Capítulo 23 Esa es mi chica

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Dos mitades de un mismo todo, destinadas a chocar.

La pantalla de mi celular se encendió y un número desconocido se visualizó

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La pantalla de mi celular se encendió y un número desconocido se visualizó. Lo ignoré una vez más. Tenía la costumbre de no tomar ese tipo de llamadas porque podrían ser de bancos o compañías que insisten en que acepte ofertas que solo los benefician a ellos. Pero una pequeña parte de mí, la que aún se estremecía por la visita del detective Cabrera, se preguntaba si no sería algo más.

Me alisté para mi cita con Máximo. Quedamos de vernos en el parque rosado de la Zona Colonial. No perdí mucho tiempo en vestirme: unos jeans desteñidos, una camiseta rosa con el logo de la Barbie. Un poco de rímel y pinté mis labios de terracota. Abordé un carro y me senté al lado de una mujer embarazada. Me puse a observar por la ventana escenarios conocidos, pero a los que siempre le hallaba algo nuevo que ver, por ejemplo, la tienda de Bonsáis, que ahora parecía estar cerrada y un poco... polvorienta, como si llevara años abandonada.

Me bajé del carro y busqué a Máximo por el parque. Lo encontré sentado cerca del Roble Amarillo.

—Hola —le dije un poco nerviosa.

—¿Qué tal, Scarlett? —contestó Máximo, inclinándose para darme un beso en la mejilla.

Máximo poseía unos ojos muy hermosos. Era el chico de mis sueños. Lo malo era que, desde hacía un tiempo, él ya no era quien aparecía en ellos.

—Vine por mi cuaderno —dije, aferrándome a la excusa como a un salvavidas.

—¡¿No piensas irte de una vez?! —preguntó Máximo, sorprendido.

—En verdad, sí —contesté, mirando hacia los lados, sintiendo que el parque era demasiado abierto, demasiado expuesto—. Recordé que tengo muchas cosas que hacer.

Máximo soltó una risa seca, agarró mi mano y objetó: —Sé que puedes estar molesta conmigo porque moví nuestra cita varias veces. Quiero que sepas que tuve razones de peso para hacerlo, pero quiero arreglarlo. Dame el chance.

Máximo posó su mano cálida en mi rostro. No me gustó para nada su toque. Era... invasivo. Sin embargo, cuando lo miré a los ojos, no dije nada. En cambio, mis labios se abrieron y susurré: —Quiero un helado, por favor.

Máximo me llevó a un puesto de helados artesanales.

—¿De cuál vas a escoger? —me preguntó—. ¿O quieres que elija por ti?

Detestaba que me hicieran eso, pero mi cerebro se negaba a cooperar para formular una simple oración.

—Voy a pedir dos helados de aguacate rellenos de dulce de leche, ¿te parece bien? —Indagó Máx.

—Sí —susurré.

—¿Segura? —preguntó él a la vez que sacaba su cartera.

—Me gusta la vainilla —le respondí, encontrando por fin mi voz.

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora