Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
No sé cómo aún mi corazón late con tantos sobresaltos...
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POV Scarlett
Hoy fue un día absolutamente terrible. Olvidé subir las prácticas a la plataforma de la universidad y, para colmo, los cólicos menstruales empeoraron tanto que tuve que llamar a abuela para que viniera a auxiliarme. Mi corazón casi se detuvo cuando en lugar de Leticia, fue Ryo quien apareció.
No me importaron los reproches ni las miradas de las otras chicas cuando lo agarré de la mano y lo alejé de aquel grupo de calenturientas. Le rogué con el corazón en la boca que me esperara mientras me cambiaba el pantalón manchado, pero al salir del baño, mi peor pesadilla se hizo realidad: Ryo había desaparecido.
Las lágrimas nublaron mi visión mientras lo buscaba desesperadamente por todo el campus. Mil escenarios catastróficos pasaron por mi mente, pero el más aterrador era pensar que sus enemigos lo habían encontrado y se lo habían llevado para torturarlo. El mundo literalmente se me vino encima.
Llamé a Héctor una y otra vez, pero todas mis llamadas caían en el buzón de voz. Justo cuando estaba al borde de la locura, lo encontré sentado en la grama, perdido en sus pensamientos. El alivio que sentí fue tan inmenso que por un momento no pude respirar. Corrí hacia él y nos abrazamos fuerte, en un silencio que decía más que mil palabras. La incertidumbre que me oprimía el pecho por fin se disipó.
Al día siguiente, me reuní con Héctor para trabajar en el proyecto de los Amantes Lunares. Mientras le daba golpecitos con mi bolígrafo en el cuaderno, volví a enumerar todas las razones por las que llevar a Ryo a la feria era una pésima idea. Como era de esperarse, me gané un regaño tanto de Héctor como de abuela, quien preparaba un jugo para Ryo y Tito mientras veían Solo Leveling.
El día pasó rápido y logramos avanzar bastante con el proyecto. Después de terminar de fregar los platos y apagar las luces, me encerré en mi habitación. Necesitaba estudiar para los exámenes finales, y la única forma de concentrarme era aislarme con mis libros, mi laptop y mis auriculares.
Puse una de mis canciones favoritas y, al poco tiempo, dejé salir todas mis inhibiciones. Tomé mi desodorante a modo de micrófono e intenté imitar a la cantante, aunque sé que sueno más como una gata maullando. Un grito de sorpresa se me escapó cuando algo me tocó la espalda. Me giré y allí estaba Ryo, con el semblante pálido y los ojos vidriosos.
—¿Qué te pasa? —le pregunté, alarmada por su aspecto.
Ryo cerró los ojos y se tambaleó como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Lo ayudé a sentarse en la cama y traté de reanimarlo llamándolo por su nombre. De repente, una luz cegadora emanó de su cuerpo, tan brillante que tuve que cubrirme los ojos con las manos para no quedar ciega.
—Fui traicionado —su voz sonó áspera, con los dientes rechinando—. Quiero venganza.
El miedo se apoderó de mí. Su rostro se iluminó de una manera extraña, y cuando abrió los ojos, su mirada era tan dura como el acero. Este no era el Ryo que yo conocía. Un olor a marihuana emanaba de su piel, pero dejé a un lado mi aversión y me concentré en sacarlo de ese trance.