Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
El día en que mi vida monótona decidió volverse interesante... por su cuenta.
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Me removí en el sillón de la consulta, hundida en un cojín demasiado duro para mi gusto. No sabía si la psicóloga lo había puesto allí para que no olvidara realizarle el pago o para romperle la columna a la gente. Probablemente lo primero.
—¿Otra vez soñaste con monstruos? —preguntó la doctora Patria, con esa voz calmada que me irritaba y tranquilizaba al mismo tiempo.
Me encogí de hombros, un gesto que ya era mi firma personal en estas sesiones.
—No fueron sueños. Esas cosas... aparecen cuando quieren. Y todos dicen que estoy loca o ando inhalando quién sabe qué cosas.
El bolígrafo raspó contra el papel. Ese sonido me taladraba; cada trazo era como una confirmación silenciosa: sí, a la paciente el cerebro se le quemó en la estufa.
—¿Qué sientes cuando te llaman así? —insistió, con esa persistencia que bordea el masoquismo.
—Mucha rabia. Pero también tristeza... y cansancio. Me drena el siempre estar a la defensiva. Y entonces pienso: quizá sería lo mejor, no tener que justificarme. —Solté una risa breve y amarga—. Pero no puedo acostumbrarme a que nunca me crean. Me molesta que me miren como un error de fábrica.
Patria levantó la vista, sus ojos intentando transmitir una sinceridad que yo ya no me creía.
—No eres un error. Tienes una manera distinta de procesar lo que te rodea. Eso no te define por completo.
Fruncí el ceño. Fácil decirlo cuando tu mayor preocupación es si el café de la mañana está muy caliente.
—Dígaselo a mi vecina Claribel, la que cruza la calle cuando me ve venir. O a los niños que se ríen de mí. O a Héctor, que dice que soy valiente, pero yo sé que me acompaña porque teme que me estrelle contra un poste mientras hablo sola.
—¿Crees que hablas sola? —preguntó con un matiz curioso que detesté.
—Claro que no. —Bajé la voz hasta casi un susurro—. Pero ¿cómo explicarle al mundo que a veces las paredes me devuelven miradas? Que las sombras sonríen. Que existen cosas que quieren atacarme desde que tengo uso de razón. ¿Cómo digo eso sin que me encierren?
El silencio se instaló en la consulta, tan pesado como el cojín que me mataba la espalda. Ella cerró la libreta despacio y me sonrió con suavidad.
—Damos por concluida la sesión de hoy. Y recuerda, no eres lo que los demás dicen.
Bufé por lo bajo. No sabía qué hacer con esas frases de consuelo que suenan bonitas, pero me aprietan como un zapato chico. Me colgué la mochila y me despedí con un gesto rápido, escapando de ese lugar que olía a falsa esperanza y desinfectante.