Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Mi corazón y mi deber empezaron a jugar en equipos distintos.
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Me desperté al amanecer, sola. El espacio al lado de la cama aún estaba tibio y ligeramente hundido, pero Ryo ya no estaba. La habitación olía a él, a tierra mojada, un recordatorio de la paz absurdamente profunda que encontré entre sus brazos. Una paz que ahora se transformaba en un nudo de pánico en mi estómago.
¿Qué había hecho?
Me vestí en segundos, moviéndome con la sigilosa torpeza de un gato que se roba algo. Abrí la puerta de su habitación solo un centímetro, espiando el pasillo vacío. El corazón me martillaba contra las costillas. Salí y cerré la puerta sin hacer ruido, girándome directo hacia mi refugio.
Y me encontré con Asumí.
Estaba parado al final del pasillo, con una bolsa de abono en una mano y una regadera en la otra. No parecía enojado. Era peor. Su mirada era tranquila, pero en sus ojos oscuros había una evaluación tan intensa que me sentí completamente desnuda. Y esos moretones en sus nudillos... ¿de dónde venían?
—Buenos días, Scarlett —dijo, y su voz era suave como la seda, pero con un filo que no pasé por alto.
—Buenos días, Asumí —logré farfullar, tratando de sonar normal, como si no hubiera pasado la noche en la habitación de su... ¿qué era Ryo para él? ¿Su príncipe? ¿Su carga? —. Yo... eh... solo iba a mi cuarto. Recién me levanto.
Mentira patética. Él lo sabía. Lo vi en la ligera inclinación de su cabeza, en el modo en que su mirada recorrió mi ropa arrugada.
—El descanso es importante —comentó, y la frase sonó a letra pequeña de un contrato que no había leído—. Espero que haya descansado bien. A veces, la búsqueda de consuelo puede llevarnos por caminos... complicados.
Antes de que pudiera responder, o siquiera procesar su advertencia velada, giró sobre sus talones y entró en la habitación de Ryo. ¡Claro! Ellos dormían juntos. Él sabía perfectamente que yo no había estado allí toda la noche. Me sentí como una idiota.
Me refugié en mi habitación, lavándome la cara con agua fría para borrar la vergüenza y la confusión. ¿Por qué me sentía así? No habíamos hecho nada. Solo dormir. Pero había sido íntimo de una manera que no podía explicar, y ahora todo el mundo parecía saberlo.
Bajé a la cocina, buscando la distracción de la rutina, pero mi abuela ya estaba allí, con los brazos cruzados y una ceja enarcada.
—Buenos días—dijo, y el tono no era cariñoso—. ¿Dormiste bien? Oí que tuviste... pesadillas.
La miré a los ojos. Ella no era tonta. Sabía exactamente dónde había estado.
—Sí, abuela. Algo así —murmuré, yendo directo a la cafetera.
—Ajá —resopló—. Y esas pesadillas, ¿se curan metiéndose en la cama de uno de los inquilinos? No me hagas reír, muchacha.