Capítulo 31 El coliseo

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¿De quién son estos recuerdos?

¿De quién son estos recuerdos?

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Hace mucho tiempo...

Observaba con el corazón en la garganta desde la tribuna del coliseo mientras mi hermana Dai se enfrentaba al mejor peleador lunar en un combate que ponía en juego más que solo el honor. Por fuera, animaba a mi hermana con gritos de aliento; por dentro, cada fibra de mi ser apoyaba en secreto a su contrincante, Akio, el cuarto hijo de Tsukuyomi, cuyo nombre repetía mi mente como una plegaria prohibida.

El coliseo de Mayarí, nombrado en honor a la diosa del combate, era un espectáculo de grandeza y brutalidad. Seis plantas se alzaban sobre los hombros de dos colosales esculturas de Guan Yu, testigos silenciosos de incontables batallas. Las primeras cuatro plantas, ostentosas con sus arcos elegantes, albergaban a deidades menores; la quinta a esposas, consortes e hijos; y la sexta, a las divinidades supremas, incluida mi madre, Amaterasu, cuyo orgullo podía sentirse incluso desde donde yo estaba.

Dai era implacable. Lanzó chipas rojas brillantes desde sus dedos, pero Akio las esquivó con una agilidad que dejó al público boquiabierto. Los rayos impactaron contra una pared del coliseo, reduciéndola a escombros en un instante. La multitud enloqueció.

—¡Tu hermana es formidable, pero no tiene oportunidad contra el favorito de Tsukuyomi! —Una voz venenosa me sobresaltó.

Era Jia Ling, la esposa de Jiro, el segundo hijo de Tsukuyomi. Su sonrisa era dulce como la miel, pero sus ojos destilaban malicia.

—Están igualados —repliqué, intentando ocultar mi fastidio—. Necesitará ayuda si quiere salir con vida.

—¡Oh, vaya! —exclamó con falsa inocencia—. No me había dado cuenta.

Decidí ignorarla. En la arena, la batalla tomó un giro inesperado cuando las puertas de hierro se abrieron liberando Onis, Kitsunes, Nian y Jiangshis. El caos se apoderó del coliseo, pero Dai y Akio, en un acto de respeto mutuo, unieron sus espaldas para enfrentar la amenaza común.

Akio blandió su alabarda creando torbellinos que electrocutaron a los Onis, mientras Dai convertía los rayos solares en látigos de fuego que carbonizaron a los Kitsunes. La multitud rugió ante la demostración de poder. Era una danza mortal, bella y terrible a la vez.

Susanoo, el dios del mar y las tormentas, dio por finalizada la pelea. Dai protestó, pero aceptó la decisión. Yo solté un grito de alivio ahogado por los aplausos del público.

—¡Tenías razón! —Jia Ling fingió admiración—. Los hijos de Tsukuyomi y Amaterasu pueden unirse... qué pena que sea solo para pelear.

—Si me disculpa, debo ir a felicitar a mi hermana —dije, intentando escapar.

Un rápido tirón de mi brazo me detuvo.

—Nunca será tuyo —gruñó Jia Ling con una sonrisa cruel.

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora