Capítulo 2: El Jardín de los Recuerdos

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Un encuentro que prometió ser trivial... y no lo fue para nada.

Me encerré en mi habitación durante tres días

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Me encerré en mi habitación durante tres días.

Las imágenes se repetían en un bucle interminable cada vez que cerraba los ojos: el destello azulado, el crujido sordo, el olor a carne chamuscada, el señor Tanaka desplomándose. Y luego el callejón. Las manos alrededor de mi cuello. La mirada plateada y sin alma de mi agresor. El hombre de pelo blanco que surgió de las sombras. Era demasiado.

El mundo allá afuera era ahora un lugar donde esas cosas podían pasar. Donde podían matarte en una floristería y estrangularte en un callejón a plena luz del día. Y yo lo había visto. Lo había vivido. Y no podía contárselo a nadie.

Mi abuela golpeó la puerta el segundo día.

—¡Scarlett Parra, sal de ahí! ¡Me está asustando!

—¡Déjeme en paz! —grité desde el otro lado, con la voz ronca por desuso—. ¡Estoy enferma! ¡Gripe!

—¡Te voy a dar gripe a ti con una chancla! ¡Abre esta puerta o la echo abajo!

—¡No! ¡Por favor!

Oí su suspiro de frustración al otro lado de la madera.

—Te traeré algo de comer. Y tienes que avisarle a la universidad. No puedes faltar así.

Cuando se fue, agarré el celular con manos temblorosas. Le tecleé a Héctor.

Scarlett: Emergencia nivel apocalipsis. Diles en la uni que tuve fiebre tifoidea o algo muy contagioso. Lo que sea. POR FAVOR.

Héctor: ¿Tifoidea? ¿En serio? Joder, Scar, ¿qué pasó?

Scarlett: No puedo decirlo por mensaje. Solo hazlo.

Héctor: Bueno... pero me debes una. La más grande de tu vida.

Al tercer día, mi abuela ya no amenazaba. Se limitó a dejar la bandeja con comida fría frente a mi puerta. La recogía cuando aseguraba que estaba dormida. Ese día, sin embargo, se quedó ahí afuera.

—Scarlett —dijo su voz, más suave de lo usual—. Pasó algo. Algo malo.

Me acerqué a la puerta, apoyando la frente en la madera fría.

—¿Qué? —murmuré.

—El señor Tanaka... de la floristería. Unos ladrones... lo mataron.

El aire se me escapó de los pulmones. Aunque lo sabía, oírlo confirmado fue como recibir otro golpe.

—La policía está investigando —continuó ella—. Pero dicen que... que se robaron las cámaras de seguridad. Que no hay videos. Nada.

Un sollozo seco me sacudió. Ahí estaba. La verdad, podrida y retorcida. Yo era la única testigo. Y mi testimonio valía menos que nada. ¿Qué iba a decir? "Sí, oficial, vi a un hombre lanzar rayos por los dedos. Luego casi me estrangulan, pero me salvó un samurái con cara de gato". Con mi historial, me encerrarían en un manicomio antes de terminar la frase.

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora