Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
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La noticia de mi cita con Máximo no fue del agrado de Ryo. Lo supe al instante. Se sintió molesto y, en lo más hondo de su corazón, brotó una pasión ácida de unos celos que no merecía, porque no tenía ningún derecho a mostrarse posesivo conmigo. En cuanto a mí, mantuve una batalla interna con mis sentimientos. Había soñado por meses que me pasara algo así con Max y ahora que por fin lo obtendría, no entendía por qué me sentía fatal, como si estuviera traicionando a alguien... o a algo que ni siquiera me pertenecía.
El acuerdo de dormir juntos y hablar por horas terminó desde el mismo instante en que le notifiqué mis planes. A partir de allí, procedimos a evitarnos. Y, por motivos que Máximo no me explicó, tuvimos que mover la cita para unos cuantos días después, lo que solo alargó la incómoda tensión en casa.
Salí de mi habitación lista para tomar una materia en la universidad. Me detuve en el quicio de la puerta de la cocina. Ryo estaba sentado a la mesa, comiendo lo que parecía un ramen, aunque conociendo a mi abuela, lo más seguro era una de esas sopas instantáneas de la marca Maruchan. Mi estómago le gruñó. Ryo levantó la vista y me miró. Después empujó su silla hacia atrás y, sin mediar palabra, tomó otro plato del armario, donde vació una ración y lo colocó en la mesa.
Me senté a la mesa frente a él. Comimos en silencio. Al terminar, él recogió los platos y los llevó al fregadero y comenzó a fregar. Indecisa, agarré un trapo y me coloqué a su lado secando la vajilla. El sonido del agua y el roce de la loza eran los únicos ruidos en una cocina cargada de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—Me enteré de que Tito te llevará a un centro de videojuegos —dije al cabo de un par de minutos, rompiendo el hielo que yo misma había creado.
—Sí —susurró él, sin mirarme.
—Tengan cuidado —musité sin atreverse a levantar la vista del trapo.
Ryo me miró de reojo: —Gracias.
Después me marché a tomar mis clases, sintiendo su mirada en mi espalda como un peso frío. Al día siguiente, en la mañana, mi abuela me encomendó la limpieza de la única habitación que había en el negocio que usaban como depósito. No me quedó de otra que aceptar la orden de Leticia.
Entré al cuarto húmedo y oscuro. Me costó mucho abrir la única ventana que había para contar con un poco de ventilación y no morir asfixiada cuando levantara el polvo. Agarré la escoba y comencé con mi faena. Entonces levanté una tabla tirada del piso y de pronto salió una masa de pelo largo y sucio, parecido a un perro pequeño.
La aparición de la criatura me sacó un susto de muerte. Quise tocarlo cuando logré calmarme, pero era muy esquivo. Se movió de un lugar a otro, dejando incluso más suciedad a su paso, y luego desapareció. Tomé mi celular y después de navegar por algunas páginas, encontré a un yōkai que tenía las mismas características de lo que había visto.