≈•Alexander•≈
Era increíble ver cómo el paso del tiempo solo parecía afectarles a Max y A Andrew.
Max, como siempre, ocultaba su dolor a todos, pero cada noche podía oírle sollozar; sus lágrimas humedecían la almohada e incluso reprimía esa cantidad de gritos en nombre del que amaba, que ahogaba en agonía, en soledad y envuelto en la tristeza de las mantas de su cama.
Habían pasado tres meses desde aquel entonces, desde que Andrew fue un bastardo con el chico que amaba.
Y en este momento me hallo entrando a su oficina, que parece un maldito velorio.
—Eh, deja entrar la luz del día —dije mientras me dirigía a abrir las cortinas de la oficina.
—No las abras —se escuchó la voz de Andrew, salir débil y sin fuerzas; su voz estaba afónica, como si se la hubiese pasado esos tres meses gritando.
—Perdón, pero si no ves alguna luz que no sea la del ordenador, temo que terminarás convertido en zombi. —Abrí las cortinas e instantáneamente dirigí mis ojos a la persona que se hallaba recostada en el sofá de tapizado blanco; cubría sus ojos con su antebrazo y bajo este, sus mejillas se veían sonrosadas.
Le escuché carraspear, tratando de recuperar la sinfonía de su voz.
—Hermano, estás hecho un desastre —comenté, sentándome en uno de los sofás más pequeños, no muy lejos de Andrew. Este se incorporó tomando asiento en el mismo sofá que se hallaba, destapando así su rostro.
Sus ojos estaban rojos e hinchados, sus pómulos estaban rojos al igual que el resto de su cara.
—¿Qué? —dijo en un tono macabro cuando me pilló mirándolo tan detalladamente.
—Está hecho un asco —comenté de la nada, cerrando la boca automáticamente. —Lo siento —comenté en un susurro apenado cuando sus ojos me miraron con furia.
—¿Por qué llorando, eh?, ¿acaso, Mary? —Él fruncía el entrecejo mientras negaba con la cabeza, cabizbajo. —¿Entonces? —pregunté en un tono un tanto alentador. Ese tono que hace tanto no usaba con él, un tono que le inspiraba confianza, que supiera que, cuál fuese la respuesta, yo no me alejaría de su lado.
— Max-Max, ¿pero cómo? — Dijo aquel nombre no con repulsión, sino con dolor, como si solo con decir aquella palabra su garganta se desgarrara, provocándole un dolor inmejorable y que cada vez empeoraría más.
— Espera... No fuiste tú el que dijo... —De pronto me ha interrumpido haciéndome sobresaltar.
—¡Sé lo que dije! —dijo mientras apretaba con furia sus rodillas, aun sin alzar la cabeza, con la vista fija en sus pies, como si estos fuesen a escapar si les quitaba los ojos de encima. —Yo realmente no lo usé, Alex... —Yo no lo usé —y entonces estalló en llanto. Me era imposible no tener ganas de llorar con él; a Andrew se le ha visto solo una vez así, sufriendo por amor, llorando irracionalmente. —Yo lo amo, pero... Sí está a mi lado... Si le pasara algo por culpa mía... —Su voz sonaba entrecortada, su respiración estaba agitada y su cara roja y húmeda por no dejar de llorar.
—Estate tranquilo —le dije mientras extendía mis brazos en un intento por atraparlo y calmar sus sollozos.
Aceptó mi abrazo abrasando con dolor mi espalda; el verlo así me oprimía el pecho, me angustiaba qué sería capaz de hacer.
—No quiero casarme con ella... —Parecía un niño pequeño llorando por perder un juguete.
—Alex, no quiero —lloraba, humedeciendo mi chaqueta negra; sentía sus cálidas lágrimas de dolor caer sobre mí, mientras no podía hacer nada más que aconsejarle o prestarle un hombro fuerte en el cual llorar.
—Pues no lo hagas. Max te ama, aún lo hace, llora cada vez que te recuerda... — Aunque es un orgulloso al no querer admitirlo, así es —comento con una sonrisa alentadora mientras le separo la cabeza de mi pecho, apoyando mis manos en sus hombros. Sus profundos ojos azules llenos de dolor miraron fijos a los míos, penetrando sin permiso alguno en ellos.
—No puedo. Todo está... —Hizo una pausa como si lo que viniese a continuación le provocara asco.
Es la próxima semana... Durante la fecha del 10 de este mes —dijo, dolido, y lo comprendía.
Debía pasar el resto de sus días y entregarle su felicidad a alguien a quien no amaba.
—Ya veo... —Como pasa el tiempo, ¿eh? —comenté lo último en un murmullo poco audible. Me sentía fatal por Andrew, y no sabía qué vendría después de esto: ¿qué pasará con Max, qué pasará con Andrew?
—Lo único que me daría fuerzas en ese momento... Sería que estuvieses ahí... —Como mi padrino —comentó, haciéndome sonreír bobamente; mis ojos se cerraron mientras suspiraba profundo.
—Lo haré, estaré ahí, hermano. —Él sonrió en una mueca que más de felicidad, parecía de dolor.
***
≈•Mike•≈
Dos días antes de la boda, a la que Alexander no quería asistir solo, me hallaba corriendo por las calles rumbo al departamento como alma que lleva el diablo.
La invitación llegaba hoy y debía recibirla antes de que la leyera Max. Pero soy tan idiota que lo olvidé por completo.
Al llegar a la entrada del departamento y dirigirme al ascensor, este iba hacia arriba, así que opté por las escaleras.
La puerta del departamento está entreabierta, cosa que me sorprendió.
—¡Max! — exclamé al verle pocos pasos lejos de la puerta y con el trozo de papel en sus manos.
La observaba con detenimiento mientras Nathan se escuchaba en la cocina.
Su mueca era de dolor, desesperación y nuevamente dolor. Comprendía ese sentimiento de traición.
Se ha girado a verme con los ojos empapados en lágrimas y ha dicho.
—Enhorabuena— ha dejado la carta sobre la mesita del recibidor y se ha ido a su habitación con Nathan moviendo la cola con cara de asustado detrás de él.
≈•≈
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$ubasta
Romansa-Siempre me he considerado el objetivo de mira de las desgracias. Honestamente, hasta cierto punto llegué a tomarlas como algo normal en mi vida. Cuando creí que no podía ponerse peor, todo dio un salto, tornándose brusco y confuso. -Te presentaré a...
