Y él se va

723 67 3
                                        

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Suelto la mano de Adam y cruzo mis brazos apretándolos todo lo que puedo, estoy aguantándome unas ganas inhumanas de pegarle una cachetada a mi padre. Pero no le daré el gusto, mi madre me educó bien como para saber que siempre hay que respetar a los seres que nos dieron la vida, sin importar que este sea una porquería total.

— ¿Tu qué haces aquí? —pregunto con rabia, es imposible negar mi cambio de humor—. Ni respondas, que no me importa.

No dejo que responda, camino dentro de la casa chocándolo con mi cuerpo lo más bruscamente posible. No conozco en nada esta casa, pero prefiero perderme en ella antes que mirar un segundo más a mi padre.

— ¡Mamá! —grito buscándola.

Y me detengo un momento, empiezo a observar detenidamente la casa y me sorprendo. Es demasiado espaciosa, organizada, lujosa. Es hasta mejor que la casa de Sebastian. No me cabe en la mente como Rita es la dueña de esto, si esta casa parece un palacio.

Siento una mano agarrar la mía y pego un saltito de la sorpresa, estaba demasiado concentrada guardando todo este lugar en mi mente. Volteo rápidamente y me encuentro con la hermosa sonrisa de Adam, se ve tan hermoso que todavía no me creo que sea mi novio. Adam ha cambiado tanto, y no solo en su manera de comportarse, sino físicamente.

—Es hermosa verdad —susurra.

Asiento y deseo responderle, pero un ruido llama mi atención, así que corro hacia él. Sin darme cuenta entro en una espaciosa cocina de color negro con toques en blanco. Miro a un lado y al otro, observo dos neveras color negro gigantes, una estufa con horno integrado, todo rodeado por mesones rústicos de color negro, es un poco rara la combinación, pero queda espectacular. Ademas de que hay muchos aparatos electrodomésticos de alta gama. Batidoras, licuadoras, y muchas otras cosas que no sé ni para que sirven.

Mi madre se detiene al igual que Rita y ambas me miran con una sonrisa.

—Hola hija, no te habíamos escuchado —dice mi madre mientras se acerca a abrazarme.

Yo la rodeo con mis brazos y me alejo un poco. Sin querer pregunto lo que no quiero.

— ¿Qué hacia ese hombre acá? —mi tono cambia repentinamente.

—Solo venía a darnos noticias —mi madre me recoge delicadamente un mechón que tengo en la cara y me lo coloca detrás de la oreja—. Y no te refieras a él de ese modo Lena, sigue siendo tu padre.

—No por elección, créeme.

Mi madre lanza un suspiro cansado y se devuelve a la cocina a ayudar a Rita.

—Lena, siempre me ha gustado mantener los problemas de tu padre y yo por aparte de ustedes, por eso no quería que se enteraran de nada —sigue cortando vegetales sin levantar el rostro para verme—. No puedo juzgar las acciones de tu padre, aunque me duelan, tú deberías hacer lo mismo hija.

No quiero perderteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora