Efímero

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Dícese de aquello que dura por un periodo muy corto de tiempo.

22-12-2007

¨En 1952...hace ya muchos años, en un municipio de la provincia de Barcelona conocida como Tarrasa, abrió las puertas un gran complejo hospitalario.

El lugar estaba destinado a albergar pacientes con enfermedades respiratorias, los casos más populares que se encontraban a diario fueron la tuberculosis, el cáncer de pulmón, la tos ferina y la fibrosis pulmonar. Pero que este hospital se abriera justo en ese punto de España no fue algo fortuito.

El pequeño pueblo donde se ubicaba el edificio destacaba por sus favorables condiciones climáticas: temperaturas suaves durante todo el año, precipitaciones abundantes, gran cantidad de fauna y nulo movimiento de aire .

Era el lugar ideal para que estos pacientes pudieran recuperarse y llevar una vida lo mas normal posible, o eso pensaban ellos.

En 1972 y acomodándose a la situación general española, la gerencia de esta institución cambio por completo, despidiendo al personal con el que comenzaron el proyecto y contratando a un nuevo equipo de profesionales altamente cualificados y preparados para tratar este tipo de enfermedades. El hospital del tórax fue pionero contra la lucha de la tuberculosis utilizando métodos novedosos, modernos y de total actualidad.

El 25 de diciembre de 1986 el último interno fue dado de alta, dejando las instalaciones totalmente solitarias. Pocos meses más tardes se ordeno su cierre, dejando únicamente una zona abierta en la parte más baja del edificio, el ala destinada a atender a discapacitados psíquicos.

Pero lo mas preocupante de esta historia es que el Tórax tuvo el índice más alto de suicidios en toda la península. Las malas lenguas o los vecinos mas cotillas del pueblo siguen contando a día de hoy que los enfermos se lanzaban desde la novena planta hacia el patio central, cubierto por todo tipo de malezas y hierbas que lo convertían en la mismísima imagen de una selva del Amazonas. La histeria colectiva de los enfermos venia dada por su desconocimiento en el ámbito de la medicina y su preocupación por no tener una pronta recuperación, como los meses pasaban y ellos no se curaban decidían acabar rápidamente con su vida.

O eso decían.

Muchos fueron los curiosos que se acercaron al hospital después de oír las primeras historias, ellos mismos aseguran que desde la calle se escuchaban voces, pasos lentos, abrir y cerrar de ventanas y puertas, gritos ahogados, luces que se encienden y apagan solas y aullidos de dolor mendigando ayuda.

¿Sabéis que esto no termina aquí no?

Hubo un relato en concreto que me contaron no hace mucho, que casi consigue hacerme llorar. Sucedió en octubre de 1985 dos niñas de pelo castaño ingresaron por dolencias dispares. El médico les hizo un reconocimiento exhaustivo y detecto en ambas una pulmonía difícil de curar, deberían quedarse en aislamiento durante unas cuantas semanas.

Las niñas acongojadas pronto se hicieron amigas, más que amigas inseparables, allá donde iba una, la otra la seguía.

Todos los empleados se volcaron en el cuidado de las dos pequeñas, eran la alegría del hospital y disfrutaban viéndolas corretear e iluminar todo a su paso, como si fueran dos angelitos caídos del cielo.

Marina y Tatiana convirtieron la planta de hospital donde vivían con otros enfermos en su lugar de juego, pero la falta de luz natural y los pocos estímulos externos que recibían consiguió enloquecerlas. Sus ojeras se pronunciaban cada día más, su espalda comenzó a encorvarse y cuando andaban lo hacían arrastrando los pies. Comenzaron a hablar en un idioma que únicamente ellas entendían.

Incandescente Donde viven las historias. Descúbrelo ahora