Capítulo 19 Un representante llamado Ganbaatar

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A veces, tu peor enemigo es el que lleva tú mismo rostro.

Al regresar a casa, nos encontramos con la sorpresa de que Asumi no estaba

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Al regresar a casa, nos encontramos con la sorpresa de que Asumi no estaba. Mi abuela se esforzó por bajarle la fiebre a Ryo que comenzó en el Uber, pero me ofrecí a cuidarlo hasta que el Byakko regresara, algo que nunca sucedió. A la mañana siguiente, a pesar de no querer dejarlo solo, Leticia me instó a que me fuera a tomar mi clase porque ella se mantendría observándolo.

Mi cerebro era despiadado, ya que no dejaba de revivir una escena en particular, por más que tratara de olvidarla o ignorarla. Percibí el instante preciso en el que mis mejillas empezaron a ruborizarse al recordar los labios de Ryo, envueltos en el aroma de los cerezos en flor.

Negué con la cabeza, traté de despejar mi mente y decidí prestarle un poquito de atención a la asignatura de física. Ya lo peor había pasado, razoné. La ambulancia no era para nosotros, sino que se dirigía hacia un almacén donde había ocurrido una explosión de origen inexplicable, según la prensa y la policía. Y no tuve que contarle nada a Máximo porque Héctor llegó a tiempo antes de que metiera la pata.

Entrelacé mis dedos tras mi nuca y estiré el cuello. Entonces, Esteban, sentado detrás, me tocó el hombro para que mirara hacia mi izquierda. Mis ojos chocaron con los de Máximo. Parpadeé, sin comprender las señas que me hizo; aun así, le sonreí y asentí como si lo entendiera.

—Señorita Parra, ¿le pasa algo? —preguntó el profesor Hidalgo.

—¿Qué... qué dice? —respondí en un jadeo.

—¿Se siente usted bien? —afirmó el profesor Hidalgo, dándome una palmadita en la espalda.

—Sí, claro —balbucí.

El profesor ni me contestó y continuó explicando los puntos que debíamos desarrollar para la siguiente lección. Por el rabillo del ojo, vi que Max elevó la comisura de su boca. Lo ignoré y me concentré en lo que restó de la clase. Al finalizar, tomé mis cosas y salí a buscar a Héctor; quería hablar con él sobre la salud de Ryo y la desaparición de Asumi.

—¡Oye, espera! —me llamó Máximo.

—Tengo que irme —me excusé.

—Antes de que te vayas, me gustaría pedirte un favor —expresó Máximo.

—¿Cuál? —pregunté curiosa.

—Podrías prestarme tu cuaderno —solicitó Máximo juntando las manos en forma de súplica—. Necesito comparar unos apuntes.

Me descolgué la mochila, saqué el cuaderno y se lo entregué.

—Gracias, escribo lo que necesito y te devuelvo mañana —añadió Máximo dedicándome una sonrisa genuina.

Asentí y le di la espalda para irme, pero Máximo me retuvo.

—¿Por qué estás tan apurada? ¿Por el inquilino de tu abuela? —quiso saber él—. Por cierto, ¿cómo sigue?

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora