Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
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Me sentí incómoda y apenada por la actitud de mi familia hacia Máximo. Supe de inmediato que había cometido un error al invitarlo para calmar los ánimos entre nosotros, pero no esperaba que fueran tan hostiles. Tito se comportó tan caluroso como un iceberg, y Leticia, con su lenguaje corporal, le gritó sin palabras que se largara de nuestra casa. A pesar de todo, traté de mantener la calma y me disculpé con Máximo por el comportamiento de mi familia.
El teléfono sonó y, cuando Tito vociferó el nombre de Adhara, mi humor se fue en picada. Mi hermano dejó el aparato sobre la mesa y corrió a buscar a Ryo, quien después de unos minutos bajó a contestar la llamada. Máximo lo miró de arriba abajo en varias ocasiones y disimuló que jugaba con su celular.
Ryo se ubicó en el asiento frente a Máximo y comenzó a conversar con Adhara. Mis orejas se transformaron en dos antenas parabólicas y, para no despertar sospechas, fingí que espolvoreaba unas galletas. Al finalizar su conversación, Ryo le susurró algo a Tito que lo hizo saltar de alegría.
Y en menos de media hora, supe el motivo de la alegría de mi hermanito. Adhara apareció en mi casa con una sonrisa brillante y sosteniendo una tarta helada. Me pareció extraño que supiera dónde vivía hasta que una revelación me impactó: Héctor le había indicado cómo llegar.
La sala de Leticia carecía de espacio, por lo que Tito tuvo la brillante idea de sugerir a Ryo que se desplazara con Adhara a la azotea, lo cual provocó que la sangre se me enfriara. Traté de concentrarme en mi invitado, sin embargo, no lo logré, ya que tenía la mente en otra cosa.
Me quedé mirando el reloj mientras Máximo me contaba una de sus jugadas en el basquetbol. El tiempo se congeló, pero no a mi favor. Y cuando pensé que mi agonía no podía prolongarse más, Máximo se excusó porque tenía que reunirse con su padre y lo había olvidado por completo. Lo conduje hasta la entrada y él aprovechó la oportunidad de que estuviéramos solos para besarme en la mejilla, cerca de los labios, y rodearme con fuerza.
—Scarlett, ¿qué haces? —me lanzó Tito sorprendido—. ¿Quieres que tu amigo muera a manos de tú ya sabes quién?
Máximo frunció el ceño intrigado, pero la campana me salvó de dar explicaciones cuando mi hermano anunció que Adhara nos había invitado al cine y que Ryo cubriría los gastos. Me convertí en una estatua de cristal que se rompió en pedazos, como pasaba en los animes, cuando escuché eso. Me sentí traicionada por Ryo. Luché contra las ganas de sacarles sus cosas y tirarlas a la calle. Máximo aceptó y canceló la reunión con su padre.
En el trayecto hacia el cine, le envié a mi mejor amigo un mensaje de muerte y, a su vez, él me comunicó que imitara el gesto agradable de Adhara. Cuando llegamos al cine, Héctor nos esperaba y se llevó a Tito a ver una producción animada. Y nosotros, después de discutir durante un rato, entramos a ver una comedia romántica. Nos sentamos en filas diferentes y algo distantes de Ryo y Adhara. Máximo tuvo la gentileza de comprarme unas palomitas de maíz y un refresco.