Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Nunca supe cómo había logrado llegar a mi trabajo de medio tiempo sin matar a alguien en el proceso. En todo el trayecto me pasé bostezando y con los ojos a medio cerrar, muerta de sueño, sin contar el dolor de cabeza que me taladraba las sienes. Ni siquiera los rayos del sol que siempre me animaban pudieron ayudarme hoy.
Maniobré por lo que parecía el peor estacionamiento alguna vez construido hasta aparcar mi vehículo entre las líneas imaginarias que me correspondían, intentando mantenerme alerta para no rayar ningún otro carro. Me pasé la lengua por los labios resecos. Mi mañana había comenzado bastante caótica con la visita del detective Cabrera; no iba a colaborar en nada que tuviera que ver con el amigo de mi hermano. Lo odiaba con todas mis fuerzas.
Acepté ese trabajo porque en ese asilo utilizaban una metodología de cuidados paliativos que me pareció muy interesante. Además, me permitían aplicar algunas medicinas de las plantas que no fueran tan abrasivas ni dañinas para los pacientes. También interactué con varios doctores, observando cómo efectuaban los protocolos sanitarios.
—Parece que alguien tuvo una noche loca —dijo Paola nada más verme.
Paola era una enfermera que tenía más de seis años trabajando para el centro. No éramos íntimas amigas, sin embargo, nos llevábamos bien.
—No es nada de lo que piensas —aclaré mientras guardaba mi mochila detrás del mostrador—. Solo tuve una mala noche.
—¿Alucinaciones? —quiso saber Paola mientras colocaba unas anotaciones en el registro de uno de los pacientes.
—No, pero me hubiera gustado que fuese eso.
—¿Tan mal te fue? —preguntó Paola alzando las dos cejas con una expresión confundida en su rostro.
—Solo necesito descansar, es todo —le respondí mientras me acomodaba los guantes que me ayudaban a no quemar nada que tocara.
Paola me informó que debía atender a la enferma de origen ruso, la señora Margarita, que había amanecido de muy mal humor, algo común si me lo preguntaran a mí. Distraída por el cansancio, atendí lo mejor que pude a mi gruñona paciente, que no dejó de refunfuñar y quejarse del personal. Solo se calmó cuando los sedantes le hicieron efecto. Acondicioné la habitación para que la señora Margarita estuviera lo más relajada posible y así aprovechar y dormir por unos pocos minutos; no era habitual que me trasnochara.
—Sé que no es ético lo que te voy a pedir, pero necesito dormir por lo menos unos quince minutos —le informé a Paola cuando entró a la habitación para comprobar que todo estuviera en orden.
—No te preocupes, Rosanna me ayudará con los demás —su cálida sonrisa le llegó hasta sus ojos—. Pero no te vayas a exceder.
Corrí un poco las cortinas y me acomodé en el sillón, no sin antes chequear los signos vitales de mi paciente. Estaba tan cansada que, al momento de cerrar mis párpados, me dormí de inmediato.