que se revolvían en mi estómago. Exploté.

¿Acaso cree que por decirlo lo dejaré así como así!? Es su padre y, como tal, debería apoyarle. Las lágrimas se acumulaban en mis ojos.

—Yo quiero lo mejor para... —Le interrumpí de repente.

—Lo mejor para él, lo mejor para él —repetí mientras sonreía con satisfacción. —Si realmente fuese así, no se opondría a lo que él quiere. Dejemos claro que el único que puede pedirme que me aleje de su lado es Andrew; ¡no tengo por qué hacerle caso a un viejo amargado que, además de eso, es un bastardo homofóbico! —Su sonrisa desapareció; una mueca de disgusto tomó su lugar. Estaba temblando, no de miedo o por mis sollozos, si no que la ira me había consumido por completo. Mi rostro ardía por esta misma razón y mi cabeza pulsaba por, claro, lo mismo: la furia y ganas de abalanzarme sobre él y estrangularlo.

—La hija de los Clark vendrá en tres días; más te vale estar lejos, o asume las consecuencias. —Me guio a la salida; la lluvia había cesado y las nubes grises abandonaron el cielo. En vez de ellas, una enorme y redonda luna iluminaba mi noche. La noche que perseguiría para volver a casa, pensando en cada una de esas palabras. ¿Y si yo soy un mal para Andrew? ¿Y si yo soy el problema? Y si... ¿Me alejo de él y desaparezco de su vida?

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