Soliloquio (2020)

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En la ciudad de la eterna primavera
soy una flor que germinó marchita.
Mi tallo se ha secado, no tengo más que un pétalo,
los demás se hicieron polvo cuando sopló el viento.

Sin otra opción mas que flotar y caer de nuevo,
siendo arrastrado por los valles de lo efímero,
encontrando ilusiones que serán algo pasajero,
y regresando al mismo lugar donde me confino.

Debo rehabilitarme y apartar de mí este vicio,
optar por ser feliz, porque sé que lo necesito.
Pero sigo cayendo en este malestar bendito,
porque si no fuera por eso, nada de esto hubiera escrito.

Con resignación consiento que me calcine la tristeza,
para hacer de mis cenizas una tétrica obra maestra.
La desventura quita ambiciones pero premia mi descontento;
en el peor de los momentos escribo mis mejores versos.

Profunda es mi mirada como el averno mismo,
mis ojeras son el velo de la pena que suscito.
No siento vértigo al borde del precipicio,
no me preocupa caer, he perdido miedo al vacío.

Mis dedos son toscos, como burdas mis caricias,
tan ásperas mis manos, mis manos que son tan frías.
Mis ojos tan cansados que me cuesta abrirlos,
mis ojos melancólicos como la vida de un mendigo.

La conciencia me pesa, los párpados igual,
me derramo en mi cama, mas no logro descansar.
No recuerdo si esta sensación alguna vez fue extraña,
cuando mi mente se mantenía impoluta; sin manchas.

Un destello de esperanza me fulminó la visión,
y esa ceguera momentánea me costó más de un tropezón.
El arrepentimiento es la condena de quienes no logran la redención,
las memorias son torturas; alfileres en el corazón.

Me lo arrancaré del pecho y daré de comer al perro hambriento,
esperando que mi sangre no sea un cóctel de veneno.
Conductas destructivas me dejaron pocas opciones,
algunas canciones de amor y un repertorio de lamentaciones.

Vínculos se rompen por palabras impías
que salen de los labios de una que otra arpía.
Me llenan de dolor a la vez que van dejando mi alma vacía,
con malestar agobiante y desprecio por mi vida.

Destilo pena, mi melancolía no cesa,
se desborda como río que sobrepasa una represa.
Por más que luche, mi mente en la nostalgia sigue inmersa,
la corriente es fuerte y me arrastra a la tristeza.

No busco llenar ningún espacio,
aunque me haga falta compartir mi mesa.
He preferido ser precavido y andar despacio,
porque nadie merece aguantar una tempestad ajena.

Frágil como una hoja en el otoño,
así se ha vuelto mi espíritu con los años,
la ansiedad es un lobo
y yo la oveja que abandonó rebaño.

Poesía BastardaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora