Capítulo 11: Danza de Máscaras y Verdades

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En este baile, todos llevan puesta una máscara. Incluyéndome a mí.

El antiséptico en el algodón ardía sobre la piel lacerada de Ryo, haciendo que se estremeciera

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El antiséptico en el algodón ardía sobre la piel lacerada de Ryo, haciendo que se estremeciera. Yo también sentía ese ardor, pero por dentro. Cada rasguño que le limpiaba era un recordatorio de las fauces de esa... esa cosa.

—¡Usted nos envió a una misión suicida! —le reproché a Asumi, y mi voz sonó ronca, cargada de una furia que apenas podía contener.

—En realidad, desconozco la causa de la transformación de su amigo —respondió Asumi, ignorando mi acusación principal con una calma que me sacaba de quicio—. Sin embargo, no fallé al predecir que él les sería de mucha ayuda. —Su mirada se deslizó hacia mis manos, que temblaban levemente—. Debe ser más rápida, señorita. Amanecerá pronto.

—Nos salvamos en tablitas —añadió Héctor, cruzándose de brazos. Aún lo miraba de reojo, incapaz de acostumbrarme a ver solo su cabeza flotando—. El Yomi es un lugar horrible y espantoso, y la aparición de ese demonio lo empeoró más.

Algo se rompió dentro de mí. Un chasquido audible en mi mente. Dejé el algodón sobre la mesa con una firmeza que no sentía.

—¿En serio? ¿Eso es todo? —pregunté, y noté cómo la mirada de todos se clavaba en mí—. ¿«Nos salvamos en tablitas»? ¿«Un lugar horrible»? ¡Estuvimos en el infierno! ¡Casi nos devora una serpiente demoníaca! ¡Héctor era una cabeza parlante! ¿Y ustedes lo tratan como si fuera un mal día en el tráfico?

Mi voz se quebró. La tensión, el miedo reprimido, la adrenalina residual, todo salió a flote en un torrente incontrolable.

—¿Saben lo que es para mí esto? ¡Yo soy la loca! ¡Yo soy la que ha vivido marginada desde niña por ver cosas que nadie más ve! ¡He pasado mi vida entera tratando de parecer normal, de ocultar mis «episodios», de que no me miraran como a un bicho raro! ¡Y ahora... ahora...! —Señalé a Ryo y a Asumi con un gesto dramático— ¡Dos perfectos extraños que se convierten en plantas y en gatos aparecen en mi vida, y todos a mi alrededor, mi abuela, mi mejor amigo, lo aceptan como si fuera lo más normal del mundo! ¡Los alimentan, los visten, los sacan de paseo! ¡Y a mí, la que siempre fue la desquiciada, ahora me toca ser la cuidadora y la que tiene que mantener la cordura en medio de todo este... este circo!

Las lágrimas me nublaron la vista. Ya no podía distinguir si era rabia, envidia o puro terror lo que me hacía temblar tanto.

—Scarlett... —murmuró Héctor.

—No. No me digas «Scarlett». ¡Nunca en mi vida me he sentido tan cerca de la perdición como hoy! ¡Y ustedes actúan como si nada!

Leticia, que había permanecido en silencio observando desde la puerta, se acercó. Su mirada no estaba en mí, sino clavada en Asumi, y estaba helada.

—Usted —le espetó, señalándolo con un dedo acusador—. Usted, señor gato elegante, tuvo la desfachatez de enviar a mi nieta al infierno. ¿Se le perdió algo allí? ¿Su cola?

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora