Origen

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Dícese del fenómeno o hecho que es el principio, causa o motivo de otro fenómeno o hecho.

Aitana se despierta completamente transpirada, su pijama de invierno se he pegado a su espalda creándole una sensación extraña, se siente asquerosa y necesita urgentemente una larga ducha.

O tal vez le vendría bien seguir durmiendo, un rato más.

No sabe que hora es pero cree que aun debe ser muy temprano por la ligereza de los rayos de sol que se cuelan a través de la persiana y que ni siquiera le molesta.

Sigue doliéndole la cabeza pero por suerte en la mesilla se encuentra un vaso de agua fresca junto a un par de pastillas. Se las traga partiéndola en varios pedazos, para poder recoger con algo de premura su pelo sudado en un moño mal hecho.

Se gira para observar el otro lado de la cama. Está vacío aunque las sábanas están arrugadas.

Aitana emite un sonido en voz baja que podría pasar perfectamente por un quejido que a punto está de convertirse en un llanto irrefrenable.

Era plenamente consciente de sus actos la noche anterior, cuando tiró de la mano de Cepeda para que se recostara junto a ella en aquel colchón, que no había compartido con nadie que no fuera Amaia. No fue un episodio aislado a causa de la fiebre, no. Lo necesitaba cerca para calmarse y poder conciliar el sueño.

Cuando no levantaba ni medio palmo del suelo, la barriga solía torturarla por culpa de los malditos nervios que siempre la consumían ante situaciones desconocidas para ella. Luis acostumbraba a prepararle una taza hirviente, llena de manzanilla con limón. También habituaba a acercar su pequeño cuerpo contra su propio pecho, proporcionándole con las manos caricias suaves en la espalda hasta que ella quedara plenamente dormida y relajada.

Ayer volvió a sentirse como aquella niña que lo único que quería era esconderse en esos brazos que tantas veces habían conseguido apaciguarla.

Si alguien pregunta por lo que ha ocurrido durante esa madrugada, piensa negarlo en rotundo y culpar a los típicos desvaríos de una otitis aguda que apenas la dejaba y deja pensar con claridad.

No se arrepiente de nada, porque gracias a su valentía momentánea, logró dormir del tirón unas cuantas horas. Por eso lo hizo, por eso atrapo con fuerza el filo de su jersey verde para que no volviera a abandonarla en mitad de la noche.

Está claro que debió agarrarse con más fuerza.

Teme ponerse de pies y caer sobre la alfombra de pelo, aun no está segura de haber recuperado la fuerza para caminar sin ayuda y él ya no se encuentra ahí para poder levantarla.

Rebusca entre las cajas de la mudanza una sudadera corta y un pantalón de chándal que la acompañen durante todo el día, piensa dejar de lado todas aquellas citas a las que tenia que asistir y dedicarse a descansar.

Escucha un ruido que proviene del salón, y respira aliviada de que no se haya marchado.

Conduce a sus pies cubiertos por unos calcetines de lana hasta el exterior de su cuarto y se lo encuentra sobre el sofá con una manta sobre las rodillas y el rostro enterrado entre sus propias manos. En la mesa de café que decora el centro del salón percibe una fotografía donde Amaia y ella salen junto a Noemí.

-Buenos días – saluda ella sobresaltando al gallego.

-Buenos días – responde con la voz más rugosa que de costumbre- ¿Qué haces despierta? Todavía es temprano.

-Podría preguntarte lo mismo -sentencia ella tomando asiento en la otra punta del sofá y tirando de la manta que pasa a cubrir también sus piernas- ¿Has dormido bien?

Incandescente Donde viven las historias. Descúbrelo ahora