Ninguna de las golpizas que le había dado, había sido tan brutal como esa.
Sus nalgas y piernas estaban rojas e incluso tenían varias cortadas.
Estaba tirado en el suelo, temblando, su cara estaba pegada al piso.
Tenía los dientes manchados de sangre, técnicamente lo había usado como saco de boxeo y cuando la cuerda se rompió por el movimiento tan brusco en uno de sus golpes, no se detuvo, siguió golpeándolo en el suelo, lo azoto con su cinturón hasta abrir su piel, ahora su cuerpo tenía manchas rojas y amarillas.
Solo escuchaba el recurrente zumbido y la voz jadeante de su violento secuestrador ‒te iras a la zona de castigo‒ el zumbido paro.
La zona de castigo era un lugar oscuro y estrecho debajo de la cama, una especie de cajón. Se lo enseño al segundo día de estar ahí, cuando no quería "comer".
Lo arrastro por el pasillo solo con sus pantis puestos, podía ver el sol a través de las ventanas, que anunciaba la mañana y una estela de colores suaves inundaba el cielo, en la espera de un nuevo día. Las personas que iban pasando por ahí, solo veían al maltratado joven y las laceraciones en su cuerpo. Nadie dijo nada, ni lo detuvieron, solo se limitaron a hacerse a un lado y no interferir, ser solo espectadores.
Se escuchó un ruido fuerte, la puerta del cuarto del jefe, había sido cerrada.
‒Escúchame...‒ Jade estaba desesperado, seguía peleando, no quería entrar ahí ‒ ¡Escúchame!‒ se quedó quieto, nunca le había gritado, sí, le había hablado con voz firme pero nunca le grito, hasta ese día.
Lo tomo con fuerza de las mejillas y lo puso a la altura de su cara, Jade ni siquiera podía tocar el piso con los dedos por lo que, esa posición era dolorosa ‒te vas a quedar adentro, no sé cuántos días, un día, una semana... Tal vez nunca abra, porque tú, maldita sabandija, te atreviste a desobedecerme‒ abro la caja y su cuerpo azoto contra él.
Intentaba salir de forma desesperada, sus brazos peleaban contra Luka con desesperación ‒no... no quiero, déjame salir‒ tomo sus muñecas en una sola mano y golpeo su estómago con la otra, dejándolo quieto por la falta de aire. Tiempo suficiente como para empujar el cajón y cerrarlo con llave.
El área de castigo era un cajón demasiado pequeño, que imposibilitaba la libertad de movimiento, solo le daba espacio para girar y continuar en posición fetal, con la espalda pegada a la pared y las rodillas flexionadas todo el tiempo, doloroso e inhumano.
Una vez que escucho el sonido de la llave, sabía que por más que empujara nunca podría salir de ahí.
Sus pequeños sollozos se transformaron el llanto, y luego, en gritos.
Luka se acostó a descansar, después de una madrugada agotadora, ese día no iría al trabajo, toda la casa estaba en un perpetuo silencio, incomodo... salvo esos alaridos que salían debajo de él, tres golpes secos fueron suficientes para asustarlo. Pero sus palabras fueron peores.
‒Si no te callas voy a dejar que los perros te maten, lo juro‒ nunca lo había amenazado de muerta, sabía que cumpliría así que durante la noche no se escuchó ningún ruido.
Al día siguiente Elli se presentó de costumbre a trabajar y Luka ya la esperaba en el recibidor ‒no podrás verlo hasta siguiente aviso‒ la mujer se sorprendió, no entendía que pasaba y algo le decía que Jade no estaba bien ‒ ¿está seguro?‒ el hombre la tomo del hombro para guiarla hasta la salida ‒se te pagaran los días, pero solo podrás volver hasta nuevo aviso‒.
ESTÁS LEYENDO
Llorar y seguir llorando.
Teen FictionJade era hijo de un empresario, un buen hombre que siempre trataba de darle lo mejor a su familia. Pero la deuda lo alcanzo. Opto por vender a su hijo, su tesoro, con tal de salvar su cuello. Luka tenía un plan, había salvado a Jade, sabía que el c...
