Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Aprendí por las malas que no todas las sonrisas son sinceras.
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Subir el saco de tierra de veinte kilos por las escaleras hasta el tercer piso fue mi calvario personal. Cada escalón era un reproche a mi abuela y a su brillante idea de convertirme en la jardinera oficial de un... lo que fuera Ryo. Maldije entre dientes, sudando y resoplando, mientras arrastraba el maldito saco por el pasillo.
—¿Por qué demonios necesita tanta tierra? ¿Va a plantar un baobab? —mascullé, con la espalda a punto de quejarse.
Llegué jadeando a la puerta de su habitación y dejé caer el saco con un golpe sordo. Me enderecé, frotándome la cintura, y entonces lo vi.
Y casi me da un infarto.
Ryo estaba en el pasillo. Pero no en el pasillo, exactamente. Estaba en el techo del pasillo. Boca abajo, apoyado únicamente en las puntas de sus pies y en una mano, mientras con la otra se tocaba la nuca en una flexión imposible. Su torso desnudo brillaba con una fina capa de sudor, cada músculo de su abdomen y espalda tenso y perfectamente definido bajo la tenue luz. Respirando con una calma exasperante, como si desafiar la gravedad fuera lo más normal del mundo.
—¡¿Qué estás haciendo?! —chillé, mi voz sonando un octavo más aguda de lo usual—. ¡Baja de ahí inmediatamente! ¡Y si te ve doña Altagracia, le da un patatús y mi abuela me mata a mí!
Él completó la flexión y, en un movimiento casi felino, se dejó caer silenciosamente de pie frente a mí, tan fresco como una lechuga. Ni siquiera jadeaba.
—Estaba entrenando —dijo, como si eso lo explicara todo. Sus ojos plateados se posaron en mí, curiosos—. ¿Necesitas ayuda?
—No. Lo que necesito es que no hagas circo en el techo —repliqué, tratando de que mi mirada no se descarriara hacia su pecho. Fracasé estrepitosamente. Dios, tenía abdominales que parecían tallados a mano. Ocho. ¿Eran ocho? Nueve. ¿O diez? Mi cerebro, traidor, empezó a contarlos.
—Scarlett.
La voz de Ryo me sacó de mi trance estadístico de abdominales. Su tono era suave, pero firme. Antes de que pudiera reaccionar, alzó su mano y con gentileza, pero con una intención clara, puso un dedo bajo mi mentón.
La piel de sus dedos estaba caliente por el esfuerzo. El contacto, aunque mínimo, envió de nuevo ese familiar zumbido eléctrico a través de mi piel. Me congelé.
Él aplicó una presión leve, levantando mi mirada forzadamente, alejándola de su torso y guiándola hacia arriba, hasta que mis ojos se encontraron con los suyos.
—Aquí —dijo él, con una sombra de sonrisa en sus labios—. Estoy aquí.
Mi corazón hizo un vuelco catastrófico. Su proximidad, su desnudez sudorosa, esa mirada intensa que parecía ver directamente a través mi fachada de irritación... Me puse nerviosa. Muy nerviosa. Y cuando me pongo nerviosa, me pongo a la defensiva.