Capítulo XXXVII

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Lucas no se separó de mí en ningún momento desde que llegamos a la clínica. Me tomaron tres puntos en mi hombro izquierdo. Su forma tan sigilosa de actuar, de estudiar cada detalle me hace pensar que tiene algo, que está lo suficientemente nervioso y preocupado para tomar esa postura. Que planea algo.

Ese mismo día me dan de alta en la clínica. No fue nada grave, solo algunos golpes y las tres puntadas, para mí no fue nada. Quizá porque lo comparaba con lo que paso con aquellos chicos que entraron a mi casa y esa vez sí que casi muero. Pero Lucas no parecía verlo de la misma manera.

Cuando me llevo a casa me dejo en la puerta principal de esta y se dio vuelta para volver al auto donde lo espera Bruce.

— ¿Entonces no pasaras? —Le pregunto, parada en el marco de la puerta. Se vuelve hacia mí con lentitud y puedo ver algo oscuro en sus ojos. Algo lo atormenta.

— ¿Tú quieres que pase? —Cuestiona.

—Por supuesto que quiero que lo hagas. —Le aseguro. Entonces, me hago hacia un lado y le señalo levemente con una de mis manos el interior de mi casa.

Un poco dudoso y con esa tortura en sus ojos, con una caminata un poco lenta, se adentra. No me mira cuando pasa a mi lado. Y eso me dolió. Cierro la puerta detrás de mí e inhalo con todas mis fuerzas. Ojala no diga lo que creo que va a decir, ojala no sea eso que creo que es.

— ¿Quieres algo de tomar? —Pregunto.

—No. —Fue tan cortante y déspota su respuesta, que sentí que este no era mi Lucas, sino el Lucas que conocí cuando entre a trabajar a su empresa como mensajera.

— ¿Qué está mal? —Apenas susurre.

— ¿De verdad no lo sabes? Necesito que te sinceres conmigo. —No entendía absolutamente nada.

— ¿Sobre qué necesitas que me sincere contigo? —Por alguna razón, ya sentía esa pequeña molestia en mi garganta que no me permite hablar correctamente.

—Entenderé si ya no quieres casarte conmigo. —Quede fría, congelada en mi lugar y mis manos se empuñan con fuerza. La delgada capa de lágrimas sin derramar en mis ojos no me hacía verlo con claridad y tragar se me dificulto.

— ¿Qué carajos dices, Lucas? — Por alguna razón, ahora tengo mucha rabia. Al observarme, algo en sus ojos cambia; entonces, el miedo se apodera de ellos. —. De acuerdo, si quieres acabar todo... lo entenderé. Pero no seas lo suficientemente cobarde para decir que soy yo la que no quiere —Trata de acercarse, perturbado, pero lo detengo levantando una de mis manos —. ¿Por qué haces todo esto? Es que acaso... ¿Es que acaso ver a la hermana de Daniela te recordó lo que la querías? ¿Qué no la has podido superar?

—No. —Afianzo reacio. Sus ojos están llenos de lágrimas sin derramar, y respira con dificultad. —. Por supuesto que no es eso.

—Entonces que carajos. ¿Por qué te empeñas en hacer las cosas difíciles? Solo alguien que no quiera estar contigo pone tantos peros...

— ¡Es por tu seguridad, Nadia! —Alza la voz.

—Mi seguridad está a cargo de dos personas que tú pusiste a mi disposición. ¡Por si no lo recuerdas!

—Eso no valió de nada. Cortaron tu hombro, ¿Y si no hubiese sido ahí? ¿Y si hubiese sido en otra parte? Todo lo que paso de alguna forma me involucra a mí.

—Y has estado allí para apoyarme. De eso se trata.

—No puedes pagar por todos mis errores. —Ya había perdido toda la paciencia.

—Como quieras, entonces sácame de tu vida y así ya no pagare por tus errores. —Unas estúpidas lágrimas traicioneras recorren mi rostro.

Me vuelvo y subo las escalaras para llegar a mi habitación, puedo notar que me sigue pero no presto atención y cierro la puerta detrás de mí. Justo en su cara.

—Abre, Nadia. —Pide, tocando la puerta.

—Necesito que te vayas, ahora no quiero hablar contigo. —Pido. Recostada a la puerta.

—De acuerdo. —Susurra. Y algo en mi estómago se retuerce con fuerza. Sentí sus pasos alejarse, y sentí como se iba con todas mis fuerzas.



(...)



No me había dado cuenta a qué hora me había quedado dormida, pero desperté con un dolor de cabeza muy grave. Gemí colocando una mano en ella.

—Nadia, el desayuno está listo. —Anuncia mamá tocando levemente la puerta.

—De acuerdo, mamá. Ya bajo. —Debido a lo sucedido ayer, me han dado dos días de reposo. Días que yo pedí, porque iban a darme más, pero me negué. Ya no puedo estar sin hacer nada.

Tomo un baño largo y lavo mi cabello, necesito ir al hospital a que limpien mi herida. No tengo ganas de absolutamente nada, ni siquiera tengo hambre.

Tomo unos vaqueros sencillos a la altura de la cintura, una camiseta blanca de mangas, quimono y tenis. Necesitaba pedirle a mamá que me acompañe al hospital.

Observo en mi mano izquierda el anillo de compromiso que me ha entregado Lucas. ¿Qué va a pasar ahora? Le pedí mil veces a Dios para que no cayera en ese hueco que estaba cuando lo conocí. No podría soportarlo, no de nuevo, sus rechazos, sus secretos, su tira y encoje. No podría volver a pasar por eso.

Niego y salgo de la habitación, antes de caminar pasillo abajo seco las lágrimas traicioneras que me han abandonado y tomo una respiración profunda. Ya basta de esto...

Un gritico ahogado sale de mis labios cuando me vuelvo y veo a Lucas, tan imponente, tan intimidante, tan seguro de sí mismo, con esos ojos tan hermosos caminando hacia mí.

Di un paso hacia atrás y quede recostada a la puerta de mi habitación. Se detienen a cinco centímetros de mí y me observa por unos segundos que se me hace eternos. Su mandíbula esta apretada, pero sus ojos están afligidos, tristes...

Abre la puerta detrás de mí, la de mi habitación, se aparta un poco y me señala con su mano derecha para que entre, pero no lo hago.

—Necesito hablarte. Entremos. —No parecía haber dormido ni un poco y eso me preocupo más de lo que me gustaría admitir. —. Entremos, Nadia. —Para ese momento sus ojos están lo suficientemente llenos de lágrimas para saber que algo malo viene a continuación.

(...)

¡Hola! Dios santo siento demorar demasiado. Diciembre me mantuvo muy ocupada pero gracias a Dios me regalo algo muy lindo y que me mantiene más tranquila.

Me han otorgado la nacionalidad colombiana.

Estoy tan feliz y más tranquila.

De acuerdo, no me extenderé demasiado. ¡Gracias por seguir conmigo! Les tengo un cariño enorme niñas.

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¡Ah, sí!

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